“Es histórico lo que logramos y cómo conseguimos esto, las cosas que pasaron acá y nunca habían pasado en ningún lado”, dice Fernando Castillo, presidente de la Cooperativa, y se abraza.

Con una compañera y con otros, después con un representate de ATE, con unos vecinos y sus hijos que pasaron a celebrar la reapertura de la fábrica del barrio, hasta con el cronista de Diario Registrado.  

Se saca varias fotos con sus compañeros, otra más para el diario local, y grita para una videollamada a Bolivia, desde dónde celebran que por fin "al Walter no lo echaron del trabajo y va a poder seguir mandando plata".

Fernando posa para otra instantánea junto a Mirta, una de las primeras que habló con nosotros. Lagrimea mientras envía como puede a los suyos en Paraguay la foto que certifica que sí, que sigue en la fábrica.  

Silvia ahora ríe. "¿Te acordás cuándo lloraste en la nota con Víctor Hugo? ¡Y mirate ahora!", le grita su esposo, también trabajador de la fábrica. 

En Perú también festejan, la clasificación a la final de la Copa América y las fotos que manda Carlitos al chat familiar, sonriendo junto a sus compañeros en las escaleras del galpón.  

"En los países de los compañeros no entienden cómo es eso de que el patrón dejó de pagar, se fue y tomamos la fábrica -sonríe incrédulo Fernando y exclama- ¡y que ahora es nuestra!". 

Este jueves en Sport Tech se celebró la victoria y el fin de una lucha con ribetes conmovedores, de película nacional -bien argento es este invento de gestión obrera en tiempos de capitalismo- con un afiche en la puerta de la fábrica que reza: "¡Vencimos!"

Fernando Casas on Twitter

Es que tras seis meses de ocupación pacífica y el fallo favorable del juez Horacio Robledo, titular del Juzgado en lo Comercial N° 25, los trabajadores de la ex Sport Tech nucleados en la Cooperativa 8 de enero, reabrieron las puertas de la textil.  

Y en Villa Lynch se vivió una inolvidable jornada de alegría para los 65 operarios que se embanderaron en una gesta inédita, apoyados en la solidaridad de otras fábricas recuperadas, el Sindicato Unido de Costureros y Empleados del Vestido -bajo el ala de la CTA Autónoma que comanda Pablo García, y el guiño del intendente de San Martín Gabriel Katopodis.

 

Prensa CTA-A Bs.As. on Twitter

La noche anterior

"Vení, pasá que hace un frío afuera", invitó Fernando Castillo cuando lo visitamos el miércoles por la noche, en la vigilia del gran día. 

En los videos nos mostró varios sectores de la fábrica y todo de lo que a partir de ahora disponen los trabajadores, según el fallo del juez: el stock de mercadería que dejó el antiguo dueño, más de 300 máquinas de coser, otras menos de estampado y lásers, telas y demás materias primas, computadoras, un camión y dos camionetas. Hasta con el nombre se quedaron los trabajadores, le van a poner Sport Tech Coop, para mantener la marca.  

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La política como herramienta (y que no mienta)

“El municipio participó condonando una serie de deudas y buscando financiamiento para poner en marcha nuevamente la producción», explicó el intendente de San Martín, Gabriel Katopodis, a un medio local.

Explicó que su terrunio “el sector textil es bien importante; en el caso de Sport Tech eran 120 trabajadores y el empresario declaró una quiebra fraudulenta, se quiso ir vaciando la empresa… Y los trabajadores se fueron organizando: fuero 6 meses de lucha, estaba el antecedente del cierre de una filial de esta industria en Luján, donde la gente había quedado en la calle". 

Y concluyó: "Logramos conjuntamente con el gremio, con los trabajadores y el municipio, discutir y negociar durante 6 meses con el juez, para conseguir la posibilidad de homologar una acuerdo y permitir que las máquinas y todo el capital de trabajo no se liquide en la quiebra. Y logramos definitivamente que hoy se pueda estar reabriendo la industria”.

La historia de la toma, la lucha y el triunfo

En las fiestas pasadas, los 120 trabajadores de Sport Tech realizaron un paro con el fin de reclamarle al dueño, Pablo Enrique, el pago del sueldo, aguinaldo y las deudas que mantenía con ellos.

Advertidos de la maniobra que había realizado el patrón con los trabajadores de la planta de Luján, a quiénes hizo tomar las vacaciones a todos juntos para luego cerrar la fábrica, ellos decidieron tomar sus instalaciones en Lynch. 

