El hombre no ha podido construir el paraíso social pero ha sido capaz de mejorar superlativamente los planos del infierno bíblico. Su instrumentación superó holgadamente la imaginación de Dante Alighieri en la Divina Comedia. Su nombre fue Auschwitz en alemán y Oswiecim en polaco. Bajo esta denominación funcionaron otros lager (campos) como Birkenau o Auschwitz II, donde estaban cuatro cámaras de gas, Monowitz o Auschwitz III que explotaba a los prisioneros como mano de obra esclava en fábricas de la industria alemana.  Apenas tres nombres en ese complejo del horror que bajo esa denominación genérica comprendía a más de cuarenta campos situados en territorio polaco.

El 27 de enero de 1945, cuando el ejército rojo entró en el infierno terrenal “el horror que se dibujó en los rostros de esos soldados cuando nos vieron, tampoco he de olvidarlos mientras viva. Era un horror que no tenía nombre cuenta la sobreviviente Mira Kniaziew, residente en nuestro país. “Nosotros no éramos conscientes de nuestro estado: allí no había espejos. Aunque mirábamos a los demás, cada uno pensaba que él, a lo mejor, aún no estaba así. Pero la cara de los rusos fueron el más atroz de los espejos”  *****   

Los calificativos son insuficientes para describir el grado de profundidad de la crueldad humana. Una vez detenidos, eran transportados en trenes cuyos vagones sellados encerraban parados a hombres, mujeres, niños a lo largo de cuatro o cinco días de viaje debiendo hacer sus necesidades básicas en ese lugar. Cuenta Primo Levi en su impresionante libro “Si esto es un hombre”: “Entre las cuarenta y cinco personas de mi vagón tan sólo cuatro han vuelto a ver su hogar, y fue con mucho el vagón más afortunado. Sufríamos sed y frío: a cada parada pedíamos agua a grandes voces. O por lo menos un puñado de nieve, pero en pocas ocasiones nos hicieron caso…. Dos jóvenes madres, con sus hijos todavía colgados del pecho, gemían noche y día pidiendo agua. Menos terrible era para toda el hambre, el cansancio y el insomnio que la tensión y los nervios hacían menos penosos: pero las noches eran una pesadilla interminable…en la noche del cuarto día el frío se hizo intenso”.

 

 

                         

La llegada a Auschwitz. El tren entrando al campo. La inscripción hipócrita en la recepción: “El trabajo libera”. Los soldados alemanes y sus perros. La selección. Los viejos y los niños enviados de inmediato a la muerte. Cuenta Primo Levi: “Hoy sabemos que con aquella selección rápida y sumaria se había decidido de todos y cada uno de nosotros si podía o no trabajar útilmente para el Reich; sabemos que en los campos de Buna – Monowitz y Birkenau no entraron, de nuestro convoy, más de noventa y siete hombres y veintinueve mujeres y que todos los demás, que eran más de quinientos, ninguno estaba vivo dos días más tarde” Iban a las cámaras de gas.

                                                              

Despojados de todas sus pertenencias, rapados, con ropas entregadas al azar, incapaces de protegerlos del frío intenso, con zapatones de madera, sometidos a un régimen de trabajos forzados, con una comida única constituida por unas rodajas de pan y una sopa donde era difícil encontrar en el agua algo que no sea nabos, coliflores y excepcionalmente alguna papa. Primo Levi lo sintetiza así: “Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse, una condición humana más miserable no existe y no puede imaginarse….Nos quitarán hasta el nombre” El número tatuado en el brazo izquierdo reemplazará la identidad.

La ignominia se perpetra en ese territorio cercado por doble hilera de alambres electrificados. Con sus casamatas y miradores. Y en algunos campos con sus crematorios. En Buchenwald, cerca de Weimar, el campo donde estuvo prisionero el escritor español Jorge Semprún, los pájaros del bosque de Ettersberg desaparecieron ahuyentados por el olor de carne quemada que salía por la chimenea del crematorio.  

La brutalidad, el instinto animal de supervivencia, se trasladaba a la relación de las víctimas.

