“Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía

serán aptos para el combate decisivo,

el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.”

Ernesto Sabato

 

Bajar o no la edad de imputabilidad, ¿esa es la cuestión? Nuevamente el debate recae en un número, como si de economía se tratara, y la numeración lo único que consigue es ocultar la subjetividad. Numeraban a los prisioneros en los campos de exterminio. Son un número para estadísticas los delitos. Con el tiempo los muertos, sean por accidentes, por homicidios o desnutrición, no son más que números. Y así se va cosificando al ser humano, quitándole nombre, derechos y dignidades, para no ser más que un número entre otros. Es verdad que la Ley debe ubicar coordenadas, pero dudo de que esto supla el punto de reflexión por el que debemos hacer pasar el debate sobre la problemática de la inseguridad y, dentro de ella, a los jóvenes implicados. Según la legislación vigente, los adolescentes de 16 años en adelante son plenamente responsables de los delitos cometidos. Antes de esa edad, suele aparecer una figura que ha hecho estragos a los largo de la historia de la humanidad, la tutela. La tutela es una construcción, un aparato de poder y por lo tanto de control social, donde se intenta “proteger” al que antes se desprotegió, “cuidar” al que se descuidó. Algo así como si dijéramos que nos enferman para luego vendernos medicamentos. Y en nombre de esos desprotegidos, luego tutelados, se arma un gran negocio político, jurídico y religioso. Y así muchos profesionales y trabajadores viven de los pobres y de los presos, o de los pobres presos.

   En mi novela “Letra en la sombra” (Sudamericana, 2008) convertí en ficción la verdad de un muchacho al que atendí mientras fui psicólogo en el Instituto Manuel Rocca, (Instituto, o reformatorio, son los nombres bajo los cuales se esconde el verdadero significado que es el de “Cárcel”) Mariano Enrique, el personaje de la novela, es un adolescente pobre y ladrón de libros que termina encerrado en la cárcel de menores, para ser “protegido”, junto a delincuentes que, entre delitos varios, ya cargaban con algunas muertes en sus prontuarios. La Biblia junto al calefón, diría el poeta. Cárceles, como todas, donde conviven adolescentes identificados al ser delincuente, por historia personal, social y familiar, junto a otros apenas rateros o vagabundos. Una vez que Mariano está libre y el psicólogo lo reencuentra en la calle, trata de salvarlo, para que no vuelva a caer preso, o muerto, orientándolo, mostrándole que el sistema de turno ha creado algo así como el asunto, un programa de exterminio de la juventud. Y así avanza la ficción. ¿Parece exagerado el argumento de la novela? No lo creo. ¿No son jóvenes, en el mundo entero, los primeros alistados para las guerras, los desaparecidos en tiempos de dictaduras, los consumidores de drogas y los utilizados para robos y prostitución? Y son los adultos los que tejen esas telarañas donde quedan atrapados los jóvenes. Entonces quitemos la mirada de la edad punible y avancemos por caminos más serios. No es encerrando que lograremos alguna solución real, al menos no para esos jóvenes. Con estos debates, y solamente  bajando la edad de punibilidad, logaremos tener más cárceles y más personal adiestrado para cuidar a esos encerrados. 

    En nombre de la protección de los menores se cometen otras faltas y delitos: la privación ilegítima de la libertar bajo pretexto de tutelar, el absurdo intento de rehabilitar a quien previamente no fue habilitado socialmente, el encierro como protección que termina generando lo inverso: un aprendizaje del delito en el hacinamiento, y el abandono detrás de las rejas.

    Privar de la libertad debería ser el último recurso, por el riesgo para sí o para terceros, mismo criterio que se tiene cuando se trata de un paciente psiquiátrico. Pero lamentablemente termina siendo uno de los primeros recursos, el más sencillo, donde el hilo se corta por lo más delgado. El juez debería, lo más rápido posible -y aquí radica otra de las grandes fallas del sistema, la imposibilidad de respuestas judiciales ante tantos casos judicializados-, comprobar si el adolescente es responsable del delito por el cual se lo detiene, con las mismas garantías con las que se juzga a un adulto. “Protegiendo” así a los niños y adolescente, se los termina cosificando. Si es responsable del acto delictivo, lo determinante no debe pasar por la edad, como se viene discutiendo, sino por el tratamiento que se brinde a las víctimas. Y las víctimas están de un lado y del otro. Naturalmente no es lo mismo el que dispara que el que recibe la bala, pero ambos son notas de una melodía que distorsiona hace miles de años, nada nuevo hay bajo el sol. Los chicos no nacen chorros. Y nadie quiere ser asaltado ni tener un familiar asesinado por un ladrón. Hay que tratar con la Ley, pero también hay que educar y ver qué hay detrás de un chico de 14 años que sale a robar cuando debería estar jugando, estudiando. Todo proceso penal debe ser con garantías y no con el implemento de una tutela caprichosa o una condena que alivie a la sociedad, como maquillaje en un rostro feo.

   Una vez más, tristemente, asistimos a un debate social y jurídico absurdo, infantil, poniendo la mira en la edad de los adolescentes y no en sus problemáticas o sus actos, delictivos o no, que suelen ser denuncia de otra realidad: la de los adultos fuera de foco, abstraídos en sus propias vidas, más adolescentes que sus propios hijos, ausentes, inconsistentes. Siempre detrás del acto delictivo hubo otras señales S.O.S. que no fueron escuchadas ni atendidas. Los actos delictivos que cometen los adolescentes no se realizan de la noche a la mañana, son la construcción efecto de una mala educación, son recursos válidos para determinados sujetos que así fueron y son adiestrados. Y entonces en esa línea de pensamiento se los juzga, se los criminaliza y se arma un debate para distraer, para hacer que se hace, para ubicar un enemigo. Y si el enemigo es la juventud, nos espera un futuro ciertamente más oscuro que el presente.

 

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