PARTE I

    En el siglo veintiuno, donde la trata sexual con niños ha llegado en todo el mundo a convertirse en un problema insoluble, alentado por Internet y los viajes de adultos a países donde se los alquila o vende a extranjeros que pagan altas sumas, es necesario aclarar de dónde surge la actual pedofilia.

    Para gente lúcida, como el actor Clint Eastwood, “la pedofilia es el crimen más abominable que existe sobre la Tierra”. Así como en otros países abundan los procesos a pedófilos –en California se condenó a 560 curas y la Iglesia pagó 600 millones de dólares en resarcimientos, mientras en Canadá juzgaron a 800-, en la Argentina apasionó el caso del mediático sacerdote Julio Grassi y su poderosa Fundación Felices los Niños. Si bien los delitos sexuales son los más retorcidos de todos los que se cometen, espantan más cuando un adulto utiliza a niños para su placer. Entre 1992 y 2000 hubo 420 casos comprobados. Durante 2003 el Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de Buenos Aires registró 95 llamadas por abuso sexual: el 57 por ciento consumados sobre menores de entre 4 y 12 años. Y en 2005 los niños forzados fueron 500. El delito no baja, crece un 15 % por año.

  Según estadísticas fiables de 2004, uno de cada dos chicos abusados elige como confidente a un amigo; uno de cada cuatro lo relata a otro familiar y sólo uno de cada cinco a la madre. Para evitar que en otras fundaciones como la citada –que ha recibido jugosos subsidios del Estado y de empresas privadas- se victimice a niños, en setiembre de 2005 se promulgó la Nueva Ley de protección a niños, niñas y adolescentes, que prohíbe internar a menores por motivos de pobreza.

   Con una valiente decisión, en mayo de 2003 decretaron la prisión de Grassi (acusado de 17 hechos) y de uno de sus abogados -detenido 70 días por maniobras espurias-, al tiempo que investigaron a dos jueces por presionar a uno de los niños para torcer su testimonio y declarar a favor del cura. Quizá la influencia de amigos poderosos decretó la excarcelación de Grassi hasta el juicio oral, proceso que aquí normalmente demora años. Es irritante que en la Argentina no resulte inusual favorecer a los acaudalados. Pero tras seis años –en agosto de 2008- comenzó el deseado juicio oral.

  Previsiblemente, una gran parte de la “buena” sociedad se conmueve por el destino de los acusados si son curas o docentes –aparecen de inmediato sus defensores en la prensa, la tevé y los tribunales-, pero nadie se inmuta por el destino de los niños. Sobre su suerte psicológica presente y futura no se aprecia mayor inquietud. Carecen de abogados defensores en los Medios, pues generalmente no es el Estado quien mejor cuida de sus derechos infantiles. Si bien en ese juicio culminado en 2009 Julio Grassi fue condenado a 15 años de prisión por “haber corrompido la psiquis y la sexualidad de un menor”, continúa libre y ejerciendo su ministerio cerca de su Fundación y por ende de niños. ¿Hasta cuándo? Hasta que un tribunal de instancia superior declarara firme la sentencia. Es decir, por años. Eso ocurrió en 2013, en la Tercera Condena, y a pesar de defensas del obispado, aún continúa preso.

  El abuso de alguien pequeño afecta nuestras emociones, pues no se trata de una víctima que pueda contar los hechos claramente. Freud dijo que la seducción le causa al niño “heridas sexuales graves” y es el estreno de la enfermedad llamada “histeria” en su edad adulta; no es un incidente único para la víctima ni puede librarse de él como si fuera un virus. Ese robo de su inocencia (en EE.UU. al pedófilo se lo llama soul killer, “asesino del alma”) perturba no sólo su carácter sino el de quienes lo rodean. Sólo el castigo de los a menudo impunes victimarios sirve de terapia sanadora para las víctimas, que siempre necesitan tratamiento psicológico, ya que el abuso carnal acelera la formación de traumas y efectos psíquicos, pues le quita al niño, al ejercer su sexualidad, el derecho a consentir.

