a Cristian Vitale

 

Bajo la sombra que daba el galpón, Cristian, de cuatro años, se sentaba cada tarde en el patio a escuchar el mismo relato de su abuela, que mientras desgajaba una mandarina, le contaba cómo los aviones oscurecieron el cielo de Buenos Aires y bombardearon la plaza. Será por eso que a Cristian siempre el sabor de la mandarina le pareció amargo. y que mientras sus amigos hallaban en las nubes rostros que cambiaban de formas, él sólo esperaba que detrás de aquellas no aparecieran los aviones que en un segundo todo lo anochecen. 

Cuando pasó el tiempo de las mandarinas, y Cristian alcanzó la edad del café, su abuela le confesó la historia de su hermano - su tío abuelo - que había sido condenado a ser fusilado, un año después del bombardeo a la plaza. Y sin embargo, minutos antes de ser llevado al improvisado pelotón de fusilamiento, el comisario que estaba a cargo de aquella carnicería, reconoció a aquel hombre. O mejor dicho, aquel niño que había quedado varado en ese hombre, al que le habían ordenado fusilar. Era el pibe con el que jugaba a la pelota en el barrio. Por un segundo el comisario pudo haber pensado en alguna forma de magia, que consiguiera liberar a ese niño de ese hombre sentenciado a muerte. Pero el comisario no era de pensar, y mucho menos asuntos metafísicos como ésos. Él sólo obedecía órdenes, y a ningún superior se le hubiera ocurrido impartir una orden que tuviera que ver con la magia. De todas formas, el comisario, sintió que el pibe que también había sido él, de alguna manera estaba asfixiándose en el calabozo de sí mismo. Y el que tenía que matar, había sido también con el que por primera vez había probado un cigarrillo. Fatalmente, buscó su paquete, sacó dos cigarrillos y le dijo a un oficial que llevaran a su despacho al sentenciado. Minutos más tardes, los dos fumaban en una oficina donde San Martín los espiaba desde un dolor amarillo.

No se animaron a hacer arcos con sus ropas. Se llamaron como los pibes se nombran, ninguno mencionó los nombres que los años les fueron poniendo. Ahí sólo eran dos jugadores. Cuando terminaron de fumar, el comisario le advirtió que la puerta de su despacho daba la calle y estaba abierta. Que él iba a verificar los últimos detalles del fusilamiento y que se iba a demorar varios minutos.Esos dos niños que fueron, jamás se habían abrazado, no lo iban a hacer aquella mañana en la que estaban disfrazados con el ropaje del mundo, y que estaban jugando juegos en los que nadie gana. 

Cristian le pidió muchas veces a su tío abuelo que le contara la historia. Por alguna razón, el vino con soda siempre le recordó a aquel suceso en el que ni el comisario, ni el tío habían bebido.

Años más tarde, Cristian escribió un libro llamado “San Martín, Rosas y Perón”, en el que no menciona a su abuela, ni a su tío abuelo. Sin embargo nos enseña que cuando creemos que todo está perdido, siempre hay un niño o una niña escuchando, y que años más tarde ese niño o esa niña, harán con eso una canción, un camino o un libro.