I) Frente al Palacio Santa Cruz, la guía turística explica a un grupo de viajeros de habla inglesa que visitan Madrid, que el hermoso edificio del Renacimiento tardío, con sus torres angulares en las esquinas, fue construido por orden del rey Felipe IV en 1629. Esa antigua cárcel de la Corte hoy es sede del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, pero en esa plaza, apenas a unos metros de la fuente de Orfeo, los turistas deben detener su mirada en la Acampada Refugiada, un campamento que desde el 15 de mayo último se instaló frente al Ministerio en solidaridad con los migrantes y protestando contra las políticas europeas de migración y asilo, especialmente después del acuerdo firmado en Bruselas en marzo último, por el cual la Unión Europea y Turquía acordaron la expulsión urgente de refugiados, que de ese modo quedarán del otro lado de la gran puerta del Egeo. Como si se tratara de una mercancía más, Europa declaró su voluntad de desembolsar hasta seis mil millones de euros, para que Turquía frene las salidas hacia las costas griegas y retenga allí a los desesperados que Europa expulse en adelante. Lo dirá con los dientes apretados el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk: “Quiero lanzar un llamado a todos los migrantes económicos ilegales potenciales, de donde sean: no vengan a Europa…”. Puertas blindadas, deportación y que la miserable muerte, la desolación y los “migrantes-económicos-ilegales-potenciales” queden, entonces, del otro lado. Ya Angela Merkel había decretado hace unos años la muerte de la ilusión multicultural europea: “quien no acepta los valores cristianos no tiene lugar aquí”. No son dichos aislados: “No alimentéis a los refugiados, sino otros vendrán”, aconsejó el gobernador democristiano de Flandes Occidental (Bélgica), Carl Decaluwé. Este parece ser el clima de época en este mundo en estado de derecha, con su racismo mal disimulado, sus aversiones xenófobas y sus desatinos persecutorios (“permitir la entrada de refugiados sirios en Reino Unido pone a las mujeres británicas en riesgo de sufrir asaltos sexuales”, deliró el eurodiputado Nigel Farage, uno de tantos que, impulsando el Brexit, soltaron su vieja islamofobia). Deportación, “Rechazo en Frontera” como se dice en lenguaje técnico a las “devoluciones en caliente”, otro eufemismo que alude a los palos de las guardias nacionales para expulsar a los que intentan sortear los altos alambrados, las púas y los fosos de los confines que custodian la gran fortaleza. Una de las pancartas de la “Acampada refugiada” dice: “vergUEnza”, con unas gotas de sangre que caen de las iniciales de la Unión Europea. Allí converso con Norma, una activista perteneciente al colectivo Nuit Debout (Noche en Pie) de Madrid, quien protesta contra la traición de los valores -los derechos humanos de los que la UE hace bandera- y las protecciones heredadas de las luchas sociales europeas; su convocatoria, su llamamiento es simple y directo: a los que sientan vergüenza por el tratamiento hacia los refugiados que huyen de la guerra y el hambre que Europa misma –como socia estratégica de EE.UU.- ha contribuido a extender. Recuerdo la declaración de un refugiado: “No venimos a robar vuestros beneficios. Escapamos de vuestras bombas”. Pero este tema y el hecho de que ningún ser humano sea ilegal, lo enmarca en un conflicto mayor: “La lucha sin fronteras es el único camino contra los ataques de la banca y sus desahucios; mientras gozan los privilegios desde sus paraísos fiscales, precarizan los derechos laborales que enriquecen sus cuentas en empresas offshore. Un neoliberalismo delirante que genera nuevos tratados de libre comercio para darle poder definitivo a las trasnacionales, privatizando todo lo que genera beneficios y haciendo públicas sus deudas privadas”. Me entrega un comunicado de “Abrimos Frontera Madrid” que concluye con la frase de nuestro uruguayo Galeano: “Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”. Luego me presenta a Lagarder Danciu, un activista sin techo, rumano, gitano, sociólogo y ex profesor en Sevilla, que “revienta” actos en campaña electoral, irrumpiendo hasta increparle de frente a Mariano Rajoy que el Partido Popular es la mafia o gritando frente a una manifestación de los neonazis del “Hogar Social Madrid” que el nazismo es una vergüenza. Como muchos, descree de esta “democracia formal para pocos” que expulsa a los pobres a la calle y a los migrantes, afuera de Europa. “Primero venden sus armas a los aliados para bombardear a los sirios, matan a millones de personas y las que se salvan cruzando el mar, van a parar a los campos de detención o son deportados a Turquía a cambio de dinero”. Lúcido, percibe que la política migratoria europea es otro de los modos de segregación que el capitalismo impone a los deshechos que genera: “El nazismo crece al calor neoliberal de la Unión Europea”. Migrantes, marginales sin techo, explotados, han sido sus causas en una lucha que lo trajo de Rumania, escapando de mil peligros, a esta parte de Europa, hoy asolada por mortales atentados, por una mirada desconfiada que aviesamente ha logrado confundir terrorismo con inmigración y por el vértigo inútil de poner cerrojos en todas sus puertas. Al terminar su café a metros de la Acampada Refugiada me dice: “Y ahora ustedes con Macri vuelven al neoliberalismo…”.

