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Discursos de mayorías

Martín Rodríguez // Lunes 17 de septiembre de 2012 | 16:47
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1

 

¿Quiénes están en ventaja para construir un discurso de mayorías en un país atravesado por discursos de fractura social? Existen dos ejes sociales en la Argentina que se disputan los sentidos. Por un lado, un bloque opositor que es fuerte “culturalmente” y débil políticamente. Por otro lado el oficialismo, que muestra una fortaleza pareja en los dos aspectos (cultural y político). Sin embargo, tras la escena cacerolera del jueves último se instaló una idea de “sector no representado” en la calle que hizo sentir su campana también sobre el campo no kirchnerista. Acá estamos, dicen. Una suerte de nueva “masa en disponibilidad” bajo la fantasía democrática de que es posible una representación total y que desesperadamente –digo yo- debería encontrar para su proyección un discurso más universalista, que rompa el dique de clase que le imponen y que en sus mil representaciones también se auto impone. Pero si la oposición tiene derecho a arrojarse a los brazos de esa masa, también por dentro del esqueleto institucional prima una lógica republicana: esos “vacíos” existen virtualmente, pero todo vacío como tal, para que no exista, lo debe ocupar el estado. Digámoslo fácil y a tono con muchos de los discursos presidenciales: la representación de los 40 millones de argentinos incluye a todos. También a estos demonizados sectores medios que cometen aparentemente la infamia de reclamar por sus bolsillos.

 

Pero, fuera de esa ruptura (que no es nueva), es posible diseñar un discurso de mayorías, “para todos”. Hay varios modos de hablar a todos y se me ocurren dos que fueron ensayados desde el kirchnerismo: 1) Se le habla a uno, es decir, a alguien que represente una suma de virtudes que lo hagan paradigmático en la comunidad (mi ejemplo favorito es el joven científico Ariel, durante la última campaña presidencial); 2) También se le habla “al último”, al último de todos, al que va más atrás en la marcha, al más pobre o vulnerable y que acaban de ponerle agua corriente, cloacas, o que recibió una netbook o que le dieron el título de una casa. También hablarle al último es una forma social-cristiana de nombrar a todos, y que no es excluyente porque de algún modo articula la culpa social: yo también tengo que ser ese, ese también tiene que ser como yo. En esa clave se articula el discurso de este año presidencial. ¿Hay otras formas? Veamos.

 

2

 

En el festejo del Bicentenario y la muestra de Tecnópolis se visibilizan a priori dos cosas que los caracterizan: 1) el estado propone algo que la gente llena, por ende, 2) el estado construye lo público. En esto no hay demasiados rastros del modo en el cual el kirchnerismo interviene sobre la cultura, basado en el conflicto, la disputa por los medios de producir sentido, la “batalla cultural”. Hay una acción afirmativa,  “por la positiva”, casi un discurso de “posguerra” mediática.

 

Una pregunta: ¿Es posible un discurso que se consagre como de mayorías, y que no se narre desde la conflictividad? Aún conteniendo esa conflictividad. Hay algo en estos dos despliegues (los festejos del Bicentenario y Tecnópolis) que brinda pistas de desde dónde se puede construir un discurso de mayorías, es decir, un discurso cuyo primer plano no es el conflicto expresado en el “microclima” que Beatriz Sarlo bautizó en su excursión a Twitter como la espuma de la espuma. Un discurso de mayorías  que no sea un debate hiperpolitizado sino que abra un paraguas afectivo más grande.

 

Bicentenario y Tecnópolis no exponen un estado que construye más estado, ni que amplía el campo de su batalla cultural, sino uno que ensancha lo público en forma de feria de la nación. El estado construye y llega hasta donde la experiencia debe ser apropiada por otros. No se trata de una neutralidad sino de un trabajo para la cesión de lo que debe ser asumido por otros. Es una oferta sin peajes simbólicos ni señas de credibilidad, accesibles para el común, capaces de producir mediaciones e identificación entre las vidas normales, laboriosas, y esas grandes escenas. Es un “acá estamos, esto también somos”.