El campo, escribiría André Malraux, “es la región crucial del alma donde el Mal absoluto se opone a la fraternidad” Describe Primo Levi: “La confusión las lenguas es un componente fundamental del modo de vivir aquí abajo; se está rodeado por una perpetua Babel en la que todos gritan órdenes y amenazas en lenguas que nunca se han oído y ¡ay de quién no las coge al vuelo! Aquí nadie tiene tiempo, nadie tiene paciencia, nadie te escucha; los que hemos llegado últimos nos reunimos instintivamente en los rincones, contra las paredes, para sentirnos con la espalda materialmente resguardada…..Todos son aquí enemigos o rivales….EL lager es el hambre: nosotros somos el hambre, un hambre viviente…..la distribución del pan, el sagrado pedacito gris que parece gigantesco en manos de tu vecino y pequeño en las tuyas……Muchos chasquean los labios y baten las mandíbulas. Sueñan que están comiendo, esto es también un sueño colectivo. Es un sueño despiadado…no sólo se ven los alimentos, sino que se sienten en la mano distintos y concretos, se percibe su olor rico y violento, hay quien se los lleva a los labios…..Enciérrense tras las alambradas de púas a millares de individuos de diferentes en edades, estado, origen, lengua, cultura y costumbres y sean sometidos aquí a un régimen de vida constante, controlable, idéntico para todos y por debajo de todas las necesidades: es cuanto de más riguroso habría podido organizar un estudioso para establecer qué es esencial y qué es accesorio en el comportamiento del animal – hombre frente a la lucha por la vida”.

En el interior del campo se crea un mercado con las rodajas de pan como moneda fundamental de cambio que se canjean por cucharas, fundamentales para ingerir la comida exclusivamente líquida o por alguna camisa o un calzado. Incluso hay intermediarios que comercian al exterior del campo los robos de objetos de la enfermería.

La sustracción entre las víctimas hace a la ley darwiniana de la sobrevivencia del más fuerte. Si se pierde el plato o la cuchara hay que sacrificar las vitales rodajas de pan para obtener otras. Las chinches y las pulgas arrasan con los cautivos. La difteria, la disentería, la escarlatina arrebatan parcialmente materia prima a las cámaras de gas. Los enfermos tienen unos días en la enfermería para recuperarse. Pero si no se restablecen rápidamente en la próxima selección saldrán de Auschwitz a través del humo del crematorio.

Se intenta evitar la ducha porque es el momento que las pertenencias vitales quedan fuera de la vista. A la noche, en las cuchetas, la cara de un detenido queda pegada a los pies del compañero.

La brutalidad en un contexto límite no conoce graduaciones. “Añadiendo a las cucharas de los curados las de los muertos y las de los seleccionados, los enfermeros llegan a percibir a diario las ganancias de las ventas de unas cincuenta cucharas……Todos saben que son los mismos enfermeros los que reincorporan al mercado, a bajo precio, la ropa y los zapatos de los muertos y de los seleccionados que parten desnudos para Birkenau. Por el contrario, los enfermos dados de alta se ven obligados a reanudar el trabajo con la desventaja inicial de media ración de pan asignada a la adquisición de una nueva cuchara”

La estructura interna se ordena dando a algunos prisioneros el poder de decisión sobre los otros. Son los Kapos. Sobre esto dice Primo Levi: “Ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta  comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir; exigiéndole a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros y seguro que habrá quién acepte…..Cuando le sea confiado el mando de una cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida  y muerte sobre ellos, será cruel y tiránico porque entenderá que si no fuese bastante, otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto. Sucederá  además que su capacidad de odiar, que se mantenía viva en dirección  a sus opresores, se volverá, irracionalmente, contra los oprimidos, y él se considerará satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida de los de arriba…..Los Kapos, algunos nos golpean por pura bestialidad y violencia, pero hay otros que nos golpean cuando estamos ya bajo la carga, casi amorosamente, acompañando los golpes con palabras de exhortación y de ánimo, como hacen los carreteros con los buenos caballos”

APENAS AYER               

El 27 de enero de 1945 los espectros que recibieron al ejército soviético eran los enfermos que los nazis consideraban que no llegarían a sobrevivir al período entre su huida y la llegada de los ejércitos enemigos. Los que no estaban en la enfermería, fueron obligados a emprender el 18 de enero la marcha de la muerte. Rumbo a los campos de concentración distribuidos en la geografía alemana. Caminando sobre la nieve, el hambre, la sed, el agotamiento produjo que quince mil de los sesenta y seis mil prisioneros perecieran antes de salir del territorio polaco.

Fue apenas ayer. Hace sólo setenta y cinco años. Parece apropiada la frase de Federico Nietzsche: “Los monos son demasiados buenos para que el hombre pueda descender de ellos”. El escritor Elie Wiesel afirmó: “En Auschwitz murió el hombre y la idea del hombre”. El filósofo Theodor Wiesengrund Adorno de la escuela de Fráncfort, se preguntó “¿Como seguir escribiendo poesía después de Auschwitz?

