Ramona no se pudo lavar las manos ni quedarse en casa. Salió y ya no regresará. ¿Qué cielo habitarán los pobres que resistieron y lucharon hasta el último momento? Concluir que a Ramona la mató el coronavirus es como decir que a los muertos de Cromañón los mató el fuego. Mata más el abandono, la desidia y la irresponsabilidad de los Estados que las pandemias. Ramona es la metáfora de que ante el coronavirus no somos todos iguales. La vejez, las enfermedades prexistentes y la pobreza, como si esta fuera una patología más, son el festín del que se alimenta el coronavirus para seguir sumando muertos a su interminable lista. Está claro que la pobreza no sucede de la noche a la mañana sino que es el resultado de un largo y penoso historial de seres que son marginados. Ramona fue conocida por un video que será su testimonio eterno, cuando nos abrió la puerta de su casa en la Villa 31 y con la voz quebrada de bronca y angustia nos exhibió la más cruda paradoja de los imperativos “lavate las manos” y “quedate en casa”. Ramona giraba la canilla de la pileta y no salía agua, salía nada, salía el vacío que deja el abandono y la ausencia de los políticos y funcionarios que debieron ocuparse de ella y de su entorno.

   También está la foto en la que Ramona aparece en primer plano, seria, interpelándonos de frente; detrás, su marido, otros integrantes de la familia, y la más dura imagen, la de la hija pequeña que, desde la silla de ruedas, no puede sostenerse ni sostener la mirada. Son los rostros de la tristeza dibujados por el malestar, la pobreza y el miedo. Ramona tenía una patología prexistente, era insulinodependiente. Su grupo familiar, como tantos otros, es de riesgo; integrantes con cardiopatías, diabetes, discapacidades, pero también déficit alimenticio y habitacional. Ella hizo escuchar su garganta poderosa el 3 de mayo, para denunciar no solo su compleja realidad sino la de su barrio, la Villa 31, que se había quedado sin agua cuando recién se conocían tres contagiados. “Terror, miedo, desesperación, de no tener agua, y el miedo a contagiarte este virus, que es terrible”, decía Ramona, que ya no está, y que su miedo se hizo real, a su combo de pobreza y enfermedades se le sumó el coronavirus, el tiro del final.

   Ramona estaba esperando la relocalización desde hacía cuatro años, pero no la efectivizaron; habrá que juzgar a los responsables. De haber sido reubicada y luego aislada, hoy estaría con vida y ninguno de los integrantes de su familia contagiados. Lamentablemente Ramona es una ficha más de este triste escenario. Nadie la rescató a tiempo. Ramona ya no está. A Ramona la mataron. Ramona es parte del efecto dominó, de otras muertes que irán cayendo detrás de ella. El coronavirus no solo contagia y mata, también está desnudando las vulnerabilidades y las desigualdades sociales que cada día matan más que una pandemia. Eso es lo que Ramona representaba. No la olvidemos.