Siempre me produce extrañeza la necesidad de algunos de convencer a otros acerca de determinados asuntos. Me refiero a la vida cotidiana, a cuando lo que está en juego no es algo en lo que se va la vida de nadie. Por ejemplo, alguien dice: me encantó tal libro o tal película y el otro no sólo da su opinión contraria (lo que sería lógico y posible en cualquier conversación) si no que trata además de convencer a su interlocutor de que no está bien que a él sí le haya gustado. O sea, lo que está en juego no es si se trata de una obra de calidad o no (lo que también tiene sus dificultades a la hora de buscar una respuesta cierta) sino de algo mucho más subjetivo como lo es el gusto, el deseo o el pensamiento del otro. Lo mismo, generalmente con mayor intensidad, pasa cuando se habla de temas políticos en una rueda de amigos cualquiera. Me ha sucedido varias veces que alguien se sorprenda ante determinada opinión política, no tolere lo que pienso y diga frases del tipo “vos no podés pensar eso”. Y que a continuación me toque escuchar una sarta de argumentaciones que no comparto, con el afán de convencerme de que tengo que pensar distinto. Hasta que la conversación entra en un punto muerto, y concluyo que lo mejor es callarme aunque no me mueva ni un ápice de aquello en lo que creo.
Pero como dije antes, siempre que no se vaya la vida en ello. En la película Doce hombres en pugna ( “Angry men”, 1957), dirigida por Sidney Lumet, un jurado debe decidir si un joven mató o no a su padre. Le toca a Henry Fonda, el miembro del jurado número 8, convencer al resto del grupo de que tal vez, además de las pruebas presentadas como contundentes en contra del acusado, hubo en el juicio varios puntos que permiten dudar acerca de su culpabilidad. Al principio el esfuerzo por convencer al resto parece que no va a dar ningún resultado. Pero poco a poco algunos miembros del jurado van revisando su postura y en el proceso dejan muy en claro, además, su posición ante la vida, su personalidad, su propia ética. Hay quien cambia de opinión sólo porque se cansa y quiere terminar con ese trámite: “Decí que sí de una vez, así nos vamos todos a casa”. Hay quien no se lo permite: “Si vas a cambiar tu voto tiene que ser porque estás convencido de eso, no porque estás harto”. Lo cierto es que lo que empezó siendo 11 a 1 se revierte y el joven es declarado inocente o “not guilty” como se dice en el idioma original, lo que no sería estrictamente lo mismo.
Hace muchos años, cuando todavía trabajaba de contadora, me invitaron a un curso de toma de decisiones. El curso tenía un nombre más rimbombante que ya no recuerdo. Tampoco recuerdo si había alguna otra mujer además de mí. Al menos en mi grupo no: ocho hombres, todos ingenieros, y una mujer, yo, contadora al borde del divorcio profesional. Nos leyeron un texto, un caso acerca de un conflicto en una empresa y la solución que se había encarado. Y luego nos dieron un cuestionario de diez preguntas. La idea era que cada uno las respondiera individualmente y que luego consensuáramos las respuestas y diéramos la respuesta grupal. En todo momento tuve la sensación de que a ninguno de mis compañeros les importaba demasiado lo que yo opinaba. Me sonreían, hasta parecía que me escuchaban, pero terminaban siempre votando alguna de las respuestas de los otros, nunca la mía. Cuando se dieron los resultados el instructor llamó la atención acerca de un caso muy particular, justamente el de nuestro grupo: teníamos la mejor respuesta individual de todos los participantes (la mía) y la peor grupal.
Varios factores se deben haber conjurado ese día por los que no pude convencer a mis compañeros de aceptar ninguna de las respuestas que propuse. Uno, sin dudas, la cuestión de género, y como no es mi intención convencer a nadie, sólo la enuncio y el que quiera creer que crea y el que no quiera que no: esos ingenieros estaban convencidos de que “esa chica” no podía saber más que ellos. Otro factor: mi pereza; no tenía ni por casualidad la energía de Henry Fonda para convencer a sus compañeros de grupo. Pero, seguramente, el factor de más peso fue la importancia, o la poca importancia, de lo que estaba en juego: en el caso de Doce hombres en pugna era la vida de alguien, en el caso del grupo que debía tomar decisiones acertadas se trababa apenas de un ejercicio y de una lucha de egos, no más que eso.
El problema es que en una sociedad, entre la vida y los egos, hay muchos temas que deben discutirse e intentar consensuar. Y el material a consensuar no se trata sólo del tema en sí mismo sino también de cada palabra utilizada en cada párrafo que continúa a la enunciación general, donde un adjetivo o un adverbio pueden marcar la diferencia entre estar de acuerdo o no. Temas que van desde la legalización del aborto, la muerte asistida, la minería a cielo abierto, o cómo se desarman las redes de tratas de personas, a otros de distinto tenor como la ropa que usa la Presidenta o una diputada.
El asunto es encontrar a cuáles dedicarles nuestro tiempo y cuáles ignorar.