Selva Almada es una mujer que siempre se muestra con una calma intensa, es de esas personas que tienen una mirada limpia como un cielo de provincia, esos lares que le gusta recorrer con su escritura.


En su último libro también está presente el suelo provinciano  pero esta vez la calma se pierde desde un principio; su título "Chicas Muertas" lo dice todo pero al mismo tiempo dice tan poco. Hay chicas que murieron;  ¿cómo?;  ¿por qué? son las primeras preguntas que nos asaltan.


Almada narra asesinatos no resueltos de tres mujeres mezclados con recuerdos, ciertas ficciones y realidades.  El libro se devora de un tirón, hay intensidad en esas historias de Andrea, María Luisa y Sarita que conmueven y que de inmediato remiten a casos más resonantes como María Soledad, Paulina Lebbos o Marita Verón entre los miles de expedientes no resueltos o que no se dieron a conocer a los medios.



La escritora se hunde en un recorrido que escapa a lo meramente literario, entrevista a familiares, busca, recorre lugares, lee expedientes, habla con jueces, reflexiona sobre su género y la violencia ejercida sobre él.



Entrevistamos a Selva Almada para que nos cuente como fue el proceso de escribir "Chicas Muertas"  un trabajo que seguro estará entre los nuevos referentes de la no ficción latinoamericana.

DR- Chicas muertas es un título muy fuerte ¿ lo elegiste vos? ¿hubo otros títulos en mente?

Selva Almada (SE)- Sí, así empecé a llamar al proyecto cuando lo tuve en mente: el libro sobre chicas muertas. Al principio era como el nombre que le ponemos a un archivo de Word, las primeras palabras de la primera línea… pero con los años; este proyecto empezó en 2009,  fue tomando fuerza, cada vez estaba más segura de que no podía tener otro título, que no había otro que marcara tan claramente desde el principio sobre qué quería hablar. Me parecía que podía sonar brutal, demasiado directo, me lo cuestioné algunas veces, se me ocurrían otros pero ninguno tenía tanta claridad. Cuando le dije a Ana Laura Pérez, mi editora en Random, que quería llamarlo así ella estuvo de acuerdo en seguida.



DR- A diferencia de tus últimos dos libros, por citar unos ejemplos más cercanos, en Chicas muertas el límite entre lo real y la ficción está bastante difuso. ¿Cómo fue el proceso de escritura?

SE- Fue un proceso bien distinto. Aunque un libro de ficción nunca se escribe como el anterior, siempre supone procesos distintos, hay cierto pulso que siempre es el mismo. Quiero decir que siempre hay cosas nuevas a resolver en la escritura de una nueva novela o cuento, pero hay también un proceso que resulta familiar. En cambio para escribir Chicas muertas tuve que empezar de cero, aprender muchísimo en el camino, equivocarme, frustrarme. Nunca había hecho una entrevista, por ejemplo. Entonces ¿cómo me acerco a alguien a preguntarle sobre, seguramente, lo más tremendo que le pasó en la vida, la muerte violenta de su hija o de su novia, una muerte que encima quedó sin justicia? Es decir, la primera parte antes de la escritura del libro, el trabajo de campo, por llamarlo de algún modo, la investigación eran procesos nuevos para mí. Nunca me presenté a ningún entrevistado como una periodista. Primero porque no lo soy y segundo porque, aunque no sabía cómo iba a escribir el libro, sí tenía claro que no sería un libro periodístico, que yo era una escritora escribiendo una no ficción. Cuando empecé con la investigación mi primera novela aún no se había editado, no me conocía nadie, no trabajaba en ningún medio, trabajaba en un hospital… la única “chapa” que podía mostrar era que el proyecto tenía una beca del Fondo Nacional de las Artes… así que estoy muy agradecida de que esas personas que aceptaran hablar conmigo, que los jueces aceptaran mostrarme los expedientes, que hayan confiado en que era una escritora y que iba a escribir un libro.


También supe enseguida que este era un libro que no podría escribir sola como siempre escribí. Es decir, escribo una novela, la corrijo, la llevo a un editor. Acá el editor tenía que estar antes que el libro, el editor tenía que acompañarme, tenía que ser un interlocutor permanente. El trabajo que hice con Ana Laura, siempre a la par, siempre atenta a los problemas que se me presentaban, fue fundamental para escribir este libro.



DR- Sé que estuviste muy comprometida con el desarrollo del libro e incluso visitaste a una vidente. ¿Cómo fue tu experiencia al preguntarle por las mujeres asesinadas?