 Definamos el abuso infantil. Es el acercamiento con claro contenido sexual de parte de un hombre o mujer mayor, realizado de manera directa o indirecta, haciendo uso de su poder para lograr placer o beneficio sexual. Según la psicóloga Eva Giberti, incestos, abusos y violaciones son categorías diferentes. Todas estas profanaciones del sujeto/niño las define la “irrupción de la sexualidad adulta en la vida de la niñez”. El abuso puede ocurrir durante un largo período o ser un solo incidente. Incluye: tocar, acariciar, besar de forma libidinosa, la penetración carnal, con un dedo o con un objeto, la masturbación o la práctica de sexo oral. Se estima que la franja de mayor vulnerabilidad se da al iniciarse la pubertad. En marzo de 2010 un menor denunció que un arquitecto de 51 años, directivo de un prestigioso colegio de Pilar, lo contactó por chat y tras varios meses lo citó en una estación de servicio, lo drogó en su auto y lo llevó a su casa en un country, donde lo violó; luego fue apresado por sus llamados al celular del menor. Usualmente el abuso cesa cuando el niño avanza en su adolescencia y siente pudor de su cuerpo. Es el momento en que tal vez denuncie al pedófilo.

   Es engorroso sacar a la luz estos traumáticos delitos. Sobre todo cuando se cometen con chicos de nueve a trece años, la edad que tenían los afectados del caso Grassi. Son hechos casi inasibles, difíciles de dilucidar, pues su impacto obliga a presumir que sólo un monstruo salido de la oscuridad pudo cometerlos. Si bien a veces existe ese invasor desconocido, comúnmente el ofensor es alguno de quien nunca se podría sospechar. Muchos prefieren pensar que lo hizo el vecino. Pero en el 90% de los casos la culpa recae en alguien del círculo allegado, aquel ser del que el niño aguarda amparo.

   Disfruta, además, de una invalorable ayuda: exámenes clínicos confirman que la mayoría de los chicos abusados nunca lo revelan o lo hacen tardíamente. Por razones múltiples: vergüenza, miedo, pautas de obediencia, sentimiento de culpa por creerse cómplices, temor a ser señalados, castigados, rechazados. Aunque la principal razón es el desequilibrio de poder entre la víctima y su victimario.

  Cuando las víctimas de delitos sexuales son niños la población se conmueve. Es el único crimen que repugna a los policías. En el caso de que el ofensor vaya a la cárcel, el respeto que los otros delincuentes sienten entre sí se transforma en rechazo, pues aún el peor delincuente tiene familia. De allí que el abusador lo pase mal en prisión; el “violeta”, según la jerga, paga su delito de igual forma.

   Decepcionó a la sociedad que individuos estudiosos y cultivados -11.000 curas, de 25 a 68 años-, hayan sido acusados por abuso de varones desde la década de los ´50; 4400 de ellos en EE.UU. El Papa Juan Pablo II ocultó este escándalo: ascendió a cardenal al ex obispo de Boston, Bernard Law, sospechado de proteger a sacerdotes pederastas. A su vez, la Iglesia pagó 700 millones de dólares por indemnizaciones, más otros 85 millones para frenar una furiosa batahola en la católica Boston.

   Por estas argucias el abuso no sólo es un crimen arduo de conjeturar: también de probar. En EE.UU. se presume que uno de cada seis niños es abusado y que uno de cada diez padres comete el acto. Y en América Latina uno de cada cinco padres o hermanos. En Norteamérica se creó la UIE (Unidad de Investigaciones Especiales) para descubrir la ofensa sexual y la explotación de niños. ¿Cómo? Mediante un “disfraz” policial y operaciones secretas. También se emplea la cámara oculta buscando resolver el hecho. Vigilan al presunto ofensor hasta que lleva a su casa un niño y se efectúan en éste revisiones vaginales o anales, según sea el caso. Las garantías para los ciudadanos inducen a que en muchos países el delito sólo pueda probarse hallando al ofensor con el niño. Salvo si se logra una confesión, que se consigue del modo en que luego narraremos. El encarnizamiento sexual con niños hace que los policías clamen que, para los cristianos (y en especial los sacerdotes) ha fenecido el tiempo dorado en que la lujuria de un adulto con un niño violentaba el orden natural.

