Voy a simular, no emular,  el "método" Lo Presti de presentación para iniciar esta nota y contar cómo lo conocí. La primera vez que escuché su nombre fue a través de Juan Terranova;  abordé sus columnas de manera dispersa en Ciudad Equis, me reí con algunas notas de prosa filosa y astuta, otras me aburrieron en la repetición de "los porteños esto, los cordobeses esto otro y los problemas con la glucosa".


Nos agregamos, creo que lo agregué yo para ser sinceros, a Facebook y lo contacté- vía charla por skype- para un trabajo que al final no hicimos juntos.


Lo volví a ver casi un año después en la presentación de su segundo libro de crónicas/ensayos/ficción "Yo escribo mucho peor", editado por Llanto de Mudo, en La Internacional Argentina.  Una presentación amistosa, con vasos de vino que no paraban de ofrecerme y que yo no paraba de aceptar, un chicle ácido por la mezcla con la uva que no sabía dónde poner, Pangaro revoleando un libro a un oyente pasado de droga con el que casi cruzan algo más que palabras; mientras Lo Presti se reía y abría los ojos divertido.

 

Al rato intercambiamos pareceres sobre el evento y quedamos en cruzarnos a la brevedad. El domingo siguiente nos juntamos a tomar un café.  La verdad fui a medirlo, su fama de "gallito de riña provinciano"- así se nombró él; ironía o no mediante- lo precedía y me encontré con un hombre amable, cansado, muy atento a su celular, más interesado en escuchar mis porteñadas que en hablar él. Hizo un par de chistes con su altura- algo que se repite- y siempre miró a los ojos, algo no tan común.

 

La amabilidad es otra forma de condescendencia, en especial cuando tenés un periodista enfrente que va a decir algo sobre tu libro. Sin embargo, Lo Presti fue amable a secas, con el típico coqueteo de quién sabe que se va a hablar o escribir sobre su obra, pero amable sin necesidad de conquistar.

 

Viajamos en subte mientras él me contaba sus historias románticas- factor sopresa-  hasta el nuevo centro cultural en el microcentro porteño. Lo Presti, en reiteradas ocasiones, me habló de la linda ciudad en la que vivo, y yo le dije lo que le dicen todos- según se desprende de su libro- que él podría vivir y trabajar en Buenos Aires como lo hacen otros de sus coterráneos.

 

Fuimos a una mesa (de FLIPA) en la que versaban sobre "el lugar común del escritor". Retuve algunos dichos de Mauro Libertella- tiró varios títulos sensacionalistas- comprobé la sensatez de Violeta Gorosdicher y escuché cuando Bigliardi se definía como escritor- peluquero. Mientras los escritores discurrían, Lo Presti y yo hablamos en voz baja sobre leer a César Aira, la crítica y las presentaciones hasta que él me dijo, cito textual: "Yo no digo que soy escritor". Entrecerré los ojos y con esa frase abordé, más tarde, su libro.

 

Nos despedimos a secas como quien terminó con una transacción.  Leí "Yo escribo mucho peor" y lo volví a contactar para intercambiar mails sobre esta trama de un personaje- no tan personaje- "que arde en su propio fuego" como asevera Carlos Schilling aunque a mí me parece que arde más en su propia insatisfacción; como todos, claro está.

 

— En tu entrevista a Hernán Lanvers  bajo el título Viaja Solo contás que él dice que “no quiere ser un escritor sino sólo entretener”  y remarcás como si se tratase de “una meta contraria a la literatura”. La  última vez que nos vimos me dijiste “Yo no soy escritor”. También te leo descreído del periodismo; me señalaste que “ya no te interesa tanto hacer críticas” y lo de sólo para complementar un sueldo parece poco argumento… ¿desde dónde te parás cuando presentás tu libro?

