Cristina Kichner compartió en Twitter algunos pasajes de la columna titulada "Las ideas no se matan" publicada en el blog "Será justicia", y la subió completa a su muro de Facebook. Leela aquí y también la nota completa de Horacio González publicada ayer en Página 12 a la responde el primer artículo. 

"LAS IDEAS NO SE MATAN"
Quiero responder con esta columna al estimado sociólogo Horacio Gonzalez: si lo vimos. El "macaneo" del macrismo se vio venir antes de los timbres: con los globos. Con esos globos vacíos. Con esas falsas promesas. Con ese color amarillo copiado del liberalismo conservador alemán (FDP), partido precipitado en crisis. Con ese color amarillo de pro(segur), empresa que vende seguridad privada, ante la crisis de todo lo que provenga de la esfera "pública", de la res publica. Porque ni los colores son casuales: el amarillo (amarillismo) de las radios que promueven en los taxis el sensacionalismo-amarillismo (estigmatización/linchamiento) constante. El no dialogo político.


"Seguramente pasarán muchos menos para que una verdadera movilización de las fuerzas culturales, humanísticas, críticas, analíticas, científicas y tecnológicas del país, reaccione con argumentos novedosos y congregantes ante estos macaneos vergonzosos, al gusto de una nueva clase de lúmpenes-empresarios. Hay que decirles que están secas las pilas de esos timbres que van a apretar", afirma Gonzalez.


El falso "bus“ donde Macri simula estar con "pasajeros" de verdad, es un resumen de su política comunicacional: demagogia y simulación. Vender mentiras. Puestas en escena. Globos de colores. Mise en Scene: lo único que podemos hacer desde la cultura para contrarrestar esto, estimado Horacio, es apelar a lo único que sabemos hacer: frente al marketing y el vaciamiento de las ideas y los debates (el vaciamiento de la palabra, de la noción de deber civil, frente a la banalización constante del compromiso político, frente a la banalización de la militancia), responder con la cultura, la palabra, la poesía: la política. Volver a situar el discurso político como discurso develador de verdades incómodas y criticas con el verdadero poder, aquel que como dijo Saramago, es invisible, no se muestra, y no va a elecciones. Nadie lo elige y no se hace ver: y no le gusta que lo nombren. Que lo señalen con el dedo. Y eso fue lo que se hizo durante una década: mostrar lo que no podia ser mostrado (el verdadero poder detrás del poder formal), juzgar lo que no podia ser juzgado, decir lo que estaba prohibido mencionar. Volver más democrática la cultura y la sociedad, visibilizando poderes que condicionan nuestra vida, pero no se hacen ver, no se dejan ver, no van a elecciones. Mostrando al pais la verdad. Hacerlo tiene un costo. Nada es gratis. Nada es fácil. La gran victoria de la oposición mediática fue precisamente esa: no haber enhebrado un discurso consistente propio (que no tienen), sino haberle quitado valor, espesura, "peso ético" y moral a nuestra palabra. Nos han robado la palabra. Y lo han hecho de un modo muy sencillo, ya estudiado por Ibsen y las neurociencias: la estigmatización. Con la estigmatización lograron proscribir e imponer el silencio, renunciando a todo debate politico. (Hay honrosas excepciones en todos los medios, gente digna que aun intenta debatir, dialogar, decir verdades incómodas).


Reemplazando la palabra politica (que ponia y puso esos poderes en cuestión, los nombra, los desvela en los dos sentidos de la palabra, en una ambigüedad sugestiva) por el marketing y el "managment", por el "coaching" de ocasión de gurues extranjeros. Gonzalez olvida una pata importante de la propaganda pro-amarilla-globos vacios: la estigmatización a priori del que piensa diferente. Una vez estigmatizando todo lo "K", el terreno arrasado queda listo para una verdadera puesta en escena, donde se desdibuja –desdibujada la palabra política- la linea tajante entre mentira y verdad. En el marketing nada es mentira y nada es verdad. En la política si. En el marketing la palabra no cuenta. No sirve. Se puede contratar actores para que simulen ser pobres pasajeros al costado de un camino en un bus rodeado de guardaespaldas. Esa escenificación es lo que se "ve". Lo que tenemos que hacer, Horacio, como en el caso del Bus, es mostrar el "detrás de escena", donde se esconde lo "falso" (y a su vez verdadero: el verdadero poder, que usa, incluso al presidente, junto a los otros "actores", como genuinos "títeres").