HISTORIAS EN LAS SOMBRAS

   ¿Por qué se abusa? Un error de interpretación común es creer que sólo ocurre por motivos sexuales. Si bien en el caso del ofensor de niños ello es esencial, conviene entender que en muchas ocasiones el pedófilo abusa para demostrar poder: necesita ejercer su autoridad. A muchos les causa mayor satisfacción sexual el sentimiento de que están demostrando su dominio sobre la víctima.

  ¿Cómo definir el perfil del corruptor de menores? A menudo se queda mentalmente varado en la infancia. Con frecuencia su historia contiene malos tratos infantiles. Tiene necesidad de venganza. Su perfil es el de una persona centrada en sí misma, ávida de mando, muy celosa y posesiva. Emplea una doble fachada: es servicial, tranquila, buena compañera de trabajo, apacible, siempre confiable. No puede lidiar con la sexualidad adulta. Sobre todo en el caso de un sacerdote, que la tiene vedada. Para él es más seguro presionar a un  ingenuo niño que a un adulto. Todo consiste en un juego de presión perversa y aceptación o no en el que ambos son niños que juguetean un juego prohibido.

   Casi todos los chicos manipulados para la prostitución infantil se inician a los 9 o 10 años y son sometidos por el padre, el abuelo, un amigo de la casa o un docente, que mediante promesas o regalos los arrancan de la infancia tornándolos un objeto sexual. Lo cual les causa una pérdida de autoestima. Son chicos desvalidos emocionalmente, que no saben decir no, no pueden protegerse ni son astutos frente a los mayores. En otros casos terminan alojados en un instituto del Estado, donde internos o celadores los violan. Por ello muchos abusadores se emplean como celadores. Luego los niños peregrinan de familia en familia. Nunca recuperan su confianza. Son las víctimas preferidas de los vejadores debido a su vulnerabilidad. Si hablan, ¿quién les podría creer? Sólo algún psicólogo.

   Hay que observar el modus operandi y el ritual del abusador, ya que se toma su tiempo para la seducción. Las personas son esclavas de sus costumbres. El modus operandi lo aplica como medida de seguridad (le va mejor tramando de esa forma), pero a veces puede variar. El ritual, que es lo que le produce placer, nunca varía. Cuando ve a un niño que despierta sus quimeras desea someterlo y dominarlo. El modus operandi implica espiar, estudiar los datos previos, hacer un trabajo de inteligencia sobre la víctima. Casi una tarea de voyeur. Es un trabajo serio, una ciencia privada que le demanda algunas semanas o meses y que el abusador cumple con precisión. Si el niño vive en la familia sus estrategias incluyen la sexualización disfrazada de cuidados paternales, dormir con él o compartir el baño inocentemente para exhibir su cuerpo sin respetar la edad evolutiva de la criatura.

   Si el niño vive fuera de su casa, aprovechando su trabajo, cercano a ellos, el pedófilo pasa revista. No se arriesga, busca a los indefensos. Para lavar su cerebro. Difícilmente salga a la búsqueda del que tiene un hogar y puede correr a su casa a delatarlo. También contacta niños en las plazas, o por Internet, via chat o mail, hasta lograr una cita para ver videos. Su blanco es a menudo el chico de la calle, que no tiene a nadie que lo defienda. Otras veces su objetivo es el niño de familia pobre. Separa del grupo al que tiene algún problema familiar o social. Ése se convierte en su objetivo, con la excusa de que debe darle un trato personal. El ofensor lo compra con comidas, ropa, celulares. A veces basta un objeto que le da al niño un goce psicológico imposible de tener en su casa de origen.

   Mira al niño día tras día y piensa que aún no es el momento oportuno. Mientras estudia las costumbres del chico, gana su confianza; quizás haga algún avance y reciba una negativa. Entonces se aparta por un tiempo, ya que nunca trabaja con un solo chico: prepara su terreno con varios a la vez. Para él es una estimulante muestra de su poder: “Estoy viéndote y no lo sabés”, sin duda piensa.