En estos setenta y cinco  años el horror volvió en un trágico replay. A mero título enunciativo, en las bombas atómicas arrojadas sobre dos ciudades japonesas, en los gulags soviéticos, en las bombas tiradas por la aviación norteamericana sobre Vietnam, superiores en número y potencia a las arrojadas sobre territorio europeo durante la Segunda Guerra Mundial,  las masacres de Pol Pot en Camboya, las torturas de los paracaidistas franceses en Argelia,  el Plan Cóndor en América Latina,  las atrocidades en los Balcanes, la invasión de Afganistán e Irak, la guerra entre los tutsis y los hutus en Ruanda, el derrumbe de las torres gemelas, los bombardeos, invasiones y asesinatos selectivos de los EE.UU, el campo de concentración que los norteamericanos tienen en Guantánamo la periodicidad de los actos de barbarie en Palestina, los campos de concentración en la Argentina, los atentados a la AMIA y a la Embajada de Israel en nuestro país.  

 Alemania y Argentina eran las dos sociedades de mayor desarrollo cultural en sus respectivos continentes, cuando la esquizofrenia se apoderó de su historia. La pregunta es ¿Como fue posible?

Primo Levi reflexiona: “Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir. Pero también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quién sabía no hablaba, quién no sabía no preguntaba, quién preguntaba no obtenía respuesta.”   

 

                         

Pilar Calveiro en su notable ensayo “Poder y desaparición. Los campos de concentración en la Argentina” sostiene: “Ya desposeído de su nombre y con un número de identificación, el detenido pasaba a ser uno más de los cuerpos que el aparato de vigilancia y mantenimiento del campo debía controlar….Es interesante observar que todos ellos necesitaban creer que los chupados eran subversivos, es decir menos que hombres. Según palabras del general Camps “no desaparecieron personas sino subversivos……Los mecanismos para despojar a las víctimas de sus atributos humanos facilitaban la ejecución mecánica y rutinaria de las ordenes. En suma, un dispositivo montado para  acallar conciencias, previamente entrenadas para el silencio, la obediencia y la muerte…..El campo está perfectamente instalado en el centro de la sociedad, se nutre de ella y se derrama sobre ella. Quizás el hecho de permanecer tan apartado, al mismo tiempo que está en el medio, lo que más enloquecedor resulta para el prisionero, lo que produce la sensación de irrealidad.”

La ESMA está ubicada sobre una de las avenidas de mayor circulación de la Capital. Con La Perla en Córdoba, sucede igual, según el testimonio de  Graciela Geuna: “Yo creía en principio que estaba ubicada en algún paraje remoto….Casi enfrente nuestro se levantaba la fábrica de cemento Corcemar, a solo 14 kilómetros de la ciudad de Córdoba, a unos cien metros de unas de las principales rutas de la provincia, que tiene una densidad de tránsito importante. Vi pasar varios coches y pensé si no nos verían. Estábamos tan cerca y sin embargo tan lejos”.

El hecho de que el campo es una realidad aparte constituye una ilusión. Es cierto que formó una red propia, pero esa red estuvo entretejida con el entramado social.

El infierno fue ejecutado por individuos comunes, no por monstruos, que sí realizaban actos monstruosos. Que acariciaban a sus hijos, amaban a su mujer, o sacaban a pasear al perro después de sus “jornadas” de trabajo. Franz Stangl, comandante del campo de concentración de Treblinka señalaba: “No podía vivir si no compartimentaba mi pensamiento”. O los capellanes que santificaban las torturas y asesinatos en los campos de concentración argentinos y luego celebraban misas y leían cada domingo los evangelios. Cuenta Pilar Calveiro: “El capitán Acosta, después  de exhibir frente a los prisioneros el cadáver acribillado de Maggio, seleccionó a  un grupo y los obligó a cenar con él como si nada hubiera ocurrido. El comandante Quijano que amaba a los animales, después de secuestrar a Graciela Geuna y participar en el asesinato de su esposo le dijo que ya se había encargado de colocar el gato y el perro, así que se quedara tranquila por los animales. ¿Actos de reparación? Bondad y maldad, superpuestas y separadas, sin posibilidad de una mínima congruencia.”  

EL INFIERNO TERRENAL

Giuliana Tedeschi, sobreviviente de Birkenau, cuenta que desde la ventana de su barraca veía las llamas que salían por la chimenea. Apenas ingresada al campo preguntó a las veteranas ¿Que es ese fuego? La respuesta fue lapidaria: “Somos nosotras, que nos quemamos”

Más de un millón seiscientas mil personas murieron en Auschwitz. Cuando el final se acercaba, en agosto de 1944, en un solo día asesinaron a veinticuatro mil detenidos.

