Los vacunados vip, como aquellos que se inventaron preexistencias o patologías para acceder más pronto a la vacuna, operaron desde la lógica del mercado, de la búsqueda de la conquista personal en menoscabo de la comunidad. Esa ideología instala como premisa fundamental el “sálvese quien pueda”, la competencia por sobre la cooperación y el sentido egoísta por encima del solidario. Cuando se subvierte el bien común por los intereses singulares se pone en riesgo la armonía social, empiezan a caer los acuerdos de convivencia y el malestar en la cultura se hace más evidente.

   Los vacunados vip solo representan una pequeña fracción de la sociedad: la de los elegidos, los privilegiados, que a través de contactos ligados al poder político acceden a lo que resulta inaccesible para los demás. Y los que se inventaron enfermedades se jactan de su “viveza” criolla, de la “picardía” argentina, como si se tratara de la mano de Dios y no de quitarle el lugar, el turno, a los que realmente necesitaban vacunarse porque corrían mayores riesgos reales. Mientras tanto, los seres no elegidos, los honestos, esperaron y esperan su turno acechados por el coronavirus, y muchos terminaron engordando ese triste listado de muertes; muertos con la esperanza intacta de recibir la vacuna hasta el último aliento.

   La pandemia puede ser una escuela, como toda situación crítica, pero siempre hay quienes no quieren aprender, o sacar beneficios del río revuelto por los dramas. Estos tiempos son un campo de prueba para comprender la importancia de la responsabilidad personal articulada en el campo social. Nacemos indefensos, si a nuestro lado no hubiese habido un adulto, hoy no estaríamos vivos, no hubiésemos resistido más que algunas horas. 

Sin embargo, con el paso del tiempo olvidamos nuestro origen dependiente y lo significativo que resulta la compañía, y nos convertimos en seres omnipotentes, soberbios, intoxicados por una cultura perversa, del uso y del descarte, de la acumulación y del poder material por sobre el espiritual. Así vamos olvidando que somos seres gregarios y que nadie se salva en soledad.  

    Pero cada tanto llega un drama, como el de esta pandemia que, más allá del dolor desencadenado por tantas pérdidas, nos invita a repensar la importancia de cada vida, y de la vida en comunidad, de la coexistencia, de que estamos interconectados, de que somos seres sociales que nos necesitamos para vivir. Que un puñado de miserables y egoísta no nos quite la esperanza activa por la conquista de un mundo mejor, del cuidado mutuo. Y ojalá, cuando pase el coronavirus, estemos más contagiados de solidaridad, de amor, de verdad y de justicia. No bajemos los brazos. Que la pandemia nos enseñe a ser mejores personas.