   El abusador de niños prepara su trampa durante mucho tiempo. En su enfermiza imaginación, poseer a un niño lo hace sentir bien consigo mismo. Siempre comienza de manera sutil. El equilibrio de poder consta a su favor. Por estar bajo su mando familiar o ser su alumno, el chico está sometido a su autoridad y le es casi imposible oponerse a lo que se inicia como un juego. Esos juegos se van erotizando cada vez más. El día indicado para el acto el abusador tal vez no se baña pero se perfuma, pues en su mente se trata de una cita. Para él ese día “de la cita” es diferente y se pone su mejor ropa. Es taimado, de palabra y gestos suaves. Luego le pide cosas a cambio, inculcándole que todos somos bisexuales, que cualquier aberración sexual es normal y no necesita su razonado consentimiento.

DE ESO NO SE HABLA

     Durante el acto, el abusador le dice a la víctima palabras corteses, le halaga sus atributos físicos. Busca amor, apreciación. Casi absurdamente, desea que su víctima lo quiera. Ambiciona que el niño le diga cosas amables y forme parte del abuso. Con frecuencia piensa que, si logra que al chico le agrade cuanto le hace, acabará por enamorarse de él. En algunos casos lo lleva a su casa para vivir una larga relación. Algo que sabe muy bien es que el niño siempre se siente culpable. Por lo tanto, procura infundirle una dosis de culpa. Esto hará que, si son descubiertos, difícilmente la víctima confiese el abuso. Aunque no denuncie con palabras (por temor o para lograr algo deseado) hay que pensar que es un niño abandonado a su suerte, carenciado afectivamente, que revela un lado oscuro familiar o social. Otro argumento es el del secreto compartido: “Si no decís nada, yo tampoco”, sugiere. ¿Por qué vuelve con el mismo niño? Supone que éste lo desea. Una sonrisa al despedirse (de alegría pues el ofensor lo deja tranquilo) la toma como gesto satisfecho. Para él es sexo consensuado.

    Al pedófilo no le importa que queden marcas imborrables en la mente del niño. Sabe que no aparecen en un control médico. Se considera un experto en el arte de seducir y comprar voluntades. Desarrolla su técnica y si no da resultado la cambia. Se esmera en eso. Tiene reglas establecidas. La primordial es nunca lastimar al chico. Porque si lo lastima el niño sin duda llegará a delatarlo. Otra regla es pautar a qué hora el niño puede visitarlo, ver televisión o escuchar música, pues no acepta que el chico lo moleste a cualquier hora, ya que él debe trabajar. Lo quiere obediente. Su habilidad reside en elegir chicos que no tengan experiencia sexual, pues así no pueden juzgar las sensaciones que les provoca. Cuando un chico inexperto siente que a su cuerpo le está pasando algo, ante esas caricias ignora cómo reaccionar y le permite hacer. Acepta porque tiene pocos años. Aunque calle, el niño nunca consiente, pues no puede oponerse ni física ni versadamente a la autoridad del ofensor.

   A partir de allí el niño sufre un complejo de persecución, se siente hipervigilado. Si rechaza ver a una persona o retornar a un lugar, expone pautas que presuponen un abuso. ¿Cuáles son los otros síntomas que aparecen a corto y largo plazo? Angustia, depresión, insomnio, miedos, irritabilidad, llantos, enfermedades, agresividad, trastornos del aprendizaje, inhibiciones, actitud rebelde, indicios de conductas hipersexualizadas (masturbación) o regresivas, cambios de humor o en sus hábitos alimentarios. Juegos y dibujos pueden revelar lo sucedido. O repeticiones, secretas e inconscientes, de cuanto le han hecho. Salvo que lo revele involuntariamente, cuando se decide a hablar el abuso ya es de larga data. No resulta habitual que un niño denuncie a alguien con quien tiene cercanía, como un maestro/a o un cura. Conviene estar atentos a la incontinencia urinaria o no querer ir a la escuela. 

   Ocurre algo cíclico. Los varones abusados en su infancia tienen mayor probabilidad, como adultos, de abusar de otros niños, pues conservan una situación no resuelta que tienden a repetir. Si bien no es una ley escrita que el abusador haya sido abusado en su niñez, cuando ocurre busca placer sexual con chicos que tengan la misma edad que él contaba al resultar víctima de su violación. Si tiene trato con el niño, empieza a prepararlo con verdadera malicia mucho antes de que alcance la edad soñada.