Flavio Lo Presti (FLP) — En realidad estos textos, como se notará, son un híbrido: periodismo de mí mismo, de mis circunstancias entre bizarras (mi padre, por ejemplo) y mediocres, y por lo tanto se parecen mucho a una forma de literatura. De todos modos, el parecido más interesante con el modo en que funciona la literatura para mí es formal: la restricción de las 1350 palabras máximas que se me permite usar hace que uno escriba sobre sí mismo como si escribiera un soneto, y ese dique es lo más parecido a la creación de una forma literaria que me ha pasado desde que escribo. Se puede decir (con lo insignificante que es para el mundo pero con lo significativo que es para mí) que esta columna me permitió escribir cuando estaba muy bloqueado. Ahí me paro cuando presento este libro y el anterior: claramente no son textos periodísticos, es como una autobiografía delirante enconsertada en gajos de 1300 palabras.



—En los textos que componen “Yo escribo mucho peor” la fama de “crítico malvado” es algo que se repite, la vas matizando pero la subrayás todo el tiempo ¿por qué renegar de esa fama que construiste- sería inocente plantear que te la construyeron- a partir de una prosa filosa?; ¿te aburrió?; ¿hay algo de entretenimiento en esa postura que ya no te produce placer?

FLP — Cuando empecé a escribir crítica no conocía a ningún escritor de mi generación, y estaba muy al margen de todo. Entonces, como un francotirador, disparaba desde un lugar medio anónimo. No lo hacía con voluntad de ganarme enemigos ni escandalizar: sentía que los libros que estábamos escribiendo como generación no estaban a la altura de lo que me había volado la cabeza cuando era más chico, y encima contaba con la adición del resentimiento por no pertenecer. Después empecé a tener contacto con la gente que estaba escribiendo, a establecer vínculos, y a enfrentarme con las dificultades de mi propia escritura: todo esto te lleva a suavizarte.  Sigo creyendo que hay algo que está faltando entre nosotros, hay un elemento de pasión, genialidad y falta de cálculo que yo extraño. Pero siento que ya no estoy en posición de reclamarlo. Es una posición de soberbia medio inadmisible reclamarle a la gente que sea genial. Es un poco ridículo.
Por otro lado me di cuenta con el tiempo de que no era un buen crítico. Leía bien pequeñas cosas en los textos y soy retóricamente hábil para parecer agudo, pero no produzco lecturas, que es fundamentalmente lo que tiene que hacer un crítico. No pienso bien: reconozco, señalo, hago malabares con las palabras, me divierto, pero no estoy seguro de pertenecer a la raza de gente como Maximiliano Crespi, Juan Terranova, Hernán Vanoli, por nombrar gente que tiene más o menos mi edad y cuyas lecturas me han impresionado.



— La exposición de tus textos – ya sea a nivel opinión, ferias, críticas- es un tema que absorbe parte de tus columnas (a las que una vez comparaste como más parecidas a cuentos) ¿cómo  manejás esa ansiedad?

FLP — Durante un tiempo tenía un ritual privado: daba a leer lo que escribía a un escritor amigo, Carlos Schilling, en presencia, y vigilaba su lectura palabra por palabra. Ahí, in situ, mirándolo. Creo que es una sensación (la de estar en vilo por la reacción del que está leyendo lo que escribiste) que no se va nunca porque uno nunca está seguro de lo que hace cuando escribe, y además, en mi caso particular, tengo una especie de aversión a la revisión. Me da vergüenza, esa es la verdad, leer lo que escribí, y entonces el momento de lectura en público es el momento de enfrentamiento con los efectos que el texto provoca verdaderamente, y esa ansiedad es medio inmanejable, todo dicho con un dramatismo que en realidad no tiene.



—Otro tema, casi berretín, es el localismo y el pensar ¿cómo escribir desde Córdoba?; ¿cómo es escribir desde ahí?

