Quien haya ido a una cancha de fútbol o caminado por las inmediaciones cuando se juega alguno de los tantos clásicos barriales habrá notado que las multitudes no desafinan. Más allá del placer o disgusto que puedan provocar las letras o las melodías, diez o veinte o treinta mil personas cantando al unísono entonan como el mejor de los intérpretes. Es un fenómeno extraño y asombroso, toda vez que, por una simple razón estadística, es razonable suponer que la mayor parte de los integrantes de esa multitud, tomados individualmente, suenan menos parecido a Alberto Castillo que a chanchos degollados para fabricar morcilla.

Habrá quien pueda explicar este fenómeno que aquí nos limitamos a destacar con el solo fin de establecer algunas caprichosas asociaciones y señalar que las multitudes y/o las masas, si se quiere, constituyen un sujeto diferente a la suma de cada uno de sus integrantes.

Uno

El balotaje que el domingo 19 tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires fue una de esas oportunidades en que una multitud se comporta como un sujeto y no como una suma de partes. Independientemente de las directivas o falta de ellas, y análisis, especulaciones, estrategias y señalamientos de sus dirigentes e integrantes más vocingleros, la masa de votantes porteños del Frente para la Victoria actuó, en un momento determinado –que no fue cualquier momento sino el de la decisión–, con un grado de unidad y unanimidad que hubiera desmayado de placer al mismísimo Napoleón Bonaparte o a cualquiera de los maestros de la economía de fuerzas.

Desde luego, el fenómeno permite los más variados análisis y especulaciones y habrá quien busque –y tal vez hasta consiga, que todo es posible en estos mundos– interpretar el propósito de esa decisión popular. No vamos a ser –al menos en esta oportunidad– tan presuntuosos de pretender desentrañar los designios de esa masa de votantes y nos conformaremos con entrever algunas causas y, de ser posible, extraer alguna que otra enseñanza.

Dos

Es bueno recordar, ante todo, que fuera de Aníbal Ibarra, ningún otro dirigente destacado del FPV (por un elemental sentido del ridículo nos rehusamos a incluir a Leandro Santoro en la categoría “dirigente destacado”) propuso votar a Martín Lousteau, ni confesó que iría a hacerlo. Y Aníbal Ibarra está muy lejos de representar algo parecido a una “línea oficial” o significativa dentro del FPV.

Más allá de que la postura oficial u orgánica del FPV fuera la razonable, la única posible y sensata en ese momento (dejar en libertad de acción al electorado), la mayor parte de sus dirigentes y referentes parecían compartir la disparatada idea de algunos periodistas de que Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteu son lo mismo y de que, en consecuencia, lo único razonable era votar en blanco (lo que en un balotaje tiene los mismos resultados prácticos que poner en una urna porteña la boleta de Hillary Clinton).

Ya que estamos y si de digresiones se trata, si aquí dijéramos que Jorge Altamira, Luis Zamora y Myriam Bregman son lo mismo, además de provocar las carcajadas de Altamira, Zamora y Bregman, lo único que estaríamos haciendo sería mostrar nuestra más profunda ignorancia en la materia, sumada al estilo de razonamiento ramplón de un barrabrava alcoholizado, sin la menor perspicacia, profundidad o sutileza.

Se puede decir y pensar que son lo mismo, comonó; cualquiera es dueño. Pero no se puede actuar en base a semejante premisa: el paradójico resultado de esa clase de simplificación es el de transformar la realidad en un magma amorfo y tan indeferenciado que vuelve imposible establecer con ella cualquier clase de vínculo.

Así como hubo una gran cantidad de propaladores del votoblanquismo, es justo reconocer que abundaron en el FPV los lenguaraces que impulsaron el voto a Lousteau o cuestionaron la idea de hacerlo en blanco. No se trató de lenguaraces destacados sino más bien de irresponsables sin prestigio ni empleos ni canonjías que arriesgar llevándole la contraria a la que parecía ser la línea oficial. Podría decirse que esa falta de calidad, calificación y rating de dichos lenguaraces fue compensada con su número, pero no vamos aquí a dejarnos arrastrar por la peregrina idea de creer que los micromundos y pequeños ambientes son o se parecen a la realidad ni, muchísimo menos, a confundir las redes sociales con la sociedad, por suerte mucho más vasta, compleja, rica, potente, sorprendente y contradictoria.

¿Hubo acaso una Radio Macuto trasmitiendo entre los votantes porteños del FPV una línea de acción contestataria, divergente de la que aparecía como “oficial”? Difícil creerlo: la masividad, oportunidad y unanimidad con que actuaron esos 350 mil votantes fueron excesivas para el alcance de cualquier directiva secreteada en los pasillos.

