Mágicamente la Educación formal hoy tiene un único problema: si se debe volver a clases o no. Especialistas, padres, periodistas, funcionarios debaten horas y horas generando una grieta más, de las tantas a las que estamos acostumbrados.

La buena noticia es que hay tela para cortar: estudios realmente serios que comparan lo sucedido en Suecia con escuelas abiertas y lo sucedido en Finlandia con escuelas cerradas, investigaciones sobre la depresión de los estudiantes en cuarentena, e incluso escritos de sanitaristas sobre riesgos y no riesgos de contagio en las aulas avalan unas y otras posturas. Todos datos válidos e interesantes, que se podrían utilizar menos para justificar posiciones previamente asumidas y más, para buscar consensos que nos permitan como sociedad, avanzar hacia una educación justa, democrática y de calidad.

La mala noticia es que centrar todos nuestros esfuerzos y concentrarnos únicamente en volver a clases o no, en el mejor de los casos, nos dejaría sin dar respuesta a las críticas que hacíamos al sistema educativo pre-pandemia: una educación desigual con problemas serios de aprendizaje de las disciplinas básicas para todos los y las estudiantes.

Con ánimo de realizar algunos aportes, no sé si para acercar las partes, (aunque me encantaría) pero sí para ver si podemos convertir esta crisis en una oportunidad, vayan algunas observaciones que resultan condición necesaria para mejores aprendizajes hoy y en el futuro.

El primero es que, como lo dicen los recientes estudios de PISA, Argentina tiene muy pocos dispositivos y conectividad por estudiante. Esto tiene un impacto negativo, aun cuando volvamos a clase, ya el modelo de escuela va a ser híbrido hasta tanto se termine la pandemia. La asistencia a clase, en estas circunstancias, será menor a la de los tiempos anteriores (que ya eran escasos).

De este modo, esta vuelta a clases presenciales no será suficiente para cubrir el tiempo de aprendizaje necesario en el siglo XXI. Por ello, políticas de entrega de computadoras, en modelo uno a uno, conectadas a una intranet de la escuela o a internet (de ser posible) seguirá siendo una prioridad que tenemos que considerar con seriedad y premura. Estas computadoras deberían acompañar el aprendizaje en el hogar con contenidos específicos y colaboración de docentes en modo virtual.

Una segunda política de acompañamiento pedagógico, también en modelo uno a uno, debe ser el libro impreso. No me extenderé aquí sobre el tema. Apenas diré que, así como nadie aprende a jugar al fútbol sin pelota, nadie aprende a leer sin libros.

Sin duda, transformaciones en la organización de la escuela secundaria se suman a las políticas a futuro que precisamos debatir. ¿Sirve hoy una escuela con tantas materias fragmentadas, y con profesores corriendo de una escuela a otra sin tiempo para planificar? ¿No es preciso extender el tiempo escolar, que consideremos menos enciclopedismo y más que los estudiantes aprendan a aprender y que se alfabeticen digitalmente, entre otros contenidos?

Dialogar sobre estas políticas es clave para una mejor educación con pandemia y sin pandemia. Al mismo tiempo, de no abocarnos a pensarlas volveremos en educación a la crisis pre-pandemia. Si bien podríamos seguir en la enumeración de políticas que son condición necesaria para la mejora, quisiera detenerme en un último tema: la necesidad de generar acuerdos sociales que permitan políticas de largo plazo en educación. Como ciudadanos, de cualquier partido político o de ninguno, breguemos para que el presupuesto del área no baje nunca más del 6% del PBI.

Levantemos la voz para que se cumplan los objetivos plasmados en la Ley Nacional. No convirtamos al sistema educativo en un River-Boca. La educación presenta desafíos que nos requieren a todos en el mismo equipo: el que construye políticas educativas para garantizar las mismas oportunidades, el que nos permite un aprendizaje de calidad a todas y todos quienes habitamos en nuestra querida argentina.