Mostrar donde están y quién mueve los hilos, incluyendo los hilos detrás del presidente, que es otro actor. Son todos actores. Por eso Duran Barba dice con razón que el "no trabaja para el gobierno ni el Pro". Está por encima. La tarea es descubrir quien es el títere y quien lo mueve. Y para qué. De qué se trata el espectáculo que vemos. A donde apunta. Donde termina. A donde nos conduce. El presidente, en ese bus falso, no es el presidente: es un actor más. Son todos actores: pasajeros falsos y ministros "falsos". Incapaces de decir la verdad. Lo único que nos queda es empezar un nuevo camino político y cultural, donde la palabra (la palabra prohibida, la palabra política, que señala a esos verdaderos poderes, que manejan los hilos) vuelva a contar. Vuelva a nombrar. Vuelva a mostrar. Donde la verdad vuelva a tener un sentido critico. Donde la mentira y la verdad no sean simples puestas en escenas, meros "relatos".
Durán Barba simplemente Horacio, vio una oportunidad y la aprovechó. Vio que los medios no generaban debate, no generan conciencia: vio que podian ser funcionales a un candidato vacío, light, anti politico. Sin programa. Sin discurso. Donde todo es show. Donde todo es como el bus detenido: algo falso. Una puesta en escena. Un engaño a la sociedad. Una falsa promesa de “cambio” en lo que no se puede cambiar. Para luego hablar de que los pobres son “estructurales”, son “estructura”, y de que todos los planes para sacarlos del pozo y el olvido tienen un enorme “costo” fiscal, que no analizan a la hora de sobreendeudar al país en los centros financieros, que solo especulan, nunca producen nada. Fugan ganancias. Juegan con el hambre.
Los medios tienen la capacidad de revertir esto, de advertirle esto a sus lectores. No lo han hecho. Ni antes ni ahora. Ni en dictadura ni en democracia se han atrevido a cruzar esa linea, a dar ese paso, que supone dejar la banalización, dejar el espectáculo, decir las cosas. (porque hacerlo supondría quedarse sin “lectores”, ese es el “precio a pagar”, dijo Rousseau: quedarse solo).


Pero ser íntegro, tener unos principios. Ettiene de la Boetie ya lo vio en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Llamar a las cosas por su nombre. De eso se trata la política. El pan y circo no quiere que las cosas lleven un nombre. Prefiere que ciertos mecanismos queden invisibles y que la política sea “distracción”, show, mirar para otro lado. No donde hay que mirar, poner los ojos. No ver. Como con el obelisco de pan dulce, 1979: 30 mil muestras de pan. Eso comieron los paseantes. Eso era el “arte”. Hoy volvemos a re-discutir el número. Pero no lo que pasó. Lo tienen que hacer (nombrar) la cultura y la política. La palabra. La reacción es empezar por asumir el discurso prohibido. No desligarse de él, siendo funcional a la apatía política y la escenificación. Mostrar que lo verosímil (el diálogo de un presidente con pasajeros de un bus detenido en Pilar) puede ser falso. Un engaño deliberado y estudiado minuciosamente: organizar y estudiar la capacidad de mentir. Eso es el marketing. Eso no es la política.

NOTA COMPLETA DE HORACIO GONZÁLEZ PUBLICADA EN PÁGINA 12

"POR FIN LLEGÓ EL CONDUCTISMO"

El concepto de conducta tiene tantas interpretaciones como la raíz de la que proviene: conducir, conducirse. El macrismo ha puesto en circulación otros significados, que lo sacan de su cómoda ambigüedad para convertirlo en una nueva teoría de la administración biopolítica de las personas. Frente a la actual crisis educativa, que es una crisis pedagógica y humanística antes que tecnológica y de impericia para adentrarse en el mundo de los textos, el macrismo está alentando -a través de figuras de última hora como el neurólogo en ascenso Facundo Manes-, un engendro educativo basado en las neurociencias. Es dudoso que esta perspectiva tan errónea como injusta con la tradición pedagógica nacional consiga otra cosa que la biologización de las instancias sociales del aprendizaje. Nada podemos esperar de esta embestida que acaba con la autonomía del “logos” educacional argentino, maltrecho pero perseverante.

Sin embargo, descubre un aspecto ya esbozado en el macrismo y definido hasta ahora por sus filósofos oficiales tanto como por el escueto y laborioso fraseo del propio Macri. El neoliberalismo no es cosa simple: viene acompañado por la vieja escuela conductista, que hace de la conducta un plan adaptativo basado en la teoría del reflejo, más empobrecida que en la época del propio Pavlov. Se dice del foso creado por las nuevas formas de lectura y la incerteza que provocan los instrumentales técnicos que no quedan integrados al discurso pedagógico, sino que permanecen extraños a él, como invasores al acecho; por ejemplo, la cuestión del uso de celulares en horas de clase. No es cuestión simple, pero para el conductismo todo lo es. La conducta así entendida emanaría no de juicios de naturaleza ética, sino de técnicas cognitivas, una mezcla de psicología informática e inteligencia artificial. Recuérdese la histórica consigna balbinista, “Balbín conducta”, que significaba otra cosa. Suponía dar una nota de elevación moral de la conciencia personal; luego cuando fue cambiada por “Balbín solución” muchos viejos radicales protestaron por la pérdida del tono ético. Esos hombres ya no están más o quedaron dignamente en la resistencia.