 

Estas dos muestras, aventuremos, también se les podrían haber ocurrido a empresas privadas, o incluso al grupo Clarín, con su aparato cultural. Matiz más, matiz menos, no es tanto un sentido ideológico (que siempre contienen, obviamente) lo que hace la diferencia especial sino la acción que lo hace gratis y libre, público. Para colmo Tecnópolis terminó en el conurbano, en esa pachamama del imaginario progresista que dejó de llamarse Gran Buenos Aires para recibir su nombre de “frontera”. Así, Bicentenario y Tecnópolis crearon movimientos urbanos nuevos, desplazamientos familiares, y momentos de emoción y felicidad. Historia, deporte, ciencia, como fórmula de la acumulación social que se pone en estado público.

 

3

 

Una vez el periodista Pepe Eliaschev hizo una defensa del censo 2001 por radio. El censo se debía defender en nombre de un Estado que se negaba a morir porque se negaba a dejar de saber. Ese era el razonamiento pertinente. Y hacer el censo era decir: hay futuro. ¿Qué hizo al aire? Leyó las preguntas: “No sabremos si los argentinos censados tienen agua por cañería dentro de la vivienda o fuera de ella. O si tienen agua dentro del terreno o tienen que ir a buscarla fuera del terreno. Ignoraremos de dónde proviene el agua que usa para beber y cocinar la persona censada ¿de la red pública de agua corriente, de la perforación con bomba a motor o tal vez con bomba manual? ¿De pozo con bomba o de pozo sin bomba, de agua de lluvia o de transporte por cisterna, de agua de río, de canal o de arroyo?”. Era lírico porque parecía inútil. La posible frustración de ese censo podía contener un doble mensaje: tanto el inmediato en pro de reducir el “gasto público”, como el “¿para qué quiere saber algo sobre lo que no ofrecerá respuestas?”.

 

No importa conocer ahora el glosario de políticas públicas que existieron sobre ese “saber” del censo. Pero ese censo, en medio de ese país de crisis, con una economía de desierto, se hizo. Hoy es otro tiempo, otro mundo, y también otro estado. Un censo, saber cuántos somos, cómo vivimos, tiene un borde demencial, los censistas pueden parecer los condenados a contar los granitos de arena de una playa. ¿Millones de fichas acumuladas dónde? (¿Hay capacidad para leer cada vida? ¿Se pueden leer cien vidas? ¿Mil vidas?) Pero es la pausa de un camino siempre tan chocado: la larga marcha comunitaria hacia “algún lado”. Estas muestras de ciencia e historia podrían ser el atajo de un sentido: todo esto se acumula en algo. Las referencias de lo que se junta detrás, debajo o gracias a todo el esfuerzo colectivo, a los millones de IVA's diarios que se pagan apenas para vivir. Producimos historia, producimos ciencia. Todavía en 2001 queríamos saber cuántos éramos y cómo vivíamos. Eran preguntas públicas que quedaron exclusivamente en manos del estado. ¿Se entiende? No sabíamos cómo seguía, pero nos contamos todos. Parece tribal. ¿Cuántos somos, cómo vivimos?

 

En medio de las respuestas que se pueden dar hoy, de las excitaciones sociales, de las responsabilidades de representación (falta una oposición sobre estas plazas urbanas y el gobierno -a la vez- está obligado a representar y gobernar a los 40 millones de argentinos), de los excesos de politización y de las guerras mediáticas, estos das expresiones marcaron un tiempo. Historia. Ciencia. ¿Se puede ampliar un discurso así? Un discurso capaz del regreso a alguna inocencia o principio, a ampliar el horizonte de afectos a “la gente común”, a las millones de personas que no perciben lo histórico, en medio de sus peleas cotidianas. ¿Cómo hacer parte de “la época” a los que pelean cada día su sobrevivencia? Las claves  pueden surgir de estos dos festejos y están en lo afirmativo, lo multitudinario y lo accesible.



Marcos Cesarsky  |  17-09-2012 18:57:31

Muy bien rodríguez, me gustaron estas palabras: "Así, Bicentenario y Tecnópolis crearon movimientos urbanos nuevos, desplazamientos familiares, y momentos de emoción y felicidad. Historia, deporte, ciencia, como fórmula de la acumulación social que se pone en estado público."

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Maria Caminiti  |  17-09-2012 18:19:13

¡¡Simplemente extraordinario!!

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