SE- No es una vidente exactamente. Silvia es tarotista, astróloga y tiene cierta percepción especial que yo no tengo… es una mujer muy formada también en filosofía y psicología. Se me ocurrió consultarla luego de leer un libro que me gustó muchísimo, El empampado Riquelme, del cronista chileno Francisco Mouat. En este libro él investiga la aparición de un esqueleto en el desierto de Atacama, restos que aparecen cuarenta años después de la desaparición del tal Riquelme. Mouat va atrás de quién fue Riquelme, por qué desaparece y nadie lo busca, qué le pasó a ese hombre para bajarse de un tren en el medio de la nada e internarse en el desierto sabiendo que era la muerte segura. Entrevista a sus familiares y a muchos especialistas, entre ellos a una vidente. Me pareció genial que un periodista se animara a hacer algo así. Entonces, cuando ya había hecho mis entrevistas y recolectado un montón de información sobre los casos, yo quería saber más sobre las chicas: cómo eran realmente, qué querían, qué soñaban… no sé, armar esas vidas que terminaron tan pronto y de esa manera. Pensé que Silvia podía ayudarme y de hecho me ayudó muchísimo. No sólo a averiguar cosas sobre ellas sino a relacionar los casos, a preguntarme qué lugar ocupaba yo en esta historia.



DR- ¿Hubo algún caso de los que narrás que te impactara más?


SE- No. Tengo una relación especial con el caso de Andrea Danne, que fue el disparador de este libro, porque ocurrió en la zona donde me crié, porque yo también era una adolescente en esa época. De los tres es el que conozco desde el minuto cero. Pero las tres historias son impactantes, tremendas y muy, muy dolorosas. Ninguna de esas chicas tenía que morir. Y las mataron y la justicia nunca resolvió sus casos, nunca encontró a sus asesinos.



DR-  Como mujeres la violencia de género y el femicidio son temáticas que nos importan pero ¿cómo manejaste no caer en el morbo a la hora de contar los crímenes?

SE- El libro no es una crónica policial. En este sentido, no pide explayarse en detalles escabrosos ni tampoco resolver lo que la justicia no resolvió. No se trata de descubrir al asesino, sino de contar cómo una mujer vive la violencia de género, cómo una mujer vive el asesinato de otras mujeres, cómo esa mujer es, de algún modo, una sobreviviente. Se cuenta de cada crimen lo necesario para la historia. Y cuando tenía que describir las escenas del crimen, por ejemplo, apelé a citas textuales del expediente o traté de que la narración, la construcción literaria de esa escena, fuera lo más lírica posible. Creo que el libro no cae en lugares morbosos por supuesto porque no era mi intención al escribirlo, pero también porque está escrito desde otro lugar: desde el espanto y la desazón que me causa el ensañamiento de algunos hombres en particular y de la estructura patriarcal en general, sobre las mujeres.



DR-¿Qué sentiste cuando terminaste de escribir Chicas muertas?

SE- El proceso de escritura del libro fue breve pero muy intenso, de mucha frustración muchas veces, como te contaba al principio. Me costó mucho encontrarle la voz, el tono; trabajar con una estructura fragmentaria que al mismo tiempo pudiera dar cuenta de todos los casos; construir una narradora; no hacerme la periodista, pero también no perder de vista que no estaba escribiendo una novela sino una no ficción. Así que cuando lo terminé me sentí primero muy felíz porque finalmente y pese a todos los problemas con los que me encontré mientras escribía, resultó el libro que quería escribir. Supongo que también sentí un poco de alivio. Y mucha tristeza… porque no se entra al horror y se sale así nomás, suelta de ropa.

En el libro contás una especie de fábula de una mujer  llamada la Huesera que junta los huesos de lobos para darle vida a mujeres. ¿Sentís que con este libro fuiste una especie de "huesera"? ¿que le diste voz a las víctimas?

SE- Esa historia que me contó Silvia es muy linda, creo que es una leyenda de alguna tribu norteamericana… No sé si les di voz a ellas, pero seguro que conté sus historias con mucho respeto y mucho cariño, porque siempre termino hablando de ellas como si nos hubiéramos conocido, como si escribirlas nos hubiera permitido una suerte de intimidad. Cuando terminé el libro también saqué sus fotos, las tuve mucho tiempo en mi escritorio, como si verlas a diario, tenerlas cerca, me diera voz a mí. Ahora las guardé. Ellas necesitan descansar de mí también.

Chicas muertas merece una lectura intensa no sólo por la calidad superior del texto literario que nos ofrece Almada sino porque invita a la reflexión sobre el femicidio y el lugar de la mujer en la justicia y la sociedad.

CHICAS MUERTAS

Selva Almada

Foto de tapa - Esteban Batalla

Literatura Random House- Penguin Random House Grupo Editorial  2014. (187 páginas)