   Si le agradan los niños de nueve o diez años los prepara a partir de los seis. Después, cuando el chico supera los doce o trece años evita continuar con la relación. Se lo pasa a otro pedófilo que está cerca. Y si puede busca mujeres separadas o solteras con hijos para casarse, con la idea de atacarlos cuando tengan la edad que le apetece. En la novela “Lolita”, de Vladimir Nabokov, la presa es una niña de doce años. O quizás el ofensor tendrá hijos propios y los vejará al llegar a la edad adecuada.

   Al chico que viene de la calle a veces le ofrece poxi-ram, paco o marihuana a cambio de favores sexuales. Si todo se descubre, para un chico es muy duro recordar el hecho ante autoridades que lo acosan a preguntas. Se siente muerto de miedo. Teme a un factible castigo. Ha sufrido un ataque a su psiquis, tal vez lo han sodomizado y tiene un traumatismo rectal. El hombre que sonreía y le decía “Quiero ser tu amigo” fue el autor del ataque. ¿Cómo pretender que un interrogatorio del niño sea exacto? Con frecuencia existen pruebas físicas, psicológicas y eventuales que avalan la penetración.

   El pedófilo coloca datos en su computadora clasificando a los chicos por las cosas que pueden hacer. No es habitual que se proponga, a priori, dañar. A veces recurre a la fuerza con bofetadas para intimidar, pero evita lastimar. Si consigue sus fines no acepta que el niño rompa la relación. Cuando el chico lo hace apela a todo para obligarlo a volver y ser él quien rompa. No se piensa malo, se ve como un incomprendido. “No me juzgue”, pide. O se juzga una víctima: “Estoy sufriendo mi cruz”. Desconfía de todos. Sólo luego de los primeros actos impunes se vuelve confiado. Lo que finge ignorar es que el niño, durante el acto, piensa en su madre mientras internamente ruega: ¡Sálvame!

MI SECRETO ME CONDENA

    Un abusador de cuarenta y cinco años lleva treinta años haciendo lo mismo y probando técnicas para inducir a un chico a hacer lo que desea. Algunos eligen a sus “preferidos”. Si hay otros niños cerca el preferido se siente superior al estar junto a quien manda. Éste le compra discos, posters, ropa nueva, viajes. Y le da algún dinero. Por supuesto, el menor está confundido. Si mantienen una relación de cierto tiempo, el vejador toma a sus ojos el lugar del padre. A cambio de algunos actos físicos le brinda al niño pequeños goces psicológicos que no encuentra en su casa. Aunque parezca absurdo, quien más sufre cuando termina la relación es el chico. El ofensor se cree inocente. Si se los encuentra en pleno acto gritará: “¿Por qué me llevan?”, arguyendo que el chico le solicitó hacerlo.

   Indudablemente, esta persona trabaja con las nacientes fantasías sexuales del niño, quien en muchos casos se siente tan avergonzado que jamás cuenta lo que le ha ocurrido. El abusador siente gran placer guardando cosas como recuerdo y posee un lugar secreto donde esconde todo. Tiene siempre sus pequeñas colecciones: juguetes, pañuelos, gorras, fotografías de niños en paños menores. A veces se recuperan fotos de chicos que allí tenían diez años y ahora tienen treinta. Quizás escribe un diario o chatea con amigos para vanagloriarse de cuanto hace. Revisar sus aposentos y computadora buscando recuerdos o pornografía infantil debería ser la primera acción policial. Si no se cumple de inmediato, el ofensor (o sus cómplices) volatilizan las firmes evidencias.

   Hay otros que son aficionados al video o el DVD y esconden filmaciones en medio de videos normales. Cuando son arrestados alegan: “El niño me miraba y yo no le hacía caso”; “Me pidió venir a mi casa para pasar un buen rato”; o “Se enojó conmigo porque no volví a buscarlo”. Es decir que no existen más que dos defensas usuales: “Se equivocan de persona” o “Fue con su consentimiento”.