Fue un 8 de enero, por eso llamaron así a la cooperativa que formaron como escudo para luchar. Los vecinos del barrio vieron enseguida un acampe en la placita contigua al edificio de la fábrica y banderas colgando de las ventanas de los galpones. Entonces comenzó la solidaridad de todo el barrio por el pedido de los trabajadores. 

Los clubes del barrio, sociedades de fomento, comercios y la parroquia de Lynch organizaron colectas. Vecinos se acercaron a diario a colaborar no solo con alimentos no perecederos y colchones, sino también con artículos de limpieza para limpiar los galpones. 

Asambleas semanales, guisos, locros, guitarreadas, una Peña al mes de la toma, una peña al otro. Baños químicos instalados por el Municipio, móviles de TV y radio, fueron el paisaje de estos seis meses en la avenida Iturraspe al 900.

 

 

En el mientras tanto que es la vida, los 65 operarios y sus familias realizaron marchas a juzgados del municipio y al Congreso, recibieron apoyos sindicales y políticos pero también amenazas. Policiales y de infantería, y hasta un pedido de captura.

Imágenes paganas

Es una de las primeras asambleas en la plaza dónde un grupo de trabajadores acampa, Roxana, que trabaja hace cinco años limpiando la fábrica, levanta la voz. Dice que hay que tomar la fábrica, que hay que bancar a los compañeros que están adentro hasta que puedan entrar todos. El fuego del fogón que se armó unos metros atrás la enarbola, se muerde los labios cuando y empuña unas palabras que aún se recuerdan: "De acá no nos saca nadie". Los compañeros aplauden fuerte, uno la abraza más fuerte aún. 

Este jueves, es ella quien oficia de guía de turismo dentro la planta. Le escoltan la voz y la sonrisa un muchacho con la pechera de ATE, una asesora política, un padre con sus dos hijos -llevan sus guardapolvos de la escuela y el jardín aún-, y el cronista. El mayor de los niños, de unos diez años, pregunta "por qué el dueño les dejó todo esto". Ella responde con docencia. Y ahí qué hay, señala el nene, y ella con paciencia abre una y otra puerta para mostrar su lugar de trabajo. "Faaa y eshooo", grita el más enano. "Parece un robot ¿no? -se agacha Roxana hasta su altura- y explica cómo ese gigante estampa remeras en serie. 

Aparece 'Popi' -en Sport Tech más de la mitad son mujeres- con sus años ensortijados en el pelo oscuro y convida guiso. Habla con Roxana, se termina el recorrido. Hay que ir a una foto grupal en la puerta de la fábrica, entre banderas y dibujos. Todos los que posan para la imagen sonríen, como en los días de la toma. Vencieron. 

Saliendo a ver qué pasa en el barrio 

Mediodía de jueves, las veredas de Sport Tech son una fiesta de gente. La avenida está cortada a la mitad y el tránsito pasa lento. Pasa una madre con su hija por la puerta de la fábrica, se mezcla entre los laburantes. Pregunta si ganaron y si por eso celebran. Un trabajador le responde sí, ganamos. Se dan un beso y se agradecen. "Una noche ella nos trajo una torta", me apuntan. 

Pasa un vecino de cuarenta y pico y se abraza con una de las mujeres más jóvenes de la fábrica, la que se encargó de la prensa y difusión. Es César, de la parroquia, "se re portaron con nosotros".

Y ese de allá que gesticula y ríe con los compañeros, pregunto. Es del Social Lynch, uno de los clubes del barrio ¿Y el flaco alto que recién salió de la fábrica que lo festejaron? Uno de los pibes de la verdulería de la otra cuadra, que nos bancó varias veces.

Pasa un auto tocando bocina una y otra vez, el conductor saca su brazo por la ventanilla y levanta el puño. Un camionero se contagia y hace tronar su cuerno. En la vereda, se celebra el gesto, giran y levantan sus manos, los dedos en V, saludan (...con los puños en alto deseando al final hacer la revolución)

"Ahora hay que ponerse a laburar -dice Fernando en la despedida-, es todo un desafío, tenemos mucho trabajo, somos nosotros". Lo escuchan sus compañeros y compañeras, son casi diez que lo rodean. Aparece Mirta por la puerta y dice que hay que entrar, "¿ya empezamos? dejame festejar un poco más" bromean.

Y de a uno terminan el pucho, apuran el vaso, el guiso; saludan y desaparecen por el portón de la fábrica, su fábrica.