El conductismo, salido de las entrañas del productivismo capitalista, parte de un complejo sistema de acciones y reacciones localizados en el cerebro. Sin embargo, los neurocientistas siempre buscaron una ética, y el ejemplo mayor de esa búsqueda lo teníamos cerca, correspondía al epistemólogo Mario Bunge, que proponía una ética neurobiológica que desembocaba en un liberalismo que, antes que nada, cuestionaba las metáforas que le dan vida a toda lengua, incluyendo todas las filosofías conocidas de la praxis y las investigaciones psicoanalíticas, que ocurren en el interior de la inescindible pero compleja relación del lenguaje con el mundo de las prácticas.

Aquí ni siquiera eso, pues el nivel de los conductistas del macrismo (el neuro-macrismo) lo expresan no solo los políticos que hablan en su nombre, sino también los nuevos brebajes del conductismo empresarial (el coaching) y toda la desafiante veta especulativa que proveen arlequines como Durán Barba, al que no sólo puede vérselo como un hechicero repleto de torpes artimañas, sino como anticipador de este conductismo que quizás no supimos ver desde su inicio, cuando ya se insinuaba con la recuperación de un Nietzsche empresarial o para empresarios la “voluntad de poder” asociada al “management”. Cuando entre las tantas supercherías que derrama, Durán Barba dice que nada más importante que el timbreo en una casa modesta por parte de una figura pública (el propio presidente, captado específicamente con su displicente figura frente a un domicilio suburbano), la crítica que se le hizo a este artefacto ilusorio era obviamente la que lo señalaba como la construcción artificial de un arquetipo.

No nos dimos cuenta que ese timbre era como la campana de Pavlov y que estaba destinado a su “viralización”, palabra que alguna manera conjuga neurociencias bacterianas e informática. En un reciente artículo Durán Barba expone su credo, haciéndolo remontar a las conductas de los primates ante la selva desconocida. Se actúa allí con “inteligencia emocional” -un concepto conductista vecino a la “inteligencia artificial”- y rápidamente se hacen cálculos de sobrevivencia de la “especie”. “Cuando alguien abre la puerta de su casa y se encuentra con algo o alguien muy inusual, no olvidará la experiencia”. Eso dice Durán. Lo que significa que esa es la manifestación actual del núcleo de una nueva ciencia experimental que vendría de la prehistoria. ¡Con este develamiento, perdimos varios siglos enredados en inútiles antropologías! Nada sabíamos del Timbreo Experimental Inusual.

La mayor parte de nuestras decisiones las tomamos a partir de lo que vemos, agrega Durán, en las barbas del Obispo Berkley. Y remata: “A los consultores nos interesan las palabras del candidato, pero sobre todo qué es lo que entenderán los electores, que tienen sus propios códigos de comunicación. Cuando una persona escucha un discurso, solamente una mínima parte de la información que recoge es denotativa, es decir, tiene que ver con el contenido del texto. Cuatro quintas partes tienen que ver con la forma y el contexto en que se pronuncia el mensaje”. ¡Horror! ¡Vivimos equivocados desde el Hombre de Neanderthal! ¡Sólo se entienden los textos en una “mínima parte”! ¿Incluso los de Macri? ¡Caramba! ¿Hay que festejar en las escuelas y universidades este gran descubrimiento? Este es un tramo anticipador del manual de neurociencias, al que los cirujanos de la educación llegan tarde, porque lo teníamos ante nuestros ojos y no lo habíamos apreciado bien.

Es que, como dice el mismo Durán, la gente toma decisiones por lo que ve, y bajo esos estímulos esenciales de peligro se va formando el cerebro. Desde el hombre Neolítico al cerebro de este consultor político pasaron millones de años. Seguramente pasarán muchos menos para que una verdadera movilización de las fuerzas culturales, humanísticas, críticas, analíticas, científicas y tecnológicas del país, reaccione con argumentos novedosos y congregantes ante estos macaneos vergonzosos, al gusto de una nueva clase de lúmpenes-empresarios. Hay que decirles que están secas las pilas de esos timbres que van a apretar.