Politica // Opinión

La crisis radical

20:40 | El partido más viejo de la argentina sigue siendo la única alternativa con capacidad de gobernar por fuera del Frente para la Victoria, variante del peronismo.

Por Lucas Carrasco // Miercoles 07 de septiembre de 2011 | 20:40

Tiene dirigentes experimentados, pasado, implantación territorial, contactos internacionales, relaciones con corporaciones y actores económicos y una mochila, reciente, del fracaso del menemismo blanco que intentó Alfonsín a través de la unión de Chacho Álvarez y Fernando De La Rúa y terminó el propio Alfonsín, a través de una nueva alianza con Chacho Álvarez y Eduardo Duhalde, esta vez para voltear a De La Rúa.

 

La continuidad del menemismo quitándole el componente bárbaro, salvaje, grasa; esto es, el poco y hueco componente peronista del menemismo, fue un proyecto que terminó con los asesinatos progresistas del 20 de diciembre de 2001 y la huida de De La Rúa y los alfonsinistas residuales de la Casa Rosada. De La Rúa quedó en la marginalidad histórica, y los alfonsinistas volvieron, por la puerta de atrás, a la Casa Rosada con el gobierno de Duhalde.

 

Claro que la tesis nueva de Alfonsín (dejar de lado el menemismo blanco para convertirse en duhaldistas disidentes) servía para salvar la ropa del partido, aún cuando esa ropa sólo sirva para mostrar que viste a un fantasma. El duhaldismo disidente –sea en cabeza de Lavagna, de González Fraga, de De Narváez o la variante que encuentren de acá en más- parece, hoy, una estrategia agotada. Fundamentalmente porque las condiciones políticas que posibilitaron la alianza entre Alfonsín y Duhalde – a pedido de sus propios dueños: la UIA, AEA y lo que hoy es la Mesa de Enlace- variaron en la provincia de Buenos Aires. El radicalismo ya no es clave en la legislatura bonaerense y esa ausencia de poder político deschava la precariedad de cualquier estrategia nacional.

 

En consecuencia, el radicalismo tiene dos opciones: suicidarse profundizando la tesis del duhaldismo disidente (o sea, seguir teniendo como líder al Hijo De Alfonsín) o dejar lugar a los delarruistas que serían su recambio: Cobos, Allfonsín, Morales, etc.

 

Una tercera alternativa y que parecería natural, es quitarse el estigma de Alfonsín y De La Rúa y buscar figuras –que las tiene- de experiencia de finalización del gobierno y respeto a las instituciones. El problema es que esa alternativa haría naufragar cualquier otra estrategia nacional actual, la de los alfonsinistas –el duhaldismo disidente- o la de los delarruistas; y quizás, pondría en entredicho la propia existencia territorial de la UCR: los intereses de la oligarquía y clase media de Formosa no son los mismos que los de la santafesina, la porteña o la fueguina. La condición de posibilidad, entonces, de la existencia de la implantación territorial del radicalismo, partido que expresa los intereses de la clase dominante y sus clases sociales aliadas, es justamente que no surja ningún liderazgo local como liderazgo nacional. En definitiva, sea cual sea la estrategia con la cual la UCR entierre al alfonsinismo (o sea, al duhadismo disidente) lo definitivo es que el viento de cola del fracaso electoral los llevará a sincerar, como predican en el plano de la economía, su identidad de derecha. 



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