Recibí muy temprano en la mañana fotografías de los restos de quien sería Santiago Maldonado. Las imágenes (y la aparición del cuerpo) me provocaron y siguen provocando sensaciones ambivalentes. De hecho, compartí una fotografía con un selectísimo grupo de amigos a los que considero poco impresionables, pero es tan macabra y provoca una pena tan honda que, por ejemplo, no la compartí con mis hijos ni personas de similares características.

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La aparición del cuerpo –el momento y el lugar de la aparición– son prácticamente una firma de la autoría del hecho. 

No existiendo la menor posibilidad práctica –por más que se haya podido escuchar a más de un pejerto repitiendo la barbaridad– de que el cadáver hubiera sido arrojado “por los K” ni que pudieran haberlo hecho los mapuche –y tal será el sonsonete de funcionarios y medios afines y periodistas complicados en el encubrimiento del crimen–, lo cual equivaldría a, tras sesenta días de cometido el asesinado, dejar en el palier, delante la puerta de casa, el cadáver del cónyuge–, tampoco es lógico –habida cuenta el lugar y la oportunidad– pensar que los restos pudieran haber sido plantados por decisión del propio gobierno nacional, al menos en forma orgánica.

Meneando el pedido de desafuero de De Vido (con el entusiasta apoyo de Néstor Pitrola y los otros tres diputados de un trotskismo absurdo, vuelto una vez más el ala izquierda de la oligarquía), las indagatorias por el memorándum con Irán y la citación a Cristina Kirchner a Comodoro Py, la inopinada aparición del cuerpo de Santiago desorbitaría una situación preelectoral que los estrategas políticos del gobierno creían tener controlada. Es evidente –casi una confesión– que el “hallazgo” responde a una disputa interna, o bien dentro de la propia gendarmería o bien de la gendarmería en su totalidad con el ejecutivo nacional: era claro, en especial para los propios gendarmes, que luego de las elecciones, para la versión oficial, la desaparición de Santiago sería producto de los “excesos” de los gendarmes involucrados.

Así las cosas, nada mejor que plantar un muerto como advertencia. Y así las cosas, nada mejor (o posible) para Cambiemos que transformar el problema creado por gendarmería en un problema mayor. Por ejemplo, una represión indiscriminada y una reacción violenta de los desconocidos de siempre, convocados... por los conocidos de siempre.

Pero la foto me sigue provocando sensaciones ambivalentes y animándome sólo a compartirla muy a medias, advierto que –a menos que medie una orden tajante de superioridad, léase PEN– el morbo periodístico la difundirá suficientemente.

¿Suficientemente para qué? Para que tantas bestias irresponsables que descalificaban el tema o bromeaban a costa de él, tomen conciencia de qué hablaban cuando hablaban de Santiago. No era una idea, una abstracción, un imaginario indigenista, izquierdista, hippie o “K”, sino un muchacho de 28 años asesinado cuando apenas empezaba a vivir.

¿Para qué quiero la foto que no me animo a adjuntar y el periodismo se encargará de difundir?

En una de esas, para que mucha gente vea, con sus propios ojos, las consecuencias directas de su indiferencia, desinterés o complicidad.

Y que Dios los perdone. Si puede.