A continuación, el texto completo:

Invito a la hipocresía social, a la intolerancia, a la iglesia, al Estado y al Honorable Senado de la Nación a leer este testimonio. No hay autocompasión aquí, sino una versión dolorosa de una realidad irrefutable y triste. No condenen lo que ustedes mismos abandonan. #SeráLey

Bueno. Aquí va.

Brindo mi testimonio para que comprueben que los hechos suelen estar más cerca de lo que imaginamos.

Aclaro que creo en luchar por el mismo objetivo, pero respetando las impresiones individuales, pues si todos postulan exactamente igual entonces no hay pensamiento propio y se trata de que aprendamos a pensar para poder arribar a conclusiones que no sean de manual. En mi caso particular, sí siento que el aborto es un hecho traumático, que no se compara a cualquier otro procedimiento quirúrgico, que no reviste la más mínima liviandad y que ninguna mujer lo propiciaría a priori.

Siempre consideré que la infancia es el momento de mayor vulnerabilidad del ser humano. Que ser madre o padre es el rol de mayor responsabilidad que se nos ha otorgado. Que no se puede tener hijos para satisfacer un placer personal y mucho menos por mandato. Que hay que estar preparado psicoemocionalmente para guiar a otra persona y que parir no te hace madre. Te hace madre y padre una crianza consciente y comprometida. De lo contrario, no habría tantos nenes abandonados en múltiples sentidos.

La primera vez tenía 19 años. Había tenido que vivir en la calle unos meses. Dormía en la estación de micros de Retiro porque ahí no llamaba la atención una chica dulce de pelo hasta la cintura con un bolso lleno de sus únicas pertenencias, había baños, bares para comer, calefacción y gente las 24 hs. Salí con un chico con el que nos encontrábamos cada tanto, pero era una relación demasiado informal, sin comunicación y por demás aleatoria. Luego me puse de novia con otro y terminé conviviendo esporádicamente con él para tener un techo. Nos ayudábamos mutuamente. Dos ambientes de un amigo suyo que a veces venía a trabajar allí, y que compartíamos a su vez con otro chico de Perú que ocupaba el único cuarto. Íbamos al supermercado contando las monedas, comprábamos lo más visible y robábamos algunos otros alimentos de primera necesidad. Un día, las nauseas me hicieron saber que estaba embarazada. Dudaba, porque había menstruado. Usaba diafragma. Hacía seis meses que mis padres no sabían nada de mí. Yo no me apersonaba por pudor pues no quería lastimarlos con mi condición de indigencia, no quería que notaran ese estado.

Tenía una hermana en Buenos Aires con la que se comunicaban, pero no conmigo. Cada tanto me acercaba a un teléfono público y hablaba un poco. Nunca me preguntaron cómo estaba; supongo que quizá porque mi padre sabía de mi orgullo, sabía que intentaba abrirme paso en la vida como podía, y mi madre porque es orgullosa y en su preocupación y su apego me había augurado el fracaso intentando disuadirme de buscar un futuro por las mías. Todo ese tiempo trabajé en teatro, un musical infantil, funciones vendidas de lunes a lunes, dos por la mañana y dos por la tarde. Solo me alcanzaba para comer. Mis padres se esforzaban con escasos recursos para sostener los estudios de dos de mis tres hermanos, nunca quise pedirles nada. Cuando me sentí lo suficientemente mal hice dedo en Alpargatas, cerca de la entrada a La Plata y volví a mi pueblo para poder ir al médico. Apendicitis, dijeron. Y me operaron. Una amiga me reemplazó en la obra. Los dolores en la ingle derecha continuaron y entonces fui sin decirle a nadie a un ginecólogo que me confirmó lo que sospechaba. Le dije que no podía llevar adelante ese embarazo. ¿En quién iba a apoyarme? ¿Quién iba a ayudarnos a mantenernos? ¿Y después? ¿Cómo iba a sostener un chico si yo misma lo era y nadie a mi alrededor tenía recursos ni económicos ni psicoemocionales para afrontarlo? Recuerdo que le dije: mis padres son mayores, no quiero disgustarlos. (Dios mío, los cuidaba de mí. ¡Lo que produce la falta de diálogo y confianza!) Me mandó a casa a que lo pensara. No tenía nada que pensar. No debía pensar porque si pensaba el dolor de mi alma iba a ser cada vez más grande y las preguntas que me hacía iban a enloquecerme. Lo llamé al día siguiente y me dio el dato de una partera. El mayor de mis hermanos varones era el único con un trabajo fijo. Le dije: ‘no preguntes; ¿tenés esta suma?’. Él solo contestó: ‘¿Tan caro es?’. Y me la dio. El lugar era una casucha en las afueras del pueblo, calle de tierra. Pautamos 9 de la noche. La mujer me abrió la puerta, simplemente me acostó en una cama en un pequeño cuarto lleno de afiches de mamás con bebés, -esas imágenes idealizadas de mamás serenas y angeladas con bebés gorditos y saludables y el sol de fondo- una tortura ver algo tan idílico mientras me sometía a lo contrario. Me dijo que me desvistiera de la cintura para abajo y abriera las piernas. Obedecí tragando lágrimas y temblando de terror, me metió algo frío en la vagina, se sentía cómo escarbaba. La escuché decir "esto está agarrado como qué", pensé que "como qué" era una expresión tan de mi infancia mientras sentía que de un golpe la sangre de la parte inferior se me iba del cuerpo junto al tirón. Creí que me estaba muriendo porque el mareo me dejó viendo negro, se me durmieron las extremidades y toda la cabeza, la presión bajó a decibeles inimaginables y me desvanecía. Empecé a abrir y cerrar los puños lentamente y a respirar profundo para ver si de ese modo volvía a vivir. No hablé en todo el procedimiento. No dije nada. No me quejé. No gemí. Cuando pude moverme me mandó al baño y vi en un balde un coágulo sanguinoliento de dos centímetros. Lloré. Lo lloré. Me lloré. Lloré mi desamparo y ese destino. Me sentí la persona más sola de la tierra. Un amigo de la infancia me había propuesto salir a tomar algo. Le había dicho: “Esperame en tal esquina a las 11 de la noche, podemos ir a un lugar donde esté sentada, no preguntes”. No preguntó. Sangré 15 días copiosamente durante los cuales volví a trabajar en silencio y un estado de fragilidad general apabullante, había adelgazado y no tenía recursos para alimentarme bien.