FLP — Escribir desde Córdoba es escribir. Yo escribo como si a pesar de las determinaciones de la geografía y la cultura no hubiera grandes diferencias entre hacerlo acá o allá, aunque haya fantasías negativas al respecto. A veces pienso en esta cuestión como si pensara en un deporte: ¿hay más "roce" en Buenos Aires? ¿Escribiría distinto si lo hiciera desde ahí? Escritores buenos de mi generación (Hernán Arias, Federico Falco, Luciano Lamberti, dos de San Francisco y uno de General Cabrera) se han ido de Córdoba a Buenos Aires como si fuera un paso necesario, y la duda persiste. Además, después del viaje que hice para presentar el libro me quedó la sensación de atravesar una maratón continua de estímulos intelectuales, pero quizás le pasaría lo mismo a alguien que viniera unos días a Córdoba. Lo que seguro es distinto es el momento de la difusión de lo que hacés, las posibilidades de que el libro sea visto, de que tu nombre circule, las posibilidades de publicar en un sello grande, etc. La segunda parte, digamos.
Por otra parte, en Córdoba hay un sistema fuerte, regional (las escritoras realistas como María Teresa Andruetto y Lilia Lardone, que han formado mucha gente, o Sergio Gaiteri, que también ha formado mucha gente y es severamente realista,  y además el sistema de la novela histórica y romántica con Cristina Bajo y Reina Carranza, y el policial que ha dado el festival Córdoba Mata, impulsado por el escritor Fernando López, y la zona "francesa" dominada por la obra de Antonio Oviedo) pero creo que no me ha influido directamente porque he tenido escasísima relación con la vida literaria cordobesa.




— En una entrevista previa planteaste que Kurt Vonnegut está sobrevalorado y que “la literatura en general está sobrevalorada” ¿cuál es ese valor de más que se le está dando?; ¿quiénes se lo dan?

FLP — Tengo una hipótesis muy antipática. La opinión en las redes, el modo en que circulan los textos, muchas veces están alentadas por malentendidos. Por ejemplo lo que pasó con los libros de Selva Almada, que comenzaron a cotizar en oro cuando Beatriz Sarlo habló de ellos en Perfil, si no recuerdo mal. ¿Alguien los leyó después de eso? Yo creo que no. Que tenían un visado que se transformó en automatismo. "Es el mejor libro publicado en los últimos...". Bueno, circulan esas cosas: bendiciones, malentendidos. En el caso de Vonnegut fue una exageración porque lo he leído poco, aunque lo que leí tampoco me voló la cabeza, pero después de las ediciones de la Bestia Equilátera todo el mundo quería los libros de Vonnegut y colgaban esa conferencia suya sobre el arte de la ficción en Facebook. El valor surge de eso: de legitimaciones poco revisadas. Y es el valor de una contraseña en un mundo snob y ansioso por la pertenencia, como si los escritores fueran marcas. Pero es una hipótesis muy general y muy antipática que también es un prejuicio, una sensación mía.

 


— En tu visita a Buenos Aires hablamos de lecturas, señalaste que habías leído poco este año ¿a quiénes?; ¿por qué?; ¿Cómo fueron esas lecturas?

FLP — Leí realmente poco porque fue un año en general muy malo en mi vida. Fui leyendo lo que necesitaba para trabajar, y poco más. Empecé el año con un envío de la editorial Páprika, El último Teorema de Fermat, de Simón Singh, un libro de divulgación que me gustó muchísimo porque con una estrategia muy simple (intercalar la historia de Andrew Wiles con la historia del teorema que rompió la cabeza de los matemáticos por más de cuatro siglos) crea un creciente suspenso muy disfrutable con respecto a un resultado que ya conocemos. Me gustó muchísimo leerlo, la historia de esas obsesiones es fascinante. Leí el segundo libro de Mauro Libertella para entrevistarlo, por ejemplo, que también me gustó mucho a partir de su sencillez constructiva y de la prosa de Mauro. He leído Los Viernes, de Forn, porque es una lectura muy adecuada para la vida que llevé en estos meses, medio a los saltos. Leí los cuentos de Ballard. Son las lecturas que recuerdo al voleo, las que disfruté. Pero he leído muy poco a comparación de lo que suelo leer, y la razón es esa: fue una año muy, muy inestable. El famoso año de mierda.


