En su último libro, “La respuesta de Heráclito”, publicado en el 2006, el prestigioso psicoanalista argentino Emilio Rodrigué, que murió poco después, en febrero del 2008, escribió en un capítulo titulado “El octavo día”: “Nada en un principio. En el primer día Dios hizo la luz y vio que era buena, dándole el nombre de Día.

En el segundo día, se separó el agua y la tierra seca.

En el tercer día, Dios hizo el Sol, la Luna y las estrellas.

En el cuarto día, Dios hizo la hierba verde y el árbol de fruto y vio que eran buenos.

En el quinto día, Dios hizo a los reptiles grandes y pequeños, las ballenas y los otros mamíferos, los cefalópodos y los peces. También hizo las aves y los insectos.

En el sexto día Dios hizo al hombre.

En el séptimo día, habiendo completado su obra, descansó.

Y al día siguiente, ya descansado, Dios se fue.” 

          

 

Ese Dios, cualquiera fuera su nombre, venerado por las religiones monoteístas, estuvo ausente en Auschwitz y en la ESMA; en África, en Ruanda, en 1994, con los Hutus asesinando a machetazos a los Tutsis, ochocientos mil en cuatro meses; en el Mar Mediterráneo donde los migrantes mueren ahogados; en los gulags stalinistas, en Guantánamo, un campo de concentración norteamericano en territorio usurpado, en Palestina, donde su población es sometida y hacinada; o en las salas de pediatría oncológica de los hospitales. No estuvo en Hiroshima ni en Chernobyl; ni en las trincheras de la Primera Guerra Mundial o en los horrores de la Segunda. Sólo algunos ejemplos de una lista infinita.

En cada lugar donde la pobreza convierte a sus perjudicados en sobrevivientes, en un mundo crecientemente desigual con concentración de la riqueza y potenciación de la pobreza, Dios seguirá en su reposera espacial, descansando eternamente. El sábado o domingo, según las religiones son días no laborables, donde Dios parece haberse quedado. Tal vez por eso no escuchó cuando su propio hijo le susurró en la cruz: “Padre ¿por qué me has abandonado?”. Mucho menos a George Floyd cuando el agente Derek Chauvin con la rodilla en su cuello le impidió respirar hasta matarlo.

La crucifixión provoca también la muerte por asfixia. Como muchas veces produce el Covid-19 que es democrático por su generalización, pero que finalmente resulta diferencial en la probabilidad de resistir de acuerdo a la ubicación social y en las posibilidades de tratamiento hasta que el sistema sanitario implosiona. En esa generalización alcanzó y se llevó al presidente del banco Santander en Portugal, Veira Monteiro. Su hija angustiada escribió: “Somos una familia millonaria, pero mi papá murió solo y sofocado, buscando algo gratis: el aire. El dinero se quedó en casa”. Con una diferencia de 2020 años de Jesús, George Floyd y Veira Monteiro también murieron buscando desesperadamente respirar. Los dos primeros pobres y el tercero millonario, aunque por motivos diferentes: Jesús por una propuesta revolucionaria para su época, cosa que el poder y los imperios nunca toleraron; George Floyd, pobre, negro desocupado y con Covid-19 por las tres primeras sinrazones; y Veira Monteiro exclusivamente por la pandemia.    

Ese mismo problema respiratorio lo tiene el planeta a través de la contaminación y el calentamiento global. La vida en su sentido más amplio, es un juego de equilibrios insólitos. La cuarentena planetaria ha dado tiempo para que la tierra mejore sus condiciones de hábitat. Hace varios siglos que crucificamos al planeta, maltratamos la tierra y el aire con la misma desconsideración e ignorancia como los grupos medievales atacan a la cuarentena, son antivacunas, desconocen las cifras de muertos que provoca el Covid-19  y consideran que la tierra es plana. En el extremo de la colonización cultural, franjas sociales que viven bien y han accedido a todos los niveles de educación, consideran a la empresa privada como propia y al Estado como ajeno.

El Dios ausentado, en los diez mandamientos cristianos es ególatra: “Amarás a Dios sobre todas las cosas” y demandante: “No tomarás el nombre del Señor en vano”. Además no era, o no es muy divertido considerando el sexto mandamiento: “No fornicarás”

En función de nuestro comportamiento nos prometen, después de muertos, un paraíso o el infierno. Difícil que éste sea peor que algunos de los horrores que los humanos diseñamos a través de los siglos, en el maltratado planeta.   

Cuando el miedo se propaga en el mundo, ausente Dios, la ciencia es la última apuesta para encontrar el antídoto o la vacuna que nos devuelva un poco de la tranquilidad en un escenario de incertidumbre superlativo. Esa incertidumbre que nos sugería disfrutar el ex ministro de educación y actual senador por “Juntos por el cambio” Esteban Bullrich.

El conocimiento acumulado y la política, imprescindiblemente la política instrumentando las medidas necesarias, sustituyen a ese Dios que según Emilio Rodrigué en el séptimo día, descansado, se fue hace ya un tiempo prolongado.

 

Publicado en la Tecla Ñ