La segunda vez tenía 22 años, había logrado alquilar y convivía, -una vez más para compartir gastos-, con otro novio quien pasado el año manifestó violencia física. Otra vez estaba sola. Nuevamente nadie a mi alrededor sabía lo que pasaba. Ya tenía algunas participaciones pequeñas en cine y seguía con el infantil al cual se había sumado una obra de teatro por las noches. Hacía dieta macrobiótica. Cocinaba maravillosamente. Mantenía el alquiler. Mi conducta era intachable. Usaba diafragma y profilácticos. La relación en la quedé embarazada no fue consentida. Era difícil negársele a un hombre violento. Eso me decidió a huir. Tuve que planificarlo en medio del más absoluto pavor durante días y días, apartando las pocas cosas que podría llevarme en alguna de sus breves ausencias, pidiéndole ayuda en la desesperación a la única persona a la que me atreví a confiarle parte de mi realidad; el director de la obra infantil, amigo, segundo padre, quien me recomendó esconderme en casa de su hermana en la provincia. Su hermana, que me llevaba 15 años, también estaba embarazada. Criaba dos hijos sola y convivía con su madre. No conseguía trabajo y no podía afrontar la crianza de un hijo más. Lloramos juntas. Fuimos a una casa horrenda en el conurbano. Nos pidieron el dinero ni bien entramos. Estaba sucio y oscuro, había una chica esperando sola y otra saliendo, también sola, con el semblante de color gris y algo vacilante. Le abrieron la puerta y la vi irse así a la calle. Esta vez fue por aspersión. Sentí lo mismo, pero no tan fuerte. Y al menos estaba acompañada por otra mujer en la misma instancia. Tuve que guarecerme en su casa meses. No tuve tiempo de seguir llorando los dolores de todo tipo que se me agolpaban porque estaba ocupada protegiéndome de la amenaza de ese ex novio, a quien le dejé una carta explicativa junto con mi departamento, mi gata y mis pertenencias, no sé cómo lograba aparecerse en las locaciones en las que me citaban, en la puerta del lugar donde ensayaba, en un trabajo que casi pierdo porque llegaba y lo veía a lo lejos apostado en el umbral y tenía que seguir de largo.

Muchas preguntas rondaron mi mente durante años. Por supuesto que no lo celebro. Por supuesto que lo lamento. Pero si esta triste práctica hubiese sido legal, el tema no habría sido tabú, podría haber tenido adultos responsables con los cuales hablar, habría recibido contención e información, no habría estado sola, y quizás, solo quizás, la historia podría haber sido otra.

Comprensión. Compasión. Contexto. Amor.

Para todos. Piensen lo que piensen.

I.E.

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