II) Tal vez algún argentino pueda preguntarse: ¿pero qué nos incumbe a nosotros las suertes y desgracias de los migrantes que desesperan en las lejanas fronteras europeas? –en la senda de aquel famoso y agrio rezongo de Mirtha Legrand ante el golpe que derrocó al presidente Zelaya en 2009: “¿Y a mí qué me importa Honduras?”. Es un rezongo parecido al aburrimiento que se fastidia por las lecturas y lecciones de la historia: “Basta de continuas revisiones del pasado, miremos al futuro con alegría” –ha dicho Macri en su incómoda obligación de memorar la independencia argentina. Ese tedio reposa en una ilusión: las cosas nos sucederían sólo a nosotros y estarían ocurriendo por primera vez. Si hay un sujeto que el liberalismo produce es un individuo aislado, pero no sólo de los otros, sino del espacio y del tiempo. En su pequeña parcela privada, en su planeta sin historia (“esto sólo pasa en Argentina”), corta todo lazo con el espacio y con el tiempo; se le hace así imposible tanto hallar un sentido verdadero a lo que observa, como prevenirse y reconocer lugar e intereses propios en la compleja trama de la realidad. Rodolfo Walsh lo dijo con su acostumbrada claridad: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia (…)  Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”. Y lo que Walsh dijo sobre el tiempo y la historia, vale también sobre el espacio y las experiencias políticas de otros territorios. Mauricio Macri ha decidido cumplir con su eslogan: “insertarse en el mundo”. Es obvio que no existe un único mundo, pero sí existe un discurso que ha cobrado una hegemonía extraordinaria, que aceleradamente tiende a la concentración de la riqueza, generando un tratamiento muy específico de los que quedan afuera, cuyo modelo tal vez lo proporcione el campo de refugiados. El mundo en el que el PRO decidió insertar a la Argentina es -con las modulaciones y particularidades nacionales- ese mismo mundo del que se hablaba en la Acampada Refugiada. Para eso la política exterior macrista necesita debilitar el bloque regional (“estoy para trabajar desideologizando la región”, ha dicho Macri) y alinearse al eje dominado por los Estados Unidos de la Guerra –como los rebautizaba Nicolás Casullo. Ese discurso, ese modo de concebir y ordenar el mundo barriendo soberanías nacionales –llegado el caso, por medio del poder bélico-, necesariamente genera excluidos de modo creciente. El gobierno PRO presenta las mejores credenciales para acompasar ese discurso de la segregación. “Frenar una inmigración descontrolada que viene de la mano de la delincuencia y el narcotráfico”, bien podrían ser dichos del  eurodiputado racista Nigel Farage (que cambiaría “terrorismo” a “narcotráfico”), pero fueron declaraciones del hoy presidente argentino cuando reprimió a sangre y fuego la toma del parque Indoamericano. “El Gobierno de la ciudad de Buenos Aires no puede resolver los problemas de vivienda del Conurbano y el Mercosur” –con las sustituciones del caso, lo podría haber dicho Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo que gritaba ¡no vengan a Europa!, pero fue el jefe de gobierno porteño Rodríguez Larreta. Hoy sabemos que la administración Macri no sólo permitirá la instalación de dos bases militares norteamericanas en nuestro territorio, sino que planea ordenar la intervención de las Fuerzas Armadas en seguridad interior. En tal caso, las razones serían las mismas que las esgrimidas por el general Philip Breedlove, jefe del Mando Estadounidense en Europa de la OTAN: un modo en que “las fuerzas armadas se adapten a los retos y garanticen la integridad, la libertad, la paz y la prosperidad de Europa”. Saquear, transferir riqueza a élites cada vez más exiguas y luego militarizar con mil cerrojos las fronteras. Hablan la misma lengua. ¿Por qué los efectos serían distintos?

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