Tres

El fenómeno sorprendió a todos e hizo desbarrancar hasta a los encuestadores más avezados. Nadie podía imaginar ni calcular que la práctica totalidad de los votantes del FPV –más no pocos de las distintas variantes de la izquierda– irían a inclinarse en una sola dirección. Es dificil también conjeturar qué se propusieron –preguntados uno por uno, es muy probable que cosas diferentes–, pero, por lo pronto, podría decirse que se derrumbaron un par de mitos.

Uno de los que parecería desmentido es el de la segmentación generacional respecto al valor y uso del voto.

Existe la generalizada idea de que los treintañeros y cuarentones que, tras la frustración provocada por el doble discurso alfonsinista, padecieron la debacle moral del menemismo y el colapso político, conceptual y psicológico de la Alianza, descreen del valor y utilidad del voto, que serían todos hijos del “Kilómetro 501”, estudiantina con que en su momento unos cuantos jóvenes  repudiaron la obligatoriedad del voto. Ese supuesto pronunciamiento generacional, que se habría manifestado en el votoblanquismo o la abstención de los treinteañeros y cuarentones kirchneristas e izquierdistas, no se verificó en absoluto. Ni la abstención fue significativa ni, aunque se incrementaron respecto a la primera vuelta, lo fueron los votos en blanco. De compararse los resultados del balotaje con los de la elección, es posible observar que la izquierda, no obstante la indicación explícita de votar en blanco, no consiguió que siguieran sus directivas ni siquiera la mitad de sus votantes de la primera vuelta.

Si consideramos que 350 mil personas que en un momento y un lugar determinados toman, por su cuenta, la misma decisión, son algo más que 350 mil individuos y deberían ser considerados multitud, pueblo, o esa deficiente traducción del “people” inglés: “gente”, podría afirmarse que, contrariamente a la impresión que producen encuestas y artículos y programas periodísticos, el pueblo argentino, al menos una porción muy significativa del pueblo argentino, tiene consciencia de la importancia de su voto. Y lo hace valer, además, con un singular instinto de poder: si no puedo o no alcancé a elegir, puedo dañar y si puedo dañar, acaso hasta sea capaz de producir una decisión que, si no me beneficia, al menos no me perjudique tanto.

Hubo también pequeños fenómenos notables, pero por lo absurdos. Por ejemplo, es significativa la cantidad de votantes del FPV ligados al “mundo de la cultura” que parecen haberse inclinado por el voto en blanco, siendo que, si hay un área en que el Pro y Eco no son precisamente lo mismo, esa sería la cultural.

El pueblo, al menos esa porción del pueblo que en primera vuelta se había inclinado por el FPV, mostró en el balotaje un instinto de poder y una fineza de razonamiento que deberían emular muchos dirigentes e intelectuales. Ocurre que el pueblo fue consciente de qué estaba en disputa: su pequeña vida cotidiana y no los destinos de la unión sudamericana o la especie humana. Se elegía un intendente municipal (lo que en su proverbial petulancia los porteños llaman jefe de gobierno, no es más que las personas normales conocen como intendente municipal), no la política frente a los fondos buitre. ¿Qué importancia podía tener lo que Martín Lousteau (que, dicho sea de paso y como para que no se olvide, fue ministro de Economía del gobierno de Cristina Kirchner) opinara sobre la economía nacional? Si de lo que se trataba era de decidir si se sigue o no aumentando a lo pavote el ABL, si los subterráneos van a seguir igual de desastrosos, si se continúa castigando a los transeúntes y automovilistas con ordenanzas de tránsito descabelladas y semáforos que no se coordinan, se financia a los amigotes con obras públicas inútiles, se destruye el sistema educativo, bajando el nivel de la enseñanza, desfinanciando la educación pública para financiar la privada, y etcétera, etcétera, y muchos más etcéteras. Porque de eso, nada más y nada menos que de eso, se trató este balotaje. De lo demás, porteños y no porteños, nos ocuparemos en otras instancias electorales, recién a partir del 9 de agosto.

Cuatro

Los –por llamarlos de alguna manera–, estrategas del FPV deberían abandonar la idea de la polarización, que se basa en la creencia de que la derecha dura es incapaz de superar el 30 por ciento del electorado. Se trata de una premisa falsa, según el Pro ya ha conseguido demostrarlo reiteradas veces en la ciudad de Buenos Aires, y anteriormente lo demostró a nivel nacional Carlos Menem: el diferente potencial de estas dos versiones del neoconservadurismo obedece, básicamente, a la diferente catadura, origen, ductilidad, carisma y simpatía personal de sus máximos referentes, pero la composición social y cultural de sus bases políticas es muy similar.

