1

Los tobas tienen a Dapik Ltá, dios protector de la miel y de los panales. La cultura diaguita - calchaquí  posee al Coquena, deidad guardiana de las vicuñas, llamas y guanacos. Los mocovíes se refieren a Netise Letaá como el divino Señor que defiende a las nutrias de los cazadores. En la mitología chulupí, del Gran Chaco, Sitsé, padre de los animales terrestres, castiga a los depredadores. Muchos años antes de que las Oenegés europeas llegaran a nuestro continente a “enseñarnos” a cuidar la naturaleza, los pueblos originarios tenían una cultura que la amparaba.

 

2

 

Inottlelé, el Señor del Cielo, según la mitología wichí, e Ijwala, el hombre de Fuego, también de la teología wichí, se reúnen cada atardecer para incendiar de belleza el confín. Los ciudadanos modernos, hijos de la ciencia y del mercado, ya no le preguntamos al anochecer si el hombre del Fuego y el señor del Cielo gozan de buena salud.

 

 

3

 

Katés, llaman los chorotes a la estrella de la mañana, que aseguran, encarnó en una muchacha enamorada de un joven cazador. Del romance entre una estrella india y un joven cazador nacen luceros de pueblo, luceros del corazón indoamericano. ¿Acaso no dicen que San Martín es hijo de la india Rosa Guarú?

 

4

 

Una leyenda wichí indica que Lawo, el dios arco iris, se irrita cuando las mujeres se bañan en las lagunas mientras están menstruando. Parece ser que a Lawo, le molesta que el rojo de la menstruación de la mujer sea más hermoso y más vital  que el color del arco iris, que el color de un dios.

 

5

 

Para los chiriguanos el eclipse sucede porque Yáwa, jaguar mítico, lucha contra la luna para devorarla. Según los mocovíes los rayos caen por la presencia en la tierra de Nakolaña, una mujer pequeña. Advierten los tobas que el caluroso viento norte tiene un dueño: Kenakiaragayk. Y nosotros, resignados devotos de los telescopios, pararrayos y profecías de meteorólogos.

 

6

 

Mientras nuestro cielo se muestra huérfano entre radares, antenas y torres, los mapuches rinden culto a Rañíñ Wenú Cháu, Padre de la Mitad del Cielo y a Rañíñ Wenú Nuque, Madre de la Mitad del Cielo.

 

7

 

Los promotores de la cultura occidental repiten sin cesar el fragmento de la Odisea, en el que Ulises se ata al mástil para no enloquecer ante el canto de las sirenas; sin embargo, desconocen que en nuestros Valles Calchaquíes, en sus ojos de agua, en sus bañados y en sus ciénagas, suelen escuchar a sirenas cantar vidalas espectrales, sirenas que algunos llaman “rubias del río”, sirenas que encantan a los pastores y arrieros, sirenas que reúnen en su canto al griego y al amauta.

8

 

Nietzsche advierte que Zaratustra, a los treinta años, deja su patria y se refugia en la montaña. Durante una década, a pura soledad, adquiere sabiduría del silencio y transforma su corazón. Luego desciende de la montaña y comienza predicar a los de abajo. ¿Acaso no es el mismo camino que recorriera nuestro  Fortunato Ramos, docente jujeño, que subiera, a mula, al país de los cerros, para dar clases, y que años después bajara como el mejor alumno del viento andino, para dar testimonio de la sabiduría ancestral del runa?

 

Primero fueron los espejos de colores, luego, espejismos CULTURALES.

 

Hoy podemos mirarnos en los reflejos de Argentina mítica y despertar a la ancestral nación que hace siglos nos está esperando.