Una nota The New York Times que lleva la firma de la colega Paula Span hace centro en la historia de Harry B. Lebowitz, un hombre de negocios semiretirado.

El adulto de 69 años cumplió los requisitos para obtener una tarjeta estatal de marihuana medicinal porque sufría de ansiedad, apnea del sueño y dolor de espalda. En la nota, asegura que el cannabis le ayudó a dejar de tomar varios medicamentos recetados.

Pero llegó el COVID-19, y su ansiedad su aburrimiento. "Fue como si el mundo se detuviera", afirma Lebowitz, al tiempo que admite: "Todos sufrimos algún tipo de trastorno de estrés postraumático, todos".

Lebowitz contó que empezó a fumar varias veces al día, en vez de una, y también comenzó a tomar de tres a cinco tragos de tequila añejo a diario.

Pre-pandemia

Si bien el coronavirus aumentó estos hábitos, entre ellos el consumo de marihuana, incluso antes de la pandemia, los investigadores comenzaron a reportar la creciente popularidad del cannabis entre los adultos mayores, aunque la proporción que lo consumía (o al menos reconocía su consumo) seguía siendo pequeña.

En 2020, un análisis basado en la Encuesta Nacional sobre el Uso de Drogas y la Salud encontró que el consumo de marihuana en el año anterior entre las personas mayores de 65 años se había disparado un 75 por ciento de 2015 a 2018, pasando del 2,4 por ciento de ese grupo al 4,2 por ciento. En 2019, el uso había alcanzado el cinco por ciento.

El autor principal del análisis, el doctor Benjamin H. Han, advirtió: "Yo esperaría que siga aumentando de manera considerable".

 

 

Datos

Los datos mostraban que el consumo aumentaba sobre todo entre las mujeres y las personas con mayor educación e ingresos.

Un equipo que utilizó un conjunto de datos nacionales diferente documentó una tendencia similar el pasado otoño. De 2016 a 2018, la proporción de hombres de entre 65 y 69 años que declararon haber consumido marihuana o hachís en el último mes había aumentado un 8,2 por ciento, en comparación con el 4,3 por ciento anterior. Entre las mujeres, aumentó a un 3,8 por ciento frente a un 2,1 por ciento.

"Es raro ver tanto cambio en un periodo de tres años", dijo William Jesdale, investigador de salud pública de la Universidad de Massachusetts. "Nos ha sorprendido".

Aunque quizá no debería ser tan sorprendente. Durante ese periodo, "hubo una reacción contra los opioides", dijo Donna M. Fick, investigadora que dirige el Centro de Excelencia en Enfermería Geriátrica de Penn State. Con la adicción y las sobredosis tan extendidas, "los clínicos ya no se atreven a recetarlos a los adultos mayores, así que la gente busca soluciones".

Todavía no hay datos sobre cómo la pandemia, con su estrés y aislamiento, afectó al consumo entre las personas mayores. Pero las ventas de cannabis legal crecieron un 20 por ciento el año pasado, según la Asociación Nacional de la Industria del Cannabis. Leaf411, una línea de información sin ánimo de lucro atendida por enfermeras, recibió un 50 por ciento más llamadas, la mayoría de ellas de adultos mayores.

Por eso, los investigadores esperan que las cifras muestren un mayor uso geriátrico. Las encuestas de salud mental realizadas a personas mayores el año pasado mostraron un aumento de la ansiedad y la depresión, afecciones citadas con frecuencia como razones para probar el cannabis.

"Definitivamente he visto que mis pacientes que estaban estables vuelven para una evaluación", dijo Eloise Theisen, presidenta de la Asociación Americana de Enfermeras del Cannabis y enfermera geriátrica en Walnut Creek, California. "Su ansiedad y su insomnio habían empeorado".

 

 

Una revisión reciente en JAMA Network Open, por ejemplo, examinó los ensayos clínicos de cannabinoides que contienen THC, el ingrediente psicoactivo de la marihuana, y encontró asociaciones con mareos y aturdimiento, y con trastornos del pensamiento y la percepción, en usuarios mayores de 50 años. Pero los autores calificaron las asociaciones de "tentativas" porque los estudios eran limitados e incluían pocos participantes mayores de 65 años.

 

Un importante informe de 2017 de la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina encontró pruebas de que el cannabis podría aliviar las náuseas y los vómitos de la quimioterapia, los espasmos musculares de la esclerosis múltiple y ciertos tipos de trastornos del sueño y el dolor crónico, aunque los investigadores consideraron que su efecto era "modesto." Sin embargo, las pruebas para una larga lista de otras afecciones, incluido el dolor neuropático, siguen siendo limitadas o insuficientes.

"Es difícil evaluar los beneficios y los riesgos", dijo Han. Como geriatra y especialista en medicina de la adicción de la Universidad de California en San Diego, teme por los pacientes de edad avanzada, que ya son susceptibles de sufrir caídas, interacciones por tomar varios fármacos y deterioro cognitivo.

"Me preocupa cualquier sustancia psicoactiva para los adultos mayores", afirma. Además, su estudio demostró que el consumo de cannabis está aumentando entre los ancianos que beben alcohol, una combinación que es potencialmente más riesgosa que el consumo de cualquiera de las dos sustancias por separado.

Al igual que otros profesionales de la salud cuyos pacientes prueban el cannabis, aboga por un enfoque de "empezar poco a poco, ir despacio", además de pedirles que controlen los resultados y reporten los efectos secundarios. También advierte a los pacientes que no han consumido mucha hierba desde las décadas de 1960 y 1970 que las concentraciones de THC suelen ser más fuertes ahora que en su juventud.

"Los adultos mayores suelen necesitar menos, porque su metabolismo se ha ralentizado", afirma Theisen. Eso también significa que "el efecto puede tener un inicio retrasado, por lo que es más fácil consumir en exceso, especialmente con productos que tienen buen sabor", continuó. Insta a los adultos mayores a consultar a profesionales de la salud con conocimientos sobre el cannabis, quienes, reconoce, escasean.

Más investigaciones sobre los pros y los contras del consumo de cannabis ayudarían a responder a estas preguntas. No obstante, como la marihuana sigue siendo una droga de clasificación I prohibida por el gobierno federal, puede resultar difícil realizar estudios. Así que su creciente uso entre las personas mayores constituye un experimento no controlado, que exige precaución.