Circula en estos días la asombrosa idea de que Martín Lousteau triunfó en la mayoría de las comunas del centro y sur de la ciudad. Esto, directamente, no es verdad. Si bien es cierto que con un número un poquito mayor de votos se hubiera quedado con el gobierno de la ciudad –y unas cuantas cosas cambiarían en la vida cotidiana de los vecinos, por no mencionar la influencia de tal acontecimiento en las perspectivas políticas futuras de algunos protagonistas– , la alianza Eco no ganó nada, en ninguna parte. En las comunas, en todas las comunas de la ciudad, el Pro se impuso con comodidad, lo que puede advertirse sencillamente contando la cantidad de comuneros y legisladores que consiguió cada una de las distintas fuerzas políticas. Recién en el balotaje Eco se impuso en muchas barriadas en las que más de la mitad de los votantes prefirieron a Lousteau por sobre Rodríguez Larreta, pero aun en esos sitios el Pro sigue siendo una cómoda mayoría o, para decirlo con exactitud, una amplia primera minoría.

Tenemos así que esa derecha ha conseguido atravesar, y en forma bastante holgada, ese supuesto techo, a lo que convendría añadir que un movimiento popular que aspira a la liberación nacional y la justicia social debe construir mayorías, pues tratándose de un movimiento popular desarmado sólo puede aspirar al poder a través de la construcción de mayorías electorales y puede ejercerlo por medio de mayorías políticas y sociales, que no excluyen la batalla cultural y la creación de hegemonía, pero la exceden ampliamente y obligan a un cuidado y una acción cotidianas.

La polarización no podría ser entonces un objetivo y una estrategia populares, sino una limitación, un revés, un arma de doble filo y, al cabo, un boomerang político toda vez que, no siendo factible aislar al pueblo, el propósito e instrumento de las oligarquías es dividirlo por medio de antinomias y polarizaciones. Por el contrario, aislar a las minorías no sólo es factible, sino aconsejable, y eso no se consigue mediante la polarización sino diferenciando, aislando y obrando por líneas interiores.

Encontrar el modo, las políticas, los dirigentes y los candidatos idóneos para conseguirlo, es otro cantar, pero ante la incapacidad de apreciar y transformar la realidad, es un pobre recurso y un magro consuelo descalificarla.

Cinco

La mentalidad simplista, ramplona, sectaria y descalificadora que prevalece en los círculos más influyentes del FPV ha descartado, desde el vamos, cualquier pelea seria por las mentes y el corazón de las mayorías porteñas, se ha equivocado y se sigue equivocando en las instancias electorales (conformándose con la idea de ser una “minoría intensa”, lo cual puede ser bueno para cualquiera, menos para aquellos que supuestamente pretenden una revolución que requiere de las mayorías) y acomodándose a una a veces explícita y otras implícita asociación legislativa con el Pro, espacio político que no sólo cuenta con el blindaje de los grandes medios de comunicación sino con el que le brinda el silencio y la pasividad -cuando no la complicidad- del FPV.

El grado de enajenación de los dirigentes porteños del FPV, su desconexión con la realidad que supuestamente deben transformar, ha superado en este balotaje los límites que imponen la razón, la cordura y la más elemental inteligencia. En esta oportunidad no se han limitado a mostrar lo de siempre, su completa ajenidad respecto a la población porteña, sino que, superándose a sí mismos, llegaron a revelar que ni siquiera comprenden ni interpretan a sus propios votantes. Absortos en sí mismos y sus pequeños mundos, los candidatos del FPV revelan que han votado en blanco al tiempo que manifiestan que la masa de seguidores del FPV votó, unánimemente, “para castigar al PRO”. No sólo no entendieron que sus seguidores, esos que efectivamente representan y pretenden conducir, deseaban castigar al Pro, lesionar las posibilidades presidenciales de Macri y mejorar su vida cotidiana en una ciudad que cada día se asemeja más a un infierno diseñado por los bichitos malvados del film Marte ataca, sino que han seguido una dirección opuesta. No sólo no interpretaron los deseos de sus propios votantes sino que–y a confesión de parte, relevo de pruebas– al votar en blanco se han negado a castigar al Pro, lesionar las chances electorales de Macri o a mejorar un poco la vida cotidiana de quienes viven, trabajan o transitan la ciudad de Buenos Aires.

Menudos directores que se plantan ante la orquesta, despliegan en el atril la partitura de un vals, alzan la batuta, dar tres golpecitos y, sin decir agua va ni prestarles la menor atención, los músicos se despachan con una chacarera.