Por Orlando Barone
Orlando Barone // Viernes 29 de junio de 2012 | 12:27| Tweet | Resaltar resumen Hacer un comentario Enviar a un compañero/a Imprimir nota Agrandar Texto Reducir Texto |
Tito Cossa , el dramaturgo, cultiva como pocos la sátira y la ironía. También la observación implacable y burlona. En la contratapa de Página 12 escribió esto: “ Argentina. Un país con buena gente”. Es una consigna del gobierno nacional irreprochable. ¿Qué otra cosa puede decir un gobierno? También Hitler podría haberla acuñado en la década del `30. No deja de ser una expresión indefinida. Todos sabemos que en la Argentina hay buena gente, pero también hay muchos hijos de puta…”
Supóngase, con bastante filantropía hacia nosotros mismos, que no nos incluyamos en esa parte de la lista. Pero la observación de Cossa nos incita a tratar de verificarla. Porque lo de “Buena gente”, así al voleo y al montón, como dicta la consigna, es al menos demagógico. Y sugiere destinatarios indiscriminados, dirección gaseosa, expectativa ilusa y obviamente inexacta.
En su crónica Cossa hace esta conclusión: “…las buenas personas, las verdaderas buenas personas, son aquellas que no pueden vivir bien mientras otros viven mal. Y son una minoría”. En estos días estamos verificando dosis de egoísmo salarial, de angurria de clase y de deliberada amnesia política. Muchos de tantos mensajeros mediáticos que coinciden en reclamar como un exceso el impuesto a los altos ingresos, son beneficiados con altos, altísimos ingresos. E igual que aquellos jueces que deben abstenerse de actuar en causas que los involucre con intereses, esos mensajeros mediáticos deberían imitarlos y no opinar desde sus recibos o contratos untuosamente contaminados. Cossa nos inquieta con lo de “Buena gente”.
Justamente suele ser la muerte de alguien la que hace que un funeral se convierta en el derroche de las bondades del muerto. Asumimos como costumbre que cualquier fallecido justifica ese tipo de exageraciones. Con los vivos no tenemos tanto escrúpulo piadoso.
Pero cabe preguntarse, si cuando leemos un diario, escuchamos la radio y miramos televisión es creíble la consigna de “Argentina: un país con buena gente”que tanto parece hermanarnos. La patria mediática lo desmiente. Los mensajes que se descargan en la red o en las emisoras le darían la razón a Cossa. Se plantea esta incógnita: ¿Por qué tanta buena gente luce en sus comentarios tan mala? Para no hablar de esos augures financieros y económicos que se la pasan profetizándonos la inminente catástrofe. Despertar cada día informado con denuedo implica un acto de sumisión al suplicio. Basta salir de la cama y del sueño para entrar gratuitamente en una pesadilla artificial que quienes la generan cobran con salarios que superan largamente el mínimo no imponible. Es evidente que ganar tan bien no los pone contentos y entonces descargan su descontento sobre los receptores. Cada escena de la televisión, en cada rubro expone riñas, insultos, agresiones e injurias desde la banales a las profundas. Entre la farándula las injurias son una moda. Pero ninguna moda nace sin causa.
Lanzo este otro interrogante ¿Cómo logra un tipo/a de clase media o de barrio, que estudió en un colegio o en una facultad, convertirse en un psicópata, un charlatán, un antipueblo, a través de ejercer el periodismo? ¿Lo era antes o se vuelve con el correr del oficio y del tiempo? Es un misterio. El tipo es un profesional exitoso que se dedica con devoción a expresar esa pasión excavatoria, conspirativa, infundada y mendaz etc. Y el público que lo sigue paga por ello directa o indirectamente.
Si se sumara cínicamente a los barras bravas, a los asesinos, a los violadores, a los explotadores, a los destituyentes, a los tratantes de personas, a los estafadores, a los corruptos, a los apátridas, a los xenófobos, a los que rezan a sabiendas de que no rezan; y a los genocidas y a sus cómplices; serían una pila inmensa.
Habría que ver- sin contarlos a ellos- cuánta cantidad de buena gente queda. Tómese esto como una gracia desagraciada. Y pensemos, si no convendría empezar a parar tanta diatriba y mala leche, serenando los desenfrenos en la red, en el twitter o en la cola del colectivo. Y a dejar de celebrarlos como tontos que celebramos que nos jodan. Lo que Cossa no dice pero dice, es que la ideología ayuda a ser una buena o una mala persona. Depende de cuál. ¿Me importa o no que otro viva mal mientras yo vivo bien? ¿Me alegra o me indigna que aquel que antes no tenía nada, ahora tenga y más que yo? Esto requiere una conciencia sincera y no hipócrita.
A pesar de todo tengamos esperanza. No de que solamente la Argentina, sino el mundo, sea un lugar de “buena gente”.
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