"Tacos altos" (Anagrama, 2016) queda fácilmente encuadrada en lo que se conoce como Bildungsroman, el término alemán para designar a una novela de formación;  iniciática en el pasaje hacia la adultez. Afortunadamente ante lo esperable, Federico Jeanmarie rompe ese tránsito falsamente direccional y crea un lenguaje propio para narrar la historia de Sonia Lin (nombre con el que es llamada cuando vive en Argentina) o Lin Su Nuam (el utilizado cuando está en China).

Esa duplicidad de horizontes geográficos genera una trama de viaje no sólo geográfico sino también emocional. Sonia Lin es la hija de Lin Jang Xian- un personaje para el que el autor toma un hecho policial ocurrido en Glew en 2013 cuando un ciudadano chino llamado Lin Zhang Xian murió quemado en un saqueo- y debe manejar el choque entre la culpa y el razonamiento en esa trágica jornada en la que su padre falleció, al quedar atrapado en las llamas del negocio familiar, después de enfrentarse a los tiros con vecinos que quisieron robarle.

Sonia Lin no sólo está necesitando reconciliarse con sus recuerdos y su progenitor (más entendido como origen que como una relación íntima) como cuando lo busca desesperadamente en algo tan pequeño como una copa de vino: "Necesito saber del placer que siente mi padre"; sino que la necesidad y la redención serán compartidas con las de su abuelo Lin An Bo, que la llevará a enfrentarse a un pasado que es presente y futuro.  Ese viaje establece una segunda parte en la novela en la que hay un ida y vuelta entre Glew, Sozhou, la Ciudad de Buenos Aires, Glew y otra vez China.

En ese juego de tiempos verbales es que Jeanmaire asienta un lenguaje "artificial", para su narración,  a través de la voz de la joven que está necesitada de relatar lo que le ocurre como una forma de exteriorizar y hacer catarsis al interrogarse sobre su identidad.  Incluso cuando vuelve a Buenos Aires, como traductora de unos importantes empresarios, deberá enfrentarse también a poner correctamente en palabras lo que la rodea desde la nueva altura de unos tacos altos.

Se trata de una voz narrativa depurada, y casi siempre lograda,  con la intencionalidad concreta de romper con las linealidades de los pasajes del crecimiento en la vida. Jeanmaire se arriesga y acierta al contar una historia donde la simpleza no requiere traducción en la lectura. 

 

—¿En qué momento conectaste tu viaje a China con el asesinato de Lin Zhang Xian (Glew,  2013) y tu contacto con asiáticos en tu trabajo en la Biblioteca para empezar a armar la trama de “Tacos altos”?

—Es muy difícil reconocer el momento exacto en que una novela comienza a gestarse. Las cosas se van juntando. Primero fue mi encuentro con un montón de chicos y chicas coreanas en las trasnoches de la biblioteca, allá por los noventa, luego la sonrisa de una pareja china que abrió un kiosco cerca de mi departamento y mis lecturas sobre su cultura, claro. A la vuelta del viaje con mi hijo a China, en 2010, sabía que en algún momento iba a escribir una novela china. El asesinato de Glew fue la gota que le faltaba al vaso para llenarse.

 

—Lin Su Nuam parece pensada desde las carencias. Me refiero a la falta de afecto- cada vez que recibe una muestra del mismo queda muy marcado como algo no habitual-  falta de identificación con una nacionalidad y sus costumbres, falta del dominio completo de un lenguaje... ¿sentís que es así?

—Pienso que la adolescencia y la vejez son los momentos de las grandes carencias humanas. Y también de las grandes verdades. Uno no tiene nada que perder y la relación con el mundo se hace más profunda y verdadera que a otras edades. En la adolescencia, además, el asunto de la identidad es fundamental y la lengua es, a mi modo de entender, el lugar en donde se manifiesta con mayor claridad el problema de la identidad, el gran problema del siglo XXI, el problema que definirá, me parece, el futuro de la humanidad.

 

—Elegiste darle una voz particular a la narradora, su propio universo lingüístico que por momentos transforma la trama en una especie de diario íntimo en este cruce de observaciones al anotar todo en su cuaderno; un lugar de catarsis ¿cómo fue trabajar esa forma tan específica de expresarse?