— Sobre la crítica literaria dijiste que “entre colegas es mejor no agredirnos” ¿es así?; ¿Cómo ves la opinión literaria que pulula en las redes sociales, muchas veces anónima?


FLP — Tomo nota de lo que circula pero no me prendo, como antes, a discusiones ni a lecturas interminables de comentarios en blogs, etc. Antes, por ejemplo, era capaz de sentarme a leer La lectora provisoria y en cada post más o  menos polémico leer hasta el último comentario. Neurosis, me imagino, y ya no lo hago. Supongo que tengo problemas peores que saber quién insultó a quién en el reducido mundo de la literatura argentina.



— ¿Qué diferencia hay entre “Yo escribo mucho peor” y “Recuerdos de Córdoba” como idea de libro?

FLP — Un libro tiene una suerte de arco narrativo y el otro está resuelto en secciones temáticas. El primero está hecho con las columnas que fueron publicadas, en su mayoría, en una versión anterior del suplemento, que era mensual, y tenía más espacio, lo que permitía contar historias en forma de folletín, como las dos que cuento sobre mi padre o la historia del viaje a Colombia. Cuando lo armé me di cuenta de que las secciones construían las secuencias de una autobiografía y rematé con un epílogo medio novelesco que no había salido en el diario. En Yo escribo mucho peor las columnas son todas más breves, y como tenían un componente temático fuerte (por encima del componente narrativo, aunque no del todo) están agrupadas por temas, además de que agregué al final los retratos que escribí sobre los escritores cordobeses Hernán Lanvers, Luciano Lamberti, Federico Falco, Carlos Busqued y Silvio Mattoni.

 

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"Yo escribo mucho peor" está organizado en cinco apartados  en los que la mayoría de los textos ya fueron publicados  en el suplemento de cultura de La Voz del Interior.

 

El primero es El club de la Pelea que remite directamente a ponerse del otro lado del ring frente al Club de la buena onda - como suele llamarse en el mundo literario a las notas de solapas,  textos valijeados que no se leen y escribir sin confrontar, entre otras prácticas que quedan veladas- en él Lo Presti habla de la crítica benevolente, los escritores, la envidia, el trayecto de lecturas entre Buenos Aires y Córdoba, la ansiedad de publicar y su enfrentamiento con las "Bonellistas", las fanáticas de la autora de bestsellers Florencia Bonelli.

 

Coktail, como lo adelanta su nombre, es más versátil. En ese apartado Lo Presti se muestra dispuesto a ser un fracontirador de palabras mientras la paternidad, la docencia y sus quejas- que funcionan como marca registrada- se abalanzan sobre la lectura.

 

En Goodfellas el primer texto se inicia citando a Borges con soy "un caos de apariencias" y en él desarrolla lecturas y consumos televisivos, logrando hacer reír de manera sincera- no es poco- con su versión de Los Soprano devenidos en Los Sopena.  Córdoba y el barrio navegan los textos como buques con un puerto concreto: entre el amor y el lamento.

 

Moneyball es una pantallazo por su ejercicio del periodismo, las redes sociales y la pasión del fútbol. Sin embargo la riqueza está  en  Primer plano en el que Lo Presti traza un mapa de escritores cordobeses contemporáneos y lecturas que no deben pasar desapercibidas para un lector atento.

 

Hay en Flavio Lo Presti exploración, búsqueda y romper con "lo que debe leerse" como canon abusivo. Aunque se resista, ¿realmente se resiste? (lo pongo en duda) y aunque ironice con "Yo escribo mucho peor" es evidente que  la crítica literaria forma parte de la prosa de este autor.

 

Una prosa astuta y lo suficientemente bella como para escribir "Mi casa se había vestido de útero, impenetrable a las señales del mundo exterior, y yo de nuevo era yo frente al espejo, liberado de esperar una sanción ajena que dijera que por fin había sacado el carnet de escritor".

 

 

"Yo escribo mucho peor" de Flavio Lo Presti

Llanto de Mudo, 2015

158 páginas.