En un salón de la Universidad Jagiellonian, de Cracovia, exhiben una particular colección de tatuajes: no se trata de los diseños, sino de los tatuajes mismos. Pedazos de piel de prisioneros polacos, cortada del cuerpo luego de la muerte, fueron conservados en formaldehído para preservarlos de la destrucción.


Al igual que con esta colección de fotos de tatuajes de presos rusos, la colección polaca ha sido interpretada como producto cultural, como “signos emblemáticos” o “códigos criminales secretos“.


Fueron 60 los jarrones de vidrio que fueron fotografiados por Katarzyna Mirczak, artista que muestra la fascinación el arte corporal y sus extremos mecanismos de conservación.


Lo infantil de los trazos es también muestra de la precariedad con que los presos llevaban a cabo estas intervenciones artísticas sobre el cuerpo de sus compañeros: navajas o punzones eran mezclados con carbón, tinta, orina y jabón para producir estos dibujos, que a menudo podían acarrear infecciones en la piel por las condiciones putrefactas de las prisiones polacas.