Una nena desaparece. Sabemos que se llama Maia y Carlos su captor. Las cámaras son el pasado, el rastro que se sigue. Recorren 60km, atraviesan el lejano Oeste en tren, en bicicleta, caminando. Piden fiado, compran tres naranjas para hacer malabares con el hambre que se tiene desde hace rato. Un viacrucis de tres días y un país en vilo. Al fin Maia aparece, con vida, viste la misma ropa con la que fue arrancada de su lugar, el mismo vestido de pobre y el mismo desabrigo. Maia es noticia por su secuestro, por el riesgo de un eventual abuso, violación y muerte. ¿Pero qué vida tenía la nena antes? Cómo es posible que no haya sido noticia en ese pasado reciente donde vivía, o mejor dicho donde sobrevivía, en situación de calle, en Villa lugano, debajo de un puente, en una carpita tan precaria como su existencia, con una mamá adicta y mil bocas de lobos rondando y a punto de devorarla siempre.

   Pero aparece quien la visibiliza: Un cartonero, otro ser seguramente con una historia de mil desaciertos, que deambula por las periferias de un Buenos Aires donde no está tan bueno vivir, menos sobrevivir. Y se adosa a la familia, y como todo psicópata resulta simpático, comprador, socializa, promete lo que sabe que desea su presa, una niña de 7 años. ¿Y qué desea una niña como Maia? Una vida mejor. Una infancia como otras, de risas y juguetes. Y entonces eso es lo que le ofrece Carlos el cartonero, esa es su trampa. Como una Papá Noel desnutrido pero esperanzador, le ofrece una bicicleta, ir al zoológico, y quién sabe cuántas cosas más, como un padre “bondadoso”. Y le ofrece un viaje, una aventura. Y Maia lo sigue, sin resistencias, porque ese itinerario la entusiasma, porque la aleja, aunque sea por unos días, de su pobreza y del dolor de existir o de su existir invisible ante un mundo tan violento como indiferente.

   Maia apareció, no sé si sana o herida por este secuestro o por esos otros golpes que seguramente recibió en la vida. Pero el reclamo y la búsqueda no deberían detenerse, porque hay muchas Maia por ahí, que no aparecen en las noticias hasta que son raptadas, violadas o asesinadas. Mientras escribo y pienso, ahora exactamente hay niñas y niños en situación de calle, pero también hay un montón de psicópatas prometiendo una vida mejor.