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Primera postal:

Atardecer en el Café del Mar. Turistas y vecinos de la ciudad esperan que el sol se ponga en el Caribe, instalados en el lugar que se autoproclama como el punto más privilegiado de la ciudad desde donde verlo. La música del bar acompaña. Casi todos beben tragos. Muchos sacan fotos al sol en su descenso. Intervienen todos los sentidos: el olor del mar, el sabor de los tragos, la puesta de sol, la música, el contacto con el papel áspero del libro que leo. Leo El grado cero de la escritura,  de Roland Barthes mientras, como todos los que me rodean, espero que el sol se pinte color fuego, toque la línea del horizonte y por fin desaparezca. Es un libro que me regaló mi hermano hace casi veinte años. Mi hermano es un buen lector, pero no lee a Barthes ni le interesa. Lo eligió para mí, como regalo de cumpleaños, pesando en mí no en él, supuso que si hablaba de la escritura me iba a interesar, y acertó. El libro tiene las marcas del subrayado de cuando lo leí por primera vez: “La lengua está más acá de la Literatura. El estilo casi más allá: imágenes, elocución, léxico, nacen del cuerpo y del pasado del escritor y poco a poco se transforman en los automatismos de su arte”. Me pienso veinte años atrás, me pregunto por qué marqué ese párrafo y no otros, los que hoy subrayaría. Por ejemplo: “El pretérito indefinido y la tercera persona de la Novela no son más que ese gesto fatal con el cual el escritor señala la máscara que lleva. (…) Ya se trate de la experiencia inhumana del poeta, que asume la más grave de las rupturas, ya la mentira creíble del novelista, la sinceridad necesita aquí de signos falsos, y evidentemente falsos, para durar y ser consumida. El producto, y finalmente la fuente de esta ambigüedad es la escritura”. O este otro. “La escritura, siendo la forma espectacularmente comprometida de la palabra, contiene a la vez, por una preciosa ambigüedad, el ser y el parecer del poder, lo que es y lo que quisiera que se crea de él: una historia de las escrituras políticas constituiría por lo tanto la mejor de las fenomenologías sociales”. El sol se pone mientras subrayo este párrafo. Me pierdo su imagen última, cuando levanto la vista del papel al mar sólo distingo una luz amarilla que dibuja una línea horizontal en  el gris, allí donde cielo y mar son una misma cosa.

 

Segunda postal:

Daniel Samper presenta su libro El huevo es un traidor, en la librería Ábaco, una librería que conoce todo el que vive o pasa por Cartagena. La presentación está colmada de gente. Me siento en el piso, un lugar más fresco que elijo ante la alternativa de apretarme entre los parados que llegaron tarde. Sentado en una mesa, muy cerca de Samper, está Daniel Divinsky, su editor en Argentina. Cuando termina la presentación Divinsky y Samper van a comer a un restaurante al barrio de San Diego, frente al hotel Santa Clara, una de las zonas más cuidadas del casco histórico. Mientras cenan, a unos pasos de ellos, un joven sicario se acerca a quien le han encargado que mate y descarga varios tiros sobre él. El otro hombre, que al día siguiente sabremos es un “sanadresiano”, “de las mafias de San Andrés”, y muy poco más, se desangra en la vereda y muere poco después de llegar al hospital. El joven sicario tira el arma al piso, camina unos pasos y se sube a una moto. En el mismo restaurante donde comen Samper y Divinsky, está la mujer de uno de los empresarios más poderosos de la ciudad, su custodia compuesta por unos seis hombres la rodea en cuanto comienzan los tiros, algunos de los que participan del crimen como testigos se quejan de que esos hombres no van por el muerto y por el asesino, pero su trabajo es otro: cuidar a la señora; y eso hacen.

 

Tercera postal:

Me pasa a buscar por el hotel Daniel Mordzinski, fotógrafo de escritores y fotógrafo oficial del Hay Festival Cartagena. Me propone que lo acompañe a recorrer la ciudad para elegir locaciones donde retratar a los escritores invitados. Nos guiará Martín Murillo, poeta y promotor de la lectura que maneja la Carretilla Literá. Antes de dedicarse a la promoción de la lectura, Murillo, que apenas llegó a quinto año de la escuela primaria,  se dedicaba a vender agua casa por casa y en el Parque Bolívar, dentro de la ciudad amurallada.  La Carretilla Literá es una carretilla de madera como cualquiera, pero llena de libros. Carga 200 libros; Murillo fue juntando ejemplares gracias a regalos y donaciones, y guarda en la habitación donde vive otros 2000 que va rotando cada tanto. La carretilla funciona como biblioteca móvil, recorre la ciudad todos los días, en la semana va a cárceles y colegios, el fin de semana se instala en el Parque Bolívar, allí donde unos años atrás vendía agua. La gente se acerca y le pide libros a préstamo que luego de leerlos devolverá. Esta mañana, en el recorrido en busca locaciones, no llevamos la carretilla para poder movernos con más rapidez. Queda estacionada en un centro cultural. En el puente Roma un adolescente para a Murillo y le pregunta cuándo pasará con la carretilla. Él le da coordenadas de tiempo y espacio que cumplirá sin dudas. Y luego de ese adolescente, otros también preguntan. Parecería que en la ciudad todos lo conocen. Nos detenemos a sacar fotos en el Hotel Tropical. Un rato después vuelvo a mi hotel y a  Barthes: “La expansión de los hechos políticos y sociales en el campo de la conciencia de las Letras produjo un tipo nuevo de escribiente, situado a medio camino entre el militante y el escritor, extrayendo del primero una imagen ideal del hombre comprometido, y del segundo la idea de que la obra escrita es un acto”.



pepeberenjena  |  02-02-2012 16:27:58

Me gustó mucho recorrer Cartagena en tres etapas en un tour literario..¡gracias!

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bochi  |  05-02-2012 21:07:49

recuerde Pep que si se olvidó el bronceador puede usar grasa de los chorizos. Así lo hicieron los muchachos de Dolores que cruzaron el Atlántico en balsa.