Apenas pasaron setenta y cinco años. Los hechos son tan siniestros que cobran la dimensión de inverosímiles. Los sobrevivientes quedaron marcados definitivamente. Incluso un escritor con un testimonio tan elaborado y medular como el de Primo Levi terminó suicidándose en 1987.

Jack Fuchs, ya fallecido, sobreviviente de varios campos de concentración, fue habitual columnista de Página 12, afirmaba con su habitual crudeza: “En el ’45 yo estaba en Dachau, providencialmente me habían llevado ahí desde Auschwitz, y ningún soldado americano vino a rescatarme, los alemanes nos metieron en un tren que después abandonaron a mitad de camino; literalmente, a mí me encontraron en el cobertizo de una casa de campo en Baviera. Cuando terminó la guerra me gustaba decir que los aliados me habían liberado de Dachau. La juventud es más épica. Tardé años en comprender que no había sido así. No hubo ninguna intención de terminar con los campos. Los sobrevivientes fuimos encontrados en la ruta de los distintos ejércitos, mientras cumplían el único objetivo que se habían propuesto: derrotar a Alemania. La prioridad, la única finalidad, diría, fue la de derrotar al nazismo, y nunca la de rescatar a las víctimas. Los aliados permitieron que durante toda la guerra la matanza se ejecutara sin obstáculos.”

Los fantasmas que salieron aquél 27 de enero de 1945, los que sobrevivieron para testimoniar sobre aquel infierno, aún nos siguen interrogando. Esas fotografías donde los ojos desmesurados y apagados sobresalen en un esqueleto vivo, son el testimonio más espeluznante de hasta dónde pueden llegar a los seres humanos cuando dejan de serlo. Esos ojos son el fiscal más elocuente que acusan eternamente a una pesadilla histórica. En palabras de Primo Levi: “Cuanto en Auschwitz ha sido el hombre capaz de hacer con el hombre”.        

 

 

*****Testimonio del sargento Yakov Vinnichenko, uno de los cinco sobrevivientes que quedan hoy de las divisiones soviéticas que liberaron el campo de concentración .

Fue entrevistado por Rubén Sergeyev. Gentileza de Julio Fernández. Lista Reconquista Popular.

“Cuando entramos al campo, dimos un grito: alambradas de púas por todas
partes, todos con ropas a rayas y gorras. Los prisioneros apenas podían
caminar: parecían sombras o fantasmas, de tan delgados que estaban. Algunos
ni siquiera se podían mover, otros caminaban sostenidos por sus amigos.
Trataron de hablar con nosotros, pero no los podíamos entender: era gente de
diferentes países, incluyendo muchos judíos de Francia, Polonia e incluso
Palestina. Al momento de nuestro asalto había entre 7.000 y 10.000 personas
en el campo. Supe, después de la Guerra, que los alemanes habían embarcado
cientos de miles de prisioneros para Alemania y continuaron usándolos como
trabajo forzado. Pero los que quedaron atrás apenas estaban con vida.
Al principio, cuando nos vieron, no podían creer que estaban libres. Pero
cuando entendieron, algunos empezaron a reír, otros rompieron en llanto.
Muchos trataban de besarnos, pero se veían tan horribles que nosotros los
evitábamos para que no nos pasasen algún bicho. Muchos pidieron comida, pero
no teníamos. Nuestras unidades de apoyo llegaron al día siguiente y
estuvieron ocupadas con los prisioneros, alimentándolos y lavándolos. Pero
nosotros nos quedamos tan solo un par de horas. Hubo una escena horrible.
Entramos en una mugrienta barraca de mujeres, con camastros tipo marinero y
cubiertos de manchas de sangre.

Los alemanes no se habían esperado que todo sucediese tan rápido: nosotros
llevábamos adelante la operación muy velozmente. No tuvieron tiempo de hacer
volar todo o plantar minas personales. Había una gran construcción al lado
del campo: los prisioneros estaban construyendo una planta química. Había no
sólo internados del campo trabajando en ella, sino también decenas de miles
de civiles transportados desde la URSS.

Las lúgubres barracas estaban en hileras y, desde la distancia, parecían una
fábrica, y en realidad era una fábrica de muerte. Yo he visto muchas cosas
en la guerra, pero nada tan horrible o alucinante como este campo. La
experiencia nos dio una nueva energía y determinación para poner fin a la
abominación del nazismo. Nuestros hombres no ahorraron sus vidas, sabíamos
que nuestra causa era justa. En unos pocos días nos movilizamos hacia el
oeste y fui de nuevo gravemente herido, ahora en territorio alemán, en un
lugar llamado Lonau.