—Trabajar una lengua artificial, una lengua que sólo reconoce el presente, fue por un lado una cuestión difícil y riesgosa, pero, por otro lado, resultó apasionante y en algún sentido muy divertido. Me costó. En cada nueva corrección encontraba errores que tenía que salvar, que no había visto en la anterior. Sin embargo, disfruté enormemente del trabajo: se me ocurre que las lenguas, de manera conservadora, defenderán su identidad con uñas y dientes, pero, si la humanidad camina hacia la integración de los pueblos y de las culturas y no se desbarranca en guerras más o menos nacionalistas o más o menos religiosas, serán, en el futuro, el sitio en donde buscar esa genealogía de la integración.

 

—Lin/Sonia observa y llama a la adultez como un encierro- por ejemplo cuando presencia la discusión entre sus padres antes de los saqueos- y si bien hay una idea de pasaje en la novela ¿no es acaso adulta en el encierro que posee con su memoria emotiva?

—Quizás. Sospecho que la adultez es uno de los grandes problemas de la adolescencia. De qué se trata, en qué consiste, cómo llega cada uno a dar ese paso personal. Y las respuestas a esas preguntas no siempre son adolescentes, a veces pueden ser muy adultas. Así de conflictiva se me ocurre la adolescencia.

 

—La búsqueda de identidad que construís no sólo se asienta en una nacionalidad, dichos, o costumbres sino que también planteás una cuestión de género de la que Lin Su Nuam sí se hace cargo y respeta- no siempre de manera inocente sino consciente de sacar provecho- ¿Por qué decidiste enfatizar ese supuesto/impuesto rol de la mujer en la cultura china?

—El tema de la mujer es central en la cultura china. Su ubicación es tremendamente desigual respecto del varón. A niveles extremos. Sin embargo, la historia demuestra, a través de algunos casos, la fortaleza de su carácter y la practicidad de sus decisiones. Me importa en tema de la mujer en el mundo. Desde siempre. Creo que es otro de los grandes asuntos del siglo que pasó y del siglo que acaba de comenzar. Meterse con su lugar dentro de una sociedad tan machista y tan jerárquica como la china, era un riesgo que no podía dejar de tomar.

 

—En la segunda parte de la historia el eje de la venganza adquiere mayor presencia pero no deja de estar velado por la idea de lo iniciático y la identidad ¿cómo fue trabajar la venganza desde un lugar secundario pero ineludible?

— La venganza creo que exhibe nuestra animalidad. Esa animalidad que llevamos escondida o tapada, pero que está. Y me gustó trabajarla a partir de lo que no manejamos racionalmente, desde el lugar animal. No me parece que sea algo que podamos decidir fácilmente desde la frialdad, es algo que se da o no se da y que, sobre todo, puede generarse en un hecho mínimo respecto al evento del que nos estamos vengando. Quiero decir que, finalmente, la venganza tiene más que ver con alguna insignificancia, siempre posterior, no con el hecho doloroso que nos puede haber llevado a pensar en una venganza. No sé. Es un tema difícil. Un tema que, por su complejidad, y no para resolverlo sino para plantearlo, merece al menos una novela.

 

—Te considerás un “militante de El Quijote” ¿Por qué? ¿en qué consiste esa militancia?

—Amo el Quijote. Me parece el gran libro de la modernidad, el que cuenta mejor el pasaje del hombre medieval al hombre moderno. Una gran novela, además. Y milito desde el día en que descubrí que no es tan leído como debería serlo. Me gusta contagiar las ganas de leerlo. Me parece importante hacerlo. Por eso, cada tanto, hago talleres de lectura y acepto siempre, cada vez que me lo proponen, hablar acerca de él en el ámbito que sea.

  

—¿A quiénes leés de tus contemporáneos?

Leo todo lo que puedo. Contemporáneos o no. Muchas veces a uno le parecen contemporáneos escritores que han muerto hace demasiado tiempo. Pero en cuanto a la literatura argentina de hoy, creo que hay un montón de buenos escritores, que es un gran momento, con un abanico de estéticas muy diversas, algunas, incluso, hasta enfrentadas entre sí. Una literatura muy sólida, con mucho cuerpo.

—Pero ¿quiénes son esos buenos escritores?

—Como Laura Alcoba, Luis Gusmán, Carlos Busqued, Mariana Enríquez, Angélica Gorodischer, Martín Kohan, Martín Caparrós, Ana Kazumi, Jorge Consiglio

 

—¿Estás trabajando ya en otro proyecto?

—Acabo de terminar una novela que transcurre en un country en el que todos sus habitantes son enanos. Saldrá el año que viene y su título tentativo, hasta ahora, es “Amores enanos”. Y he comenzado a pensar la próxima, pero todavía no he puesto manos a la obra.

 

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Tacos altos, de Federico Jeanmaire

Novela

Anagrama, 2016

170 p.