Las actitudes de las sociedades son difíciles de prever. Alemania y Argentina eran respectivamente las sociedades más cultas de Europa y América Latina. Ambas fueron el escenario de atrocidades inenarrables durante el nazismo y la dictadura establishment- militar, con la complicidad y/o el silencio de la mayoría de sus habitantes.

Después de la brutal experiencia que padeció la Argentina de 1976 a 1983, la reacción antes las muertes por represiones políticas tuvieron efectos devastadores como los 39 muertos en las postrimerías del gobierno de Fernando de la Rúa, que terminaron por acelerar su caída. Luego llegarían los asesinatos de Maximiliano Kostecki y Darío Santillán que obligaron a Eduardo Duhalde a anticipar las elecciones presidenciales que se llevaron a cabo en abril del 2003. Las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel conmocionaron al gobierno de Mauricio Macri, así como el asesinato del maestro Carlos Fuentealba en Neuquén, en el 2007, terminó con la carrera política del gobernador Jorge Sobisch. Tragedias como la de Cromañón acabaron con la carrera y las aspiraciones de Anibal Ibarra; y la del Once coadyuvó a la derrota del oficialismo en las elecciones de medio término del 2013. El hundimiento del ARA San Juan sumó otro baldón al lamentable gobierno de Cambiemos y su costo político está invernando como el de Facundo Astudillo Castro para el gobierno de Alberto Fernández. 

Cuando la pandemia arribó a la Argentina los primeros días de marzo, desde la Presidencia de la Nación se afirmó correctamente que se privilegiaría la salud sobre la economía, porque de las crisis económicas se vuelve pero de la muerte es imposible. Una cuarentena real de alrededor de 35 días fue vital para no llegar a una catástrofe superlativa que al haberse evitado no es mensurable, queda en el campo de las hipótesis contrafácticas. Un país devastado por políticas neoliberales y cierto agotamiento de políticas populares estaba incapacitado para afrontar una pandemia. Y en cuatro meses se creó una infraestructura sanitaria con la suficiente cantidad de terapias intensivas y respiradores que evitó que el sistema colapsara y elevara el número de muertos en una cantidad significativa. Con la experiencia obtenida por el paso del tiempo, se puede considerar un error la extensión tanto el achatamiento de la curva como que la meseta de muertos permaneció alta en un tiempo que pareció eterno. Posiblemente hubiera sido necesario, una vez ganado el tiempo que se necesitaba para fortalecer el sistema intentar, no aplanar sino aplastar la curva. En ese sentido todo se volvió como un permanente contramano: con pocos infectados y muertos las autoridades gubernamentales y científicos estaban con alta exposición y cuando la situación se descontroló a pesar de que el sistema sanitario respondió en general eficazmente, las autoridades dejaron de exponer la situación y los expertos se diluyeron mediáticamente.

Cuando la Argentina se presentaba como un ejemplo en la lucha contra el COVID19, el gobierno cometió la imprudencia de no apreciar que era una maratón de 42 kilómetros y se envaneció con los auspiciosos primeros 15 kilómetros recorridos sin prever que cualquiera hubiera sido el resultado final el mismo daría negativo. Al llegar a los 30 kilómetros, los muertos empezaron a colocarnos entre los seis países con mayor tasa por millón de habitantes. Como en otros rubros, el presidente exageró los resultados positivos e hizo comparaciones que luego se convertirían en dolorosos goles en contra.

Esta sociedad en la que se podía intuir que no soportaría pasivamente 10.000 muertos por la pandemia ha llegado a superar los 40.000 en medio de una resignación, casi una indiferencia que resulta muy significativa. Otra vez se comprueba que pocas muertes son una tragedia que conmueven a las sociedades en determinadas circunstancias y 40.000 es una estadística anestesiante.  Volvamos a escribir: 40.000 y la estadística mortuoria sigue avanzando. Eso equivale que en 10 meses la pandemia produjo más muertos, un 33% superior a los muertos emblemáticos que la dictadura más criminal perpetró en 7 años.  Equivale a que en 10 meses se cayeron 100 aviones de 400 pasajeros cada uno. Diez aviones por mes. Más de seis veces los muertos por accidentes de tránsito en 10 meses, siendo nuestro país uno de los que más padecen esta clase de decesos. 350 veces más que los muertos de los atentados de AMIA y DAIA. 800 veces más que los muertos del Ferrocarril Sarmiento en la estación de Once. 420 veces más que los jóvenes que murieron en Cromañón.

Es difícil saber cómo van a reaccionar los pueblos. Todo indicaba que resultaba dificultoso políticamente para cualquier gobierno manejarse al alcanzar los 10.000 muertos. Superamos los 40.000 y la estadística mortuoria sigue engordando. Entre ellos muchos integrantes del sistema sanitario, cuya tarea fue y sigue siendo excepcional. Los sobrevivientes no han recibido ingratamente la compensación monetaria que largamente merecen.

La oposición, que ha hecho del “me opongo” su bandera más combativa, sin ofrecer alternativas sensatas y levantando consignas que transitan el absurdo: “Todos somos Vicentín”; “Todos somos Nisman”; “Basta de infectaduras” a un paso de “Todos somos pandemia”  

 Estamos ahora en una carrera desenfrenada y con resultado incierto entre las vacunas, la vacunación y la segunda ola de la pandemia, cuando nosotros todavía no concluimos la primera ola. Hay en la población crecientes manifestaciones de despreocupación, de una bajada de guardia que no augura horizontes promisorios. Y un presidente que se compromete con fechas de vacunación que no dependen de él sino de que los laboratorios cumplan con el abastecimiento.

Sobre una destrucción económica que de cualquier forma era inevitable y que arroja cifras que nos ubican claramente sobre barriles de dinamita en materia social, hay algunos atisbos tenues de mejora de la actividad económica.            

Si evitamos padecer la segunda ola de la pandemia, que por el momento parece improbable, el año 2021 será significativamente mejor, el que deberá acompañarse con medidas de reactivación. Pero si padecemos lo que hoy viven muchos países, con frío o calor, la incertidumbre con rasgos negros habita el futuro. 

El número cuarenta mil hoy, encierra dos interpretaciones posibles: es un drama y a su vez implica los límites difusos que evitaron una tragedia muy superior.