El neoliberalismo, la híper globalización y la preeminencia de lo financiero sobre la economía real provocaron un aumento drástico de la desigualdad entre los países y al interior de los mismos. Ello no fue un efecto no deseado ni una consecuencia más o menos imprevista por la implementación de los principios del consenso de Washington sino que se trató de una política expresa y deliberada en ese sentido. Las primeras medidas tomadas por los gobiernos  que adhirieron al neoliberalismo fue rebajar los impuestos a los ricos y compensar el déficit fiscal que ello ocasionaba con un ajuste orientado a los más pobres. Así actuaron los precursores Ronald Reagan y Margaret Thatcher y así lo hizo años después Mauricio Macri. Recuérdese que apenas asumió redujo los derechos de exportación (mal llamados retenciones) de los agro exportadores, como así también de la minería. Para no ser menos redujo los aranceles de importación de los productos suntuarios.

El aumento de la desigualdad fue rápido y contundente, especialmente porque se venía de un proceso inverso donde la tendencia era la reducción no espectacular pero sí constante de la inequidad.

Hay varias maneras de medir estos hechos. Es bastante difundido el Índice de Gini que intenta reflejar el nivel de desigualdad global, mediante un valor que va de 0 (que reflejaría que todos  tienen el mismo ingreso) a 1 (que se daría si todos los ingresos estuvieran concentrados en un solo individuo) por lo que cuanto más alto sea el índice mayor es la desigualdad. Ese Índice, según la información de Banco Mundial, era de  51,2 en 2003 y pasó a 41,7 en 2015 evidenciando una tendencia hacia la disminución de la desigualdad pero en 2019 ya había remontado a 43,4 revertiendo la tendencia. Si bien esa medición tiene su valor incluye en un solo número muchos fenómenos y no proveen una visión de la magnitud que tiene la inequidad de los ingresos.

Por ello es más significativo mirar la relación de los ingresos entre los distintos segmentos de los habitantes. Por ejemplo qué parte de los mismos se lleva el 10 % de los más ricos y como se relaciona con lo que perciben los más pobres. En la Argentina el 10 % más rico tiene ingresos muy superiores a los del 50 % más pobre, es decir de la mitad de la población. Este hecho en sí es escandaloso pero veamos su tendencia: en 2003 el ingreso del 10 % de los más acaudalados era superior en 122 % al del 50 % de los más pobres, esa relación fue bajando durante el gobierno de los Kirchner reduciéndose al 23 % en 2015 para volver a subir desde la asunción de Macri hasta el 64 % en 2019. Esto se hace más patente en un cuadro que refleje lo acontecido en este sentido ya que muestra como las líneas van convergiendo hasta 2015 para volver a separarse a partir de ese año.  

 

 

La línea superior corresponde al porcentaje de los ingresos que obtiene el 10 % más rico que va del 37,5 % en 2003 para bajar al 28,2 % en 2015 y remontar al 33,2 en 2019. La línea inferior muestra el porcentaje de los ingresos que obtiene el 50 % más pobre que era del 16,9 en 2003 para subir al 22,9 en 2015 y caer al 20,2 en 2019.

Políticas activas en lo social, regulaciones efectivas y una reforma impositiva con gravámenes progresivos y altos para los ingresos más cuantiosos y también para los patrimonios más exuberantes harán que las curvas vuelvan a tener una tendencia hacia su igualación.

Sin embargo en el largo plazo es la educación la que tiene un papel crucial en la lucha por disminuir las desigualdades. Los cambios en los procesos productivos, la automatización, la tendencia hacia el incremento de la participación del sector de los servicios hacen que aumente la calificación requerida para acceder a trabajos de calidad. Por ello es fundamental como se oriente la oferta de formación. Si solo pueden acceder a la educación requerida los grupos más adinerados se ampliará la brecha de desigualdad, en cambio si es privilegiada la inversión en educación pública adecuadamente distribuida en el territorio el camino hacia mayor igualdad será posible. La cantidad de alumnos que accedan a niveles cada vez más altos de escolarización, así como la conformación sociológica del alumnado y la calidad de la enseñanza impartida son fundamentales para el crecimiento del país y para una sociedad más justa. Se impone que en el país se logre lo más rápido posible la enseñanza secundaria universal, no solo en la normativa sino en la realidad y que cada vez más y más jóvenes ingresen a niveles terciarios y egresen de los mismos. 

Y ello lo saben tanto los que bregan por reducir la iniquidad como los que actúan para su perpetuación. Por ejemplo entre 2007 y 2015 se fundaron 18 nuevas Universidades distribuidas en distintas regiones del país, mientras que a partir de 2016 no se creó ninguna Universidad.

Por eso es desagradablemente significativa la frase que pronunció María Eugenia Vidal  ante socios del Rotary Club cuando dijo que no había que crear Universidades públicas en  la Provincia de Buenos Aires porque “todos los que estamos acá sabemos que nadie que nace en la pobreza en la Argentina hoy llega a la universidad” La afirmación es falsa, la mayoría de los estudiantes de las Universidades son primera generación de universitarios y la frase está dicha en tono de pertenecía de clase “todos los que estamos aquí”. La meritocracia proclamada privilegia a los que nacen en hogares ricos, excluye a los pobres y se consolida con educación solo accesible a quienes tienen los recursos requeridos.

En consonancia con el gráfico arriba expuesto veamos otro en el que se visualiza la relación entre los recursos asignados al pago de la deuda pública y los destinados a la educación y la cultura.

 

 

La línea superior refleja el porcentaje asignado al pago de la deuda pública que era casi el 23 % en 2003 para ir bajando hasta el 6,6 % en 2016 y volver a subir en los años posteriores hasta llegar al 17,9 en el 2019.  La línea inferior se refiere el porcentaje destinado a educación y cultura que comienza con un valor bajo de 4,3 % en 2003 para subir rápidamente durante los primeros años del kirchnerismo y mantenerse relativamente estable alrededor del 7 % durante su  mandato  para tomar una tendencia hacia la baja que alcanza apenas el 5,5 % en 2019. Otra vez vemos un cambio de tendencia entre dos variables que tendían a acercarse para producirse un quiebre que las vuelve a separar a partir de la asunción de Macri.

Creo que la conclusión es clara: las políticas implementadas  entren 2016 y 2019 no  solo profundizaron la desigualdad sino que apuntaron a perpetuarla.