Todavía falta mucho para las elecciones de 2015, pero se puede respirar un clima lógico de aprontes de campaña, insinuaciones de candidaturas y algunas pruebas. Quizás no sea el momento adecuado para juzgar a los candidatos y a sus respectivas posibilidades, pero sí se puede considerar la situación de los diversos espacios políticos.

En cuanto a lo propio, es evidente, no sólo para los que pertenecemos a ese espacio sino también para los analistas y los adversarios, que el Partido Justicialista ha dejado atrás su vieja y nociva función de “aparato” y de estructura orientada a fosilizarse ideológicamente, con el fin de reducir el movimiento de masas más grande de América Latina a una oficina burocrática.

El kirchnerismo no sólo ha aportado al peronismo la actualización doctrinaria pendiente desde 1974, además de inspirar sus actos de gobierno en la mejor tradición de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social. También ha comprendido que la mejor manera de continuar con el modelo nacional debe surgir de un justicialismo renovado y orgánico.

Ningún espacio político de la Argentina actual es capaz de combinar, en un mismo momento histórico, el apego a su propia tradición política, la actualización de sus ideas y la democratización interna. El kirchnerismo ha construido el peronismo del siglo XXI, y el resultado de esa decisión es haber conseguido simultáneamente una idea de país y una oferta electoral compatibles entre sí.

El justicialismo de hoy puede mostrarse sin contradicciones con su pasado inmediato y ofrecer varias candidaturas en ciernes para reemplazar a Cristina Fernández de Kirchner. En esa oferta hay perfiles e investiduras diferentes. Hay gobernadores, ministros, legisladores. Todos son militantes peronistas desde hace muchos años, y han obtenido la posición que ocupan tanto en la sociedad como en el justicialismo, mediante un estricto mérito político.

Todos ellos tienen experiencia en gestiones de alto compromiso institucional –no son meras imágenes- y son la antítesis de los representantes de la post política, aquellos que crecen mediáticamente, sin base partidaria, y que se comportan como encuestadores apuntando su discurso a lo que se quiere escuchar y no a un proyecto serio.

El rango de pensamiento y estilo del kirchnerismo en el Partido Justicialista tiene matices y está en discusión, dos elementos más que saludables que aportan tanto al debate interno como a la cultura de la democracia. Si se compara con otras fuerzas, a los adversarios del peronismo les falta debate, contenido y variedad de candidatos. También parece faltarles lo que al kirchnerismo le sobra: identidad.

Hay que decir que a la identidad política la da la política, no los medios de comunicación o las agencias de publicidad. De manera que es muy probable que de aquí a las PASO de 2015, la sociedad se vea en situación de elegir entre políticas (allí estará seguramente el peronismo con sus candidatos) o imágenes.

El Partido Justicialista llegará a las primarias en las mejores condiciones posibles. Ofreciendo sus mejores ideas, sus mejores candidatos y una honestidad irrenunciable para decirle a la sociedad, sin disfrazarnos de aquello que no somos, qué pensamos, qué país queremos y quiénes son las mejores personas para afrontar un compromiso que no es con los publicistas, sino con el país.