Había leído ya varias veces el argumento de que, por las marchas, ahora mueren más mujeres. Sí. Lo leí. Pero lo vi en varios comentarios de Twitter, en hombres o mujeres que me marcaban, después de un tuit que alertaba sobre el achicamiento de la brecha (el año pasado moría una mujer cada 30 y hoy muere una cada 18 horas). Me lo dijeron personas que usan las redes sociales para pelear u opinar sin conocer demasiado. Me dio bronca esa lectura de las marchas pero entendí que, bueno, nada, hay gente que no se informa bien o tiene ganas de confundir. 

El tema es que hoy leí ese mismo argumento en una NOTA PERIODÍSTICA. La revista Noticias lanzó a la web un artículo titulado "Femicidios: ¿hay un efecto contagio?" que tiene, entre líneas y no muy maquillado, esa lectura falaz. 

 

 

 

 

 

Hagamos un ejercicio. Pensemos un poquito por qué debe haber aumentado la cifra. Pensemos en una mujer a la que su marido la golpea que empieza a entender que eso que él hace no es amor, que los golpes no son exabruptos sino que son un delito. Que hay miles y millones de mujeres en su misma situación que comienzan a despertar, que empiezan a sentir que no están solas, que esa vida llena de miedo, control y angustia se puede terminar, que tienen derecho a decir que no. 

Ahora imaginemos a un hombre violento. A un tipo que está archimega acostumbrado a que su mujer lo obedezca siempre, a que le prepare la comida como a él le gusta, a cogérsela aunque ella no tenga ganas, a pegarle si vuelve borracho y tiene bronca porque su equipo de fútbol perdió el campeonato. 

El último paso es juntar a los dos personajes y ver qué pasa. 

Yo les digo lo que creo que pasa. Él se enoja mucho, como siempre, y quiere pegarle una trompada. Ella se corre y dice que va a llamar a la Policía y que se quiere separar. Él nunca había escuchado esas palabras de su boca. Enloquece. Ella ya está convencida de que merece una vida mejor, que no puede decirle él cómo se tiene que vestir, cómo tiene que hablar, que ya no la puede controlar más. Él no entiende cómo pasó, cómo esa mujer que era suya ahora tiene autonomía y se hace "la loca". Le vuelve a pegar. De nuevo y con más fuerza, con más bronca. Antes se quedaba en el lugar, ahora se mueve, no vuelve, no atiende el teléfono. Él dejó de ser su dueño y eso lo enfurece. La mata. La mata porque es la única manera de que ella no haga lo que quiere. La mata porque piensa "Si no es mía no es de nadie". 

Las marchas fueron (son y serán), para las mujeres que viven tormentos de este calibre, lugares en donde sentirse seguras. La posibilidad de tener una vida lejos de la violencia, de no tener miedo, de darnos cuenta de que somos sujetas con derechos y que por eso luchamos. Para terminar con ese discurso de la mujer pasiva, para que el patriarcado no exista más, para que dejen de educarnos a nosotras en la sumisión y a ellos en el poder. 

No sé si se entiende la gravedad de esa nota, aunque al final de todo deja un rengloncito para decir que la culpa la tiene el Estado, durante todo el artículo señala al movimiento feminista como la causa directa. Estos discursos que ponen en el ojo de la culpa a una marcha que busca empoderarnos son peligrosísimos. Primero porque generan miedo en las chicas que están a punto de denunciar, que están a punto de decir "No" por primera vez y segundo porque deslegitima la lucha. Porque "mirá lo que conseguiste con tus marchitas de mierda", porque "mirá lo que te pasa por salir a denunciar". Todas esas frases son una réplica de "mirá lo que te pasa por usar la pollerita corta" que es, a su vez, la manera de señalar con el dedo a la mujer violada y no al violador. A la mujer que lucha y no al que se opone a sus derechos. 

Las marchas seguirán sucediendo porque, por suerte para nosotras, lamentablemente para los machistas, estamos muy convencidas de cómo son las cosas. Esas trampas semánticas, esos vericuetos ridículos y grotescos con los que buscan echarnos culpas ya no son un sayo que nos quepa, ya no acusamos recibo a reclamos inventados nada más y nada menos por quienes quieren desesperadamente conservar el poder sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas. 

Ojalá algún día entiendan, ellos y todo el resto de quienes no están convencidxs, de que las mujeres ya no nos callamos más. Porque sabemos bien cómo son las cosas, aunque busquen así confundirnos. Porque sabemos que merecemos respeto. Porque estamos seguras de que ningún derecho se gana en el silencio.