Orlando Barone // Sábado 11 de agosto de 2012 | 18:02| Tweet | Resaltar resumen Hacer un comentario Enviar a un compañero/a Imprimir nota Agrandar Texto Reducir Texto |
Para empezar –y no crear expectativas inocentes- diré que no hay periodistas corruptos. No los hay porque no puede haber corrupción en un todo corrupto; así como no hay asfixia donde no hay aparato respiratorio ni hay derrame cerebral donde falta el cerebro. Lo del “todo” corrupto es una licencia retórica que nos incluye con más o menos cinismo e hipocresía. Para no herir tanta soberbia susceptible, también podría decirse “casi todo corrupto” en vez del todo. Porque la corrupción está en la misma idea del oficio: la de producir un relato por el cual se paga al relator, que recibe el pago del propietario del relato y este a su vez, para subsistir y enriquecerse, depende de sus ingresos publicitarios y de sus negocios adscriptos a su poder de influencia, así como de su capacidad de pactar con otras influencias tan poderosas como la que ejercen los medios. ¿De ese encadenamiento cómo llega a creer el periodista y el que recibe su mensaje, que no hay intereses ni intenciones? Pero ¿ Sería posible un periodismo espontáneo, amateur? ¿Un periodismo sin propietario editorial, y sin periodistas afamados con ganancias millonarias, que no les pagan los que no podrían pagarlas sino aquellos a los que les sobran beneficios y que consideran que ese periodismo caro le es afín y conveniente?
Por eso los Marcelo Bonelli de este oficio forman parte de su naturaleza. Lo de este es con más descaro e insolencia. Lo extraño es que el reverbero mediático lo acredite como una excepción; prueba de que el periodismo se niega a asumir su naturaleza. El estilo “Bonellista” se destaca, entre tantos otros, porque es el más exitoso. Pero cientos de mínimos “bonellistas” cunden por ahí con total inocencia, con menos rango económico y menos propagación del mensaje. Cuando el periodismo se ejerce contrariando aquel estilo, se nota: porque es más modesto, sus oficiantes reciben una paga idem, se les percibe cierta libertad que hasta se permite disentir con sus contratantes. Están ausentes de las listas de favorecidos por invitaciones ya que los invitadores no malgastan su dinero en quienes no son sus aliados. Hace falta la temeridad de la vida para aspirar a ser émulo de Rodolfo Walsh, pero en cambio se conquistan muchos bienes aspirando a ser un Marcelo Bonelli. Por eso son muchos menos los que aspiran a ser Walsh. En descargo de los “Bonellistas” hay que decir que algunos no se dan cuenta que no vuelan por más que crean aletear libremente. Las avecillas de corral no son conscientes del corral cuando pían alegremente al recibir alimento del dueño del corral. Los periodistas no somos avecillas, pero somos como niños que en su imaginación crean un mundo que creen es cierto. Cuanto más se lo creen más niños son. Y más riesgo corren.
Las profesiones más notables suelen ser críticas de si mismas: en la política sería idiota que un líder se pavoneara de hacer lo que crea justo sin reconocer que lo exceden poderes más poderosos y debilidades humanas; y sin advertir los puntos vulnerables y sinuosos de su función. También sería poco científico un hombre de ciencia que se arrogara su soberanía ética por sobre los intereses omnímodos de los laboratorios o que fantaseara la pureza de la ciencia entre las impurezas del mundo.
No hay que esperar a ponerle el cascabel al gato. Porque no hay gato ni cascabel ni mano dispuesta a ponérselo. El periodismo de mayor influencia, como ha crecido y se ha instalado, no defiende a la democracia, la domina. Y desde ese periodismo los periodistas presumen defenderla. Suficiente justificación para no sentir ominoso recibir un pago extra ( en su reemplazo una caricia turística o gastronómica) para esa misión. Quienes mejor saben quiénes somos los periodistas no son las sociedades ni el público: son los pagadores. Los dueños de corral. Cada vez que pagan consideran el valor de nuestros servicios. Y si ellos- los dueños- nos defienden desde todas sus academias y organizaciones empresarias será porque los periodistas no les fallan nunca. Aunque para sus adentros nos desprecien.
Por eso, si aceptamos ser periodistas ( porque somos como niños) al menos aceptemos no mentirnos a nosotros. A solas digámonos la verdad. Y mastiquemos esa sinceridad individual para soñar una utopía, un cambio colectivo.
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