   Se denuncian pocos abusos porque hay una relación de poder detrás. El responsable es alguien que puede quitarle el techo o el pan al abusado. Dado que el ofensor intenta reafirmar ese poder, quiere tener a la víctima a su lado, tocarla y acariciarla, conversar con ella después del acto. El chico no sabe qué hacer, se bloquea, por su edad no tiene la formación necesaria para impedir lo sucedido. Cuando nota que lo tratan con cierta dulzura, se siente aliviado y trata de olvidar. Teme que la gente no le crea; sobre todo si el vejador no lo castigó ni le causó lesiones. Es uno de los motivos por los cuales las mujeres violadas señalan la fuerza del atacante; no quieren que se sepa que las obligaron a realizar actos que no harían libremente y reducen el sexo al mínimo exagerando la fuerza empleada.

   Debe tenerse en cuenta que el corruptor comete sus actos en serie; no se trata de algo que ocurre una vez. Pero nunca introduce modificaciones. Esto hace que con varias declaraciones coincidentes sea posible ubicarlo y arrestarlo. Algunas veces los niños se bloquean y no pueden recordar casi nada; entonces la gente supone que se trata de una historia fraguada por los chicos o por alguien. No es así. Si la denuncia es falsa, ¿cómo habrá de saber un niño lo que debe decir? Es imposible. Por ello las falsas denuncias se presentan con la fantasía del abusador brutal, que no encaja en la mayoría de los casos. Otro problema para la ley es la ingenuidad de los padres de compañeros no abusados; habitualmente defienden, por ignorancia, a los docentes abusadores: “A mi hijo no le hizo nada”.

   Normalmente el abusador no se ve como tal. Justifica su acto con alguna morbosa racionalización. En Londres uno afirmó: “No puedo ser un abusador porque el chico se sacó la ropa”. En su mente, aún si amenaza al niño, éste desea tener sexo con él. Pero es difícil que, detenido, se quede callado. Piensa que hablando eludirá el castigo, pues se cree más hábil que cualquier policía o juez.

    Repasando el caso Grassi se verá que dio y brinda muchas entrevistas. Esta seguridad nace porque el vejador engaña al niño, lo impresiona con su prestigio. Por ejemplo, lo ilusiona diciéndole que si cierra los ojos y se baja los pantalones le mostrará a una mujer, la cual le hará una fellatio. O hace que se desvista con la excusa de controlar su peso y su altura. A su víctima de 12 años, que aspiraba a ser futbolista, el condenado H. Veira le pidió desnudarse para ver si sus piernas servían para jugar.

   Aunque lo desee, ningún perverso logra detenerse. Sólo lo hace cuando lo descubren y detienen. Si logra cierta impunidad, repetirá su acto durante años. Cuando un ofensor se siente protegido por gente con poder (Veira logró luego el olvido social y el aval de las hinchadas de fútbol) se solaza burlándose de quienes ansían desenmascararlo. Su frialdad y descaro espantan. Al ser detenido responde: “¿Cómo se atreve? ¿Le parece que tengo aspecto de abusador?”. Dado que aparece en medios de comunicación e insiste en su inocencia, esta presión crea mayor angustia en los abusados y los victimiza nuevamente. Un periodismo honesto debe optar éticamente (pensar en el bien propio y en el de los demás) para proteger a los vejados. Y no ofrecer jamás cámara a tantos sospechosos.

GENTE COMO UNO

     El UIE norteamericano estima que hay dos clases de abusadores infantiles: el que prueba con un chico aprovechando que está cerca (caso Veira), es decir el típico “probador sexual”; y aquél cuya preferencia se inclina por los niños. Se cree que la gran mayoría son individuos que tienen acceso legal al chico. He ahí el gran drama. La gente piensa que un entrenador deportivo o un líder de boy scouts es alguien sin fallas, “un buen tipo”. Olvida que normalmente esa corporación protege a quien la integra, no al niño. Sobre miles de casos se comprobó que muchas de estas personas no trabajan con niños de puro buen corazón o por compasión por los demás. Son pedófilos. Aunque parezca absurdo, también hay abusadores que aman a los niños. Su tarea es vigilarlos pero se aprovechan de ellos. Es decir que, al mismo tiempo que los aman, sienten un deseo sexual irrefrenable hacia ellos.

     Suena ridículo: para algunos ofensores que aman a los niños sinceramente, éstos son puros y los adultos corruptos. Creen hacerles un bien al estar sexualmente con ellos, pues evitan males mayores en su futuro. Psicológicamente, se piensan sus salvadores. Esto surge en la pericia médica. Es gente controladora, que en su trabajo y en su vida privada no tolera situaciones fuera de su vigilancia. Por ello buscan trabajar con niños. Son maestros, pediatras, curas, deportistas, celadores, psicólogos.

    A los policías de Canadá y EE.UU. no les sorprenden las denuncias sobre ex seminaristas y curas; esperan su abuso deshonesto, y el de maestros/as y directores de campamentos. Saben que aprenden al comienzo de su pubertad que no se excitan con adultos sino con niños. Entonces escogen la profesión adecuada. El ofensor se ubica en un lugar donde es usual mantener contacto con chicos. Si es inteligente será maestro/a, cura, profesor. Si no lo es se volverá portero de escuela o celador.

   Otro error es creer que los corruptores son solteros. Habitualmente el abusador es un padre de familia con hijos y trabajo. No se presenta mal vestido, ya que usualmente es un pilar de la comunidad. Puede ser un padrino, un tío, un abuelo, un hermano. Los padrastros y otros chicos que viven en una casa abusan a menudo de los niños. Y las madres de las víctimas protegen más al hombre que vive con ellas que a sus hijos. Muchas no quieren perder su comida. Señalar esto no implica desconocer que hay hombres agresivos que secuestran chicos y luego los torturan y asesinan.

    Sucede muchas veces que al niño sus padres lo quieren pero no pueden ocuparse de él. No tienen trabajo, son alcohólicos o no les alcanza la plata para mantener a sus hijos. Quien critique a esos padres desde afuera estará equivocado. Debería conocer mejor el ambiente en que viven. Los padres son superados por la situación y los chicos terminan viviendo en la calle, donde aprenden las cosas más degradantes. Si no se consigue rescatar al niño dentro de los seis primeros meses que anda en esa vida, es inútil el esfuerzo. Cuando lleva un año o dos en la calle resulta imposible sacarlo. Ya está integrado a ese medio. Aunque se logre quitarlo de la calle, a la menor ocasión volverá a ella.

   ¿Quiénes buscan activamente al chico de la calle? Proxenetas y pedófilos. Los primeros toman al niño de ambos sexos para explotarlo en la calle. Los pedófilos se lo llevan con ellos con la excusa del amor. A veces no es un niño fugitivo sino un chico que convive con muchos hermanos. Un día alguien lo lleva a un lindo lugar donde puede jugar, ducharse y tener una cama para él solo. Esta es la libertad que anhelaba. Cuando se viene de no tener nada, tener ese poco ya es tener algo. ¿Qué le piden a cambio? Cerrar los ojos y dejar hacer por unos minutos. Es muy difícil lograr que esto cambie en una sociedad injusta. ¿Qué le podemos ofrecer? ¿Volver a la dureza de su casa? Cuando crece demasiado para las preferencias del vejador, éste lo entrega a otro mientras busca un nuevo niño de menos edad. Deben investigarse a fondo los institutos. Algunos chicos se quedan años, crecen y a su vez someten a otros niños que arriban. Hay todo un mundo oculto de “trata de chicos”.

    Lo importante es que los niños aprendan a cuidarse de la gente que creen conocer. Una terrible repercusión es que si alguien en quien el niño confía se aprovecha de él, en adelante no ha de confiar en nadie. Siempre se debe creer en el chico. Una criatura no puede conocer ni elaborar hechos sexuales si no los ha vivido. No son cosas que pudo haber aprendido mirando televisión. Es algo que le sucedió a él. Sin embargo, cuando un abusador es descubierto, se produce una terrible fractura en la opinión pública. Algunos lo/la apoyan, dicen que es una confabulación. Otros condenan con igual ímpetu. ¿Por qué muchos lo/la defienden? Porque confiaban en esa persona y temen enloquecer si la acusación es cierta. Prefieren pensar que existe un error y que el acusado no puede ser el culpable.

(NO DEJE DE LEER LA ÚLTIMA PARTE. SEPA CÓMO DEFENDER